El golpe en el Louvre dispara una ‘fiebre del oro’ de robos en museos
Por Maria Teresa Sesé Monclus — Portada
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Existe la idea romantizada de que los ladrones de museos son delincuentes de guante blanco, seres refinados y glamourosos con un cierto parecido a George Clooney o Sean Connery cuya debilidad por la belleza les hace cometer crímenes hasta cierto punto perdonables. “Que el robo de arte es cosa de gentleman s es un mito que nace en el siglo XIX con Adam Worth, un criminal de baja estofa que logró infiltrarse en la sociedad británica, y luego Holywood propagó hasta el infinito. Pero el robo de arte siempre ha sido cosa de gánsteres y bandas de criminales profesionales que un día pueden entrar en un museo, al día siguiente robar un coche de alta gama y al otro asaltar un camión cargados de iPhone”, señala el criminólogo Marc Balcells, profesor de los estudios de Derecho y Ciencia Política de la UOC y experto en delitos contra el patrimonio cultural.
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