El gran problema de la IA
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El gran problema de la IA
La Mirada del Lector
En muchos centros educativos, empresas e incluso universidades, la primera reacción ha sido preguntarse cómo prohibirla, cómo detectarla o cómo evitar que se utilice, pero quizá estamos formulando mal la pregunta

Profesor por Inteligencia Artificial en un colegio.
Freepik
Màrius Folch
Barcelona
21/09/2026 06:00 Síguenos en Google
* El autor forma parte de la comunidad de lectores de La Vanguardia
El problema no es la inteligencia artificial, sino cómo decidimos utilizarla. Cada vez que aparece una nueva herramienta capaz de transformar nuestra manera de trabajar, aprender o comunicarnos, aparece también el miedo. Con la inteligencia artificial está ocurriendo exactamente eso.
En muchos centros educativos, empresas e incluso universidades, la primera reacción ha sido preguntarse cómo prohibirla, cómo detectarla o cómo evitar que se utilice. Quizá estamos formulando mal la pregunta. Y, sinceramente, estoy harto de leer artículos en contra de la IA o docentes que solo saben criticarla. El verdadero debate no debería ser si utilizamos o no la inteligencia artificial, sino cómo aprendemos a utilizarla.
Podemos prohibirla en un aula, bloquear determinadas páginas o utilizar programas que intenten detectar si un texto ha sido generado artificialmente, pero nuestros alumnos seguirán encontrándola fuera del colegio. La utilizarán en sus futuros trabajos y probablemente en buena parte de su vida cotidiana. Por eso, enseñarles simplemente a no usarla puede ser tan insuficiente como haber enseñado a una generación anterior a no utilizar Internet.
Eso no significa aceptar cualquier uso de la inteligencia artificial, al contrario. Precisamente porque es una herramienta extraordinariamente potente, necesitamos enseñar a utilizarla con criterio, ética y responsabilidad.
No es lo mismo pedir a una IA que escriba un trabajo entero para entregarlo sin haberlo leído que utilizarla para obtener ideas iniciales, resolver dudas, recibir explicaciones alternativas, mejorar un texto propio o descubrir errores. Tampoco es lo mismo copiar una respuesta que cuestionarla, contrastarla y decidir qué parte resulta realmente útil. Ahí está, precisamente, el aprendizaje que deberíamos perseguir.
Durante años hemos insistido en que los estudiantes desarrollen pensamiento crítico. Ahora tenemos delante una oportunidad extraordinaria para ponerlo verdaderamente a prueba. Si una inteligencia artificial ofrece una respuesta, el alumno debería aprender a preguntarse: ¿es correcta?, ¿de dónde procede esta información?, ¿puedo contrastarla?, ¿hay algún sesgo?, ¿qué modificaría yo?, ¿qué puedo aportar que una máquina no puede aportar por mí? Sin embargo, resulta mucho más sencillo convertir la IA en el enemigo. Prohibir, detectar y penalizar; como si pudiéramos construir una frontera entre las aulas y el mundo que existe fuera de ellas.
Si una inteligencia artificial ofrece una respuesta, el alumno debería aprender a preguntarse: ¿es correcta?
Quizá el colegio debería hacer justamente lo contrario. La escuela no puede limitarse a preparar a los alumnos para aprobar exámenes; también debe prepararlos para vivir en el mundo que les espera. Y ese mundo tendrá inteligencia artificial. Por eso necesitaremos personas capaces de utilizarla sin depender de ella; capaces de aprovechar su potencial sin renunciar al esfuerzo, la creatividad, la escritura, la lectura o el pensamiento propio.
Un profesor puede pedir que determinadas actividades se realicen sin IA porque necesita evaluar una competencia concreta. Tiene todo el sentido, ya que habrá momentos para escribir a mano, resolver un problema individualmente, leer sin intermediarios o demostrar aquello que uno sabe, pero también debería haber momentos para abrir una herramienta de inteligencia artificial y enseñar qué hacer con ella: comparar una respuesta humana con una generada por IA; mejorar un prompt; verificar fuentes; identificar información inventada; debatir sobre privacidad y autoría; utilizarla para comenzar un proyecto sin permitir que lo termine por nosotros, etc. Porque usar inteligencia artificial no significa necesariamente pensar menos; mal utilizada, sí, pero bien utilizada, incluso puede obligarnos a pensar mejor.
La calculadora no eliminó las matemáticas. Internet no eliminó la necesidad de aprender. Los procesadores de texto no acabaron con la escritura. Lo que hicieron fue cambiar algunas de las competencias que necesitábamos desarrollar. Con la inteligencia artificial probablemente sucederá algo parecido, aunque su impacto pueda ser mucho mayor. Por eso quizá deberíamos dejar de obsesionarnos únicamente con una pregunta: ¿ha utilizado IA este alumno?; y empezar a formular otra mucho más interesante: ¿cómo la ha utilizado?.
La calculadora no eliminó las matemáticas, Internet no eliminó la necesidad de aprender, los procesadores de texto no acabaron con la escritura
Ahí está la diferencia entre copiar y aprender. Entre depender de una herramienta y dominarla. Entre utilizar la tecnología sin criterio o convertirla en una aliada.
La inteligencia artificial no necesita una generación que simplemente sepa abrir ChatGPT y escribir una pregunta, sino que necesita ciudadanos capaces de cuestionar sus respuestas, reconocer sus límites, proteger sus datos, respetar la autoría y saber cuándo apagarla para pensar por sí mismos.
Educar para el futuro no consiste en enseñar a nuestros alumnos a vivir sin las herramientas del futuro; consiste en enseñarles a utilizarlas sin dejar que esas herramientas piensen, decidan y creen siempre por ellos.
Quizá, por tanto, el reto educativo de la inteligencia artificial nunca fue conseguir que nuestros alumnos no la utilizaran. El reto era, y sigue siendo, enseñarles a utilizarla bien.
* Màrius Folch es profesor de Secundaria y Bachillerato
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