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El futuro será híbrido

La Mirada del Lector

La revolución cuántica que llegue a nuestras vidas será menos espectacular a simple vista y más profunda

Representación visual de un ordenador cuántico.

Representación visual de un ordenador cuántico.

UAM / Europa Press

Juan Miguel Ibáñez de Aldecoa Quintana

Madrid

16/09/2026 05:50 Síguenos en Google

* El autor forma parte de la comunidad de lectores de La Vanguardia

Durante años se ha imaginado el futuro cuántico como una sustitución: ordenadores cuánticos ocupando el lugar de los clásicos, internet cuántico reemplazando a las redes actuales y sensores cuánticos jubilando a los instrumentos convencionales. Es una imagen poderosa, pero probablemente equivocada. 

La revolución cuántica que llegue a nuestras vidas será mucho menos espectacular a simple vista y, precisamente por eso, mucho más profunda: será híbrida. Lo cuántico no vivirá aislado, sino conectado permanentemente con tecnologías clásicas.

La razón es sencilla. Un cúbit puede hacer cosas que un bit no puede hacer, gracias a fenómenos como la superposición y el entrelazamiento. Pero un cúbit también es extraordinariamente frágil. El ruido, las imperfecciones de los dispositivos y la interacción con el entorno pueden destruir rápidamente la información cuántica. 

Por eso, incluso los sistemas cuánticos más avanzados necesitan una enorme cantidad de tecnología clásica alrededor: electrónica, comunicaciones, criogenia, software, algoritmos, control y corrección de errores. Paradójicamente, cuanto más potentes sean los ordenadores cuánticos del futuro, más sofisticada deberá ser la infraestructura clásica encargada de supervisarlos y corregir sus errores en tiempo real. La frontera entre lo cuántico y lo convencional no será una muralla, sino una interfaz.

En computación, el modelo híbrido ya es la dirección más realista. Un ordenador cuántico no tiene por qué ejecutar un programa completo de principio a fin. Puede encargarse de una parte especialmente difícil de un problema y devolver el resultado a un ordenador clásico, que analiza los datos, decide el siguiente paso y vuelve a enviar instrucciones al procesador cuántico. Es parecido a incorporar un especialista extraordinariamente bueno en una tarea concreta dentro de un equipo convencional, en lugar de pretender que ese especialista haga absolutamente todo.

Incluso los sistemas cuánticos más avanzados necesitan una enorme cantidad de tecnología clásica alrededor

Esto tiene una consecuencia importante: el ordenador cuántico del futuro probablemente no será una caja que sustituya al ordenador tradicional. Será un acelerador conectado a él. Los procesadores clásicos seguirán realizando la inmensa mayoría de las operaciones cotidianas, mientras que los procesadores cuánticos podrían intervenir en problemas concretos de química, materiales, optimización, simulación o aprendizaje automático. La investigación actual está explorando precisamente arquitecturas en las que ambos mundos cooperan y no compiten por convertirse en el único cerebro de la máquina.

Esta visión ya está influyendo en las grandes estrategias tecnológicas internacionales. En Europa comienza a consolidarse el concepto de Quantum-HPC, donde procesadores cuánticos se integran como aceleradores especializados dentro de infraestructuras de supercomputación clásica. En lugar de construir dos ecosistemas separados, se busca combinar ambos para formar plataformas capaces de abordar problemas científicos e industriales de una complejidad sin precedentes.

Además, incluso dentro del propio universo cuántico la palabra clave será diversidad. No existe un único tipo de cúbit perfecto. Hay tecnologías basadas en circuitos superconductores, iones atrapados, átomos neutros, fotones o espines semiconductores, entre otras.

Cada una ofrece ventajas y desventajas distintas en velocidad, estabilidad, conectividad, fabricación o escalabilidad. El futuro podría combinar diferentes tecnologías cuánticas del mismo modo que la informática actual combina CPU, GPU, memoria y aceleradores especializados.

Dentro del propio universo cuántico la palabra clave será diversidad

Las comunicaciones ofrecen otro ejemplo todavía más claro. El llamado internet cuántico no significa que todos nuestros mensajes vayan a convertirse de repente en mensajes cuánticos. Lo más probable es una red híbrida en la que convivan información clásica e información cuántica. Las fibras ópticas que ya se utilizan podrían transportar, con las adaptaciones necesarias, señales convencionales junto a determinados protocolos cuánticos. Esto permitiría aprovechar una infraestructura gigantesca que ya existe, en lugar de construir desde cero una segunda internet paralela.

Vista desde otra perspectiva, el reto no consiste únicamente en añadir capacidades cuánticas, sino en conseguir que ambos mundos coexistan sin interferirse. Diversos proyectos internacionales ya investigan cómo transmitir señales clásicas y cuánticas a través de la misma infraestructura óptica. Sin embargo, fenómenos como el ruido generado por las comunicaciones convencionales siguen representando un desafío tecnológico significativo. Precisamente por eso, el despliegue de redes cuánticas reales será gradual y estará basado en la integración con las redes existentes.

¿Para qué serviría? Una de las aplicaciones más conocidas es la distribución cuántica de claves, que utiliza propiedades de la física cuántica para detectar determinados intentos de interceptación. Pero las redes cuánticas podrían hacer mucho más: conectar procesadores cuánticos situados a distancia, compartir estados cuánticos y permitir sistemas distribuidos de computación y sensórica. El punto decisivo es que, para hacerlo posible, las redes necesitarán también tecnología clásica para gestionar, sincronizar, autenticar y controlar la información. El futuro de las comunicaciones será, por tanto, una conversación constante entre fotones cuánticos y bits clásicos.

La sensórica llevará aún más lejos esta convivencia. Un sensor cuántico puede aprovechar propiedades extremadamente sensibles de átomos, fotones o estados cuánticos para detectar campos magnéticos, aceleraciones, frecuencias o variaciones gravitatorias con una precisión extraordinaria. Pero detectar algo no es lo mismo que convertir esa detección en una decisión útil. Para eso hacen falta electrónica, algoritmos, inteligencia artificial, comunicaciones y sistemas clásicos de procesamiento.

Hacen falta electrónica, algoritmos, inteligencia artificial, comunicaciones y sistemas clásicos de procesamiento

Las posibilidades son notables. Sensores cuánticos podrían ayudar a navegar cuando las señales GPS no estén disponibles, localizar infraestructuras subterráneas sin excavaciones, detectar túneles ocultos, monitorizar volcanes, cartografiar recursos geológicos o mejorar la sincronización temporal de redes eléctricas y sistemas críticos. Sin embargo, en todos estos casos el sensor cuántico sería solamente una parte de una cadena mucho más amplia.

Imaginemos un sensor cuántico instalado bajo tierra capaz de detectar una diminuta anomalía gravitatoria. El dispositivo cuántico realiza la medición; la electrónica convencional recoge la señal; un procesador clásico elimina ruido y compara millones de datos; un algoritmo identifica un patrón y una red transmite la alerta.

La parte cuántica puede ser crucial, pero es solo una pieza de todo el sistema. De hecho, investigaciones recientes están avanzando hacia arquitecturas en las que sensórica y computación cuánticas se combinan para procesar la información antes incluso de convertirla completamente en datos clásicos.

Aquí aparece una idea fundamental: la ventaja cuántica no consiste necesariamente en hacerlo todo mejor, sino en hacer excepcionalmente bien determinadas cosas. Pretender que un dispositivo cuántico sustituya a toda la infraestructura convencional sería tan absurdo como utilizar un microscopio electrónico para leer un mensaje de WhatsApp. Su valor aparece cuando se utiliza allí donde sus propiedades físicas aportan una ventaja real.

Por eso, la verdadera revolución será arquitectónica. Los grandes avances no consistirán únicamente en fabricar mejores cúbits, sino en aprender a construir sistemas donde cada tecnología haga aquello para lo que está mejor preparada. Los ordenadores clásicos controlarán y analizarán; los cuánticos resolverán determinadas tareas. 

Las redes convencionales transportarán la mayor parte del tráfico; los componentes cuánticos añadirán nuevas capacidades. Los sensores tradicionales seguirán midiendo millones de variables, mientras los cuánticos se ocuparán de aquellas mediciones en las que su sensibilidad resulte decisiva.

Hay además un elemento menos visible, pero igualmente importante: la economía. Sustituir de golpe la infraestructura mundial sería carísimo y poco práctico. Integrar progresivamente componentes cuánticos en sistemas existentes permite aprovechar inversiones realizadas durante décadas. En comunicaciones, por ejemplo, la integración de tecnologías cuánticas en redes ópticas convencionales se considera una vía pragmática precisamente porque permite compartir fibras, equipos y recursos de gestión. La misma lógica se aplica a centros de datos, supercomputadores y sistemas de sensórica industrial.

Sustituir de golpe la infraestructura mundial sería carísimo y poco práctico

Así que quizá se deba abandonar la imagen de una futura era cuántica como si fuera una civilización tecnológica completamente distinta. Lo que viene será más interesante: una era en la que lo cuántico se vuelva invisible porque estará integrado en todo lo demás. No se verán necesariamente ordenadores cuánticos sobre cada mesa ni teléfonos cuánticos en cada bolsillo. Se verán centros de datos que recurren a ellos cuando convenga, redes que combinarán señales de naturaleza diferente y sistemas de sensores en los que una diminuta pieza cuántica permitirá descubrir lo que antes permanecía oculto.

La gran paradoja es que el éxito de la tecnología cuántica podría medirse precisamente por cuánto deja de parecer cuántica. Cuando un usuario haga una búsqueda, reciba una alerta de seguridad o consulte un mapa, no tendrá por qué saber si detrás hubo un cúbit. La revolución habrá triunfado cuando la complejidad desaparezca detrás de la experiencia cotidiana. 

El futuro no será una batalla entre el mundo cuántico y el clásico. Será una alianza: bits y cúbits trabajando juntos para hacer cosas que ninguno de los dos podría hacer por separado. Y precisamente por eso, el futuro cuántico no será exclusivamente cuántico. Será híbrido.

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