El escaparate digital de la infancia: del narcisismo al derecho a la intimidad

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Por Autor Generico — Portada

El escaparate digital de la infancia: del narcisismo al derecho a la intimidad

Lectores Expertos

El ‘sharenting’ ha dejado de ser una práctica anecdótica para convertirse en una norma social muy arraigada

Menores de edad y redes sociales.

Menores de edad y redes sociales.

iStock | Maria Lifestyle

Javier Gil Quintana

Madrid

27/09/2026 05:30 Síguenos en Google

* El autor forma parte de la comunidad de lectores de La Vanguardia

Hay una escena que se repite en la vida cotidiana familiar: un bebé acaba de hacer algo entrañable (una sonrisa, un paso o las primeras palabras) y antes de que nadie pueda reaccionar, ya hay dos dispositivos apuntándole. En cuestión de segundos, esa imagen circula entre grupos de WhatsApp, es publicada en Instagram o compartida como historia. 

El pequeñajo, que aún no sabe lo que es una red social, ya tiene una identidad digital construida por otros. Y no sólo en el ámbito familiar se puede visualizar esta escena, un reportaje de Infobae de 2025 describía momentos que muchos vivimos en actuaciones escolares: decenas de familias con dispositivos en mano, capturando cada detalle, como si la ausencia de imágenes implicara una pérdida irreparable, mientras hijas e hijos crecen asociando su valor personal con la exposición y validación pública que se desarrolla posteriormente en redes sociales.

Lo que durante años se ha llamado sharenting (share-compartir/ parenting-crianza) ha dejado de ser una práctica anecdótica para convertirse en una norma social profundamente arraigada. Las cifras que manejamos en 2026 son alarmantes. 

Según indica el informe Crecer en el escaparate digital, publicado recientemente por Aldeas Infantiles, una de cada cuatro familias españolas publica imágenes de sus hijos varias veces al año, colocando a España en el país europeo con mayor incidencia. 

La empresa de ciberseguridad AVG, basándose en datos de 10 países, revela que el 23% de las niñas y niños tiene presencia en estos espacios incluso antes de nacer porque sus progenitores publican imágenes incluso de las ecografías durante el embarazo.

Una de cada cuatro familias españolas publica en redes sociales imágenes de sus hijos varias veces al año

El dato más estremecedor, sin embargo, no procede de las encuestas de opinión, sino de las investigaciones policiales: el 72% del material incautado a pedófilos está compuesto por imágenes cotidianas no sexualizadas de menores obtenidas de redes sociales. 

Un estudio académico que se publicó en 2024 en Revista de Comunicación por Elena Fernández y Mercedes Ramos ya nos alertaba, a través de análisis de 89 publicaciones del marketing influencer en Instagram, que la presencia de menores en la portada de las publicaciones se ha convertido en un vehículo de marca, una variable que predice directamente el nivel de interacción, demostrando que la audiencia desempeña un papel clave en la intensificación de esta práctica.

Publicar una imagen implica perder parte de su control. Aunque el perfil sea privado o el mensaje sea temporal, el contenido puede descargarse, capturarse, reenviarse o reutilizarse para crear perfiles falsos. Un uniforme, un espacio reconocible o una rutina familiar pueden revelar también dónde estudia o dónde vive una persona y cuáles son sus hábitos. La Policía Nacional advierte además de que las imágenes alojadas en redes pueden ser modificadas con Inteligencia Artificial con fines pedófilos. 

Publicar una imagen implica perder parte de su control, aunque el perfil sea privado o el mensaje sea temporal

El peligro no es solo externo. El psiquiatra Luis Rojo Bofill alertaba en 2025 en The European Journal of Psychiatry sobre los riesgos del sharenting en la salud mental infanto-juvenil; esta exposición continua del menor a imágenes de sí mismo (a menudo seleccionadas y retocadas por su familia) puede tener efectos futuros perjudiciales en su autoestima e imagen corporal que afectan su salud mental. 

Otro estudio publicado en 2026 en Family Relations por Longobardi y otros compañeros, concluyó que el sharenting puede moldear el autoconcepto del público adolescente, desafiando su autonomía en desarrollo y su derecho a la privacidad, que es una parte esencial de su bienestar psicológico. 

Menor con el móvil.
Menor con el móvil. Getty Images

Dando un paso más, UNICEF Austria, en un estudio representativo de 2025, encontró que el 50,4% de la población considera que no está bien compartir fotos de niñas y niños en redes sociales por la vulneración de los derechos de la personalidad del menor; el 77,8% lo considera una violación de los límites personales cuando un niño aparece desnudo o en situaciones íntimas y el 73,6% lo rechaza porque podría sufrir desventajas futuras.

Esta necesidad de exhibir a las hijas e hijos no nació con las redes sociales o, en espacial, con Instagram. En 1914, Sigmund Freud publicó Introducción del narcisismo, donde describía cómo los progenitores recuperan el narcisismo abandonado de su infancia en la relación que establecen con sus descendientes; el autor indicaba que el amor parental, tan conmovedor e infantil en el fondo, no es otra cosa que el narcisismo renacido de sus madres o padres. 

Esta necesidad de exhibir a las hijas e hijos no nació con las redes sociales; en 1914, Freud publicó ‘Introducción del narcisismo’

Los más pequeños ocupan el lugar del “Yo” ideal perdido y deben cumplir, como relevo, los sueños y deseos irrealizados de sus progenitores. Décadas después, el historiador Lloyd deMause desarrolló una “psico-historia” de la infancia en la que describía distintas reacciones de los adultos frente al infante. 

En la reacción proyectiva, hijas e hijos son utilizados como “recipiente” de los deseos de los progenitores; en la reacción de inversión, el adulto los utiliza como sustituto de una figura importante de su propia infancia. 

En ambas, la relación que establecen con sus hijas e hijos está dada en función de lo que pueden depararlos, nunca de lo que éstos les pueden deparar a ellos. Solo en la reacción empática, las madres y padres, los reconocen como sujetos con necesidades propias. 

Entre estas dinámicas también está la construcción de una identidad basada en la mirada ajena, en el like, en el reconocimiento externo, antes de que ellas y ellos tengan siquiera capacidad de consentir.

Símbolo del botón de Like en Facebook.
Símbolo del botón de Like en Facebook. AP

En el contexto contemporáneo, Anna Sobczak (2023) ha señalado que la cultura visual de las redes sociales constituye un terreno abonado para las conductas narcisistas donde tener hijas e hijos y compartir contenido con su participación se ha convertido en uno de los medios de promoción de sí mismos y de su felicidad. 

Un análisis sobre las motivaciones del sharenting encontró que el 65% de los progenitores que publican fotos de sus hijas e hijos lo justifican por “orgullo parental”, pero también identifica una “mezcla específica de narcisismo y autoestima”, donde la publicación busca validación social y refuerzo de la propia identidad.

La legislación española ha comenzado a reaccionar ante este hecho. La Ley Orgánica 1/1996, de Protección Jurídica del Menor (LOPJM), Ley Orgánica 3/2018, de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales (LOPDGDD), Ley Orgánica 1/1982, de Protección Civil del Derecho al Honor, a la Intimidad y a la Propia Imagen o el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) de la UE, se han convertido en referentes legales en este sentido. 

Además, más concretamente, Audiencias Provinciales como la de Sevilla (498/2025), Madrid (277/2025) o Barcelona (34/2018) sentenciaron que ningún progenitor puede publicar unilateralmente imágenes de sus hijas e hijos en redes sociales cuando existe oposición del otro, y subrayó que la publicación de fotografías o vídeos de un menor no es una decisión banal, sino que afecta directamente a sus derechos fundamentales. 

El Gobierno español anunció en abril de 2026 que aprobaría una ley para fijar en 16 años para consentir el uso de la propia imagen, impidiendo que los menores de esa edad puedan prestar consentimiento para algo que afecte a su intimidad; ha defendido además la necesidad de reforzar la protección frente al sharenting, estudiando la creación de un marco jurídico específico para la actividad económica de la infancia y adolescencia en redes sociales.

Lo que debemos tener claro es que la infancia no es un contenido. Nuestras hijas e hijos no son un producto de nuestra identidad digital ni un activo de nuestra economía de la atención. Como recordaba el informe Créixer a l’aparador digital de Aldeas Infantiles SOS, ellas y ellos tienen derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de datos personales, y la difusión de momentos íntimos o incómodos sin su permiso puede provocar vergüenza, malestar, pérdida de confianza y conflictos familiares, dificultando la construcción de su identidad.

Quizá la pregunta no sea si publicamos demasiadas fotos de nuestras hijas e hijos, sino por qué necesitamos hacerlo. Y la respuesta, si somos honestos, nos devuelve a esa frase de Freud: el narcisismo renacido de las madres y padres. Tal vez sea hora de dejar de mirarnos en las hijas e hijos y empezar a mirarlos a los ojos.

* El Dr. Javier Gil Quintana es profesor titular del Departamento de Didáctica, Organización Escolar y Didácticas Especiales (Facultad de Educación de la UNED).

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