El hombre de en medio
Por Carlos Zanón — Portada

El hombre de en medio 30/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Hace tiempo escuché a Camarón cantando desde una casete que Dios, al nacer, nos condena a muerte. A mí, además de esa condena, me concedió una vida apacible hasta que llega un día absolutamente horrible. Todos los desastres me acontecen de tres en tres y en 24 horas. Suerte que me sucede cada tanto. Hace años, en una misma tarde, me despidieron, me dejó la novia y me incrustaron el coche contra un árbol de la calle Balmes. Ayer, las desgracias fueron menos trágicas. Se rompió la cuerda de la ventana de mi habitación, la caldera dejó de calentar y se filtró agua desde el piso de arriba estropeando cuadros y cajas. Me lo tomé al modo kafkiano, ya saben: por la mañana Alemania declaró la guerra y por la tarde fui a escuchar a Salvador Illa.
Supuse que me iría bien dejar de hablar con aseguradoras, reparadores de calderas y persianas. Llegué minutos antes de las cuatro y la dignidad del Parlament me empezó a hacer efecto. Pensé que será muy emocionante cuando la aplicación de la amnistía permita volver a los que no están. Y en ello estaba, medio tontorrón, cuando empezaron a llegar diputadas y diputados, con ese ruido alegre y vivaz, solo equiparable a cuando volvías del recreo y quedaban dos horas para irte a casa. Todos parecen estar contentos de estar aquí. No sé la manía que tienen unos y otros de convocar elecciones: ¿dónde van a estar mejor que aquí?
Illa es como aquel tío que te abría una cartilla en La Caixa y ponía dinero en tu cumpleaños
Es agradable estar en un lugar donde uno habla y los demás callan. Quizás no para escuchar, pero sí que callan para que se oiga al que habla. Me resulta un ritual a proteger, casi olvidado. Todos se portan más o menos bien. A muchos, los reconozco de la tele. Una diputada tose. Mucho. Se va y vuelve cuando el president, que ya casi me ha hecho olvidar que no tengo agua caliente, saca al poeta de Jocs Florals que lleva dentro y dice que quiere una Catalunya en la que quepan todas las Catalunyas. Y es que, a ratos, Illa pujolea –eso de “Unida, próspera y segura”, ha hecho buscar a Batet algún compinche y echarse unas risas– y me hace añorar cuando en los debates entre los dos extremos había un tercero, el hombre del medio, que, cuando escuchabas sus argumentos, le dabas la razón. Era lo ponderado, útil, predecible y práctico, como lo era aquel tío que te abría una cartilla en La Caixa y ponía dinero en tu cumpleaños. En cierto modo, eso es Salvador Illa. No le va ponerse en plan profe serio porque sabes que te quitará el castigo, ni cuando versiona a Rajoy –“personas que ayudan a personas”– o llega tarde al despeje y manda mensajes a Ayuso ¿o a Mourinho?: los especuladores ya saben dónde ir, pero aquí no. La diputada, pobre, sigue con la tos, un diputado tiene la bandera española de salvapantallas y otra, una camiseta que dice: “Te Falta Calle”. En esto Illa termina con un “Ja som aquí” y no es hasta que salgo a la calle que no recuerdo que sigo con la persiana rota, inundado y sin agua caliente. Mañana más.

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