El apocalipsis de los ‘tecnobros’
Por Olga Merino — Portada

Escritora y periodista
El apocalipsis de los ‘tecnobros’ 18/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Etimología. El término bro, apócope de brother (hermano), se popularizó en el inglés norteamericano, sobre todo entre varones de raza negra, como una fórmula de camaradería cómplice: qué pasa, tío, colega, tronco. En la última década la voz fue blanqueándose , como casi todo en esta vida, hasta designar a ese tipo de chico caucásico que aparece en los anuncios de cerveza con las manos despreocupadas en los bolsillos de las bermudas. Hoy el vocablo ensancha su alcance y sirve para referirse a esa actitud de gallo que prospera en ciertos grupos dominados por hombres adinerados, blancos y heterosexuales. La expresión les sienta como anillo al dedo a los oligarcas tecnológicos, los mismos que ahora hacen sonar las siete trompetas del apocalipsis.

Exterminio. Un joven investigador de Anthropic, Jacob Coxon, presenta la dimisión alertando que quienes trabajan con la inteligencia artificial (IA) están convencidos de que el invento podría matarnos a todos “antes de que acabe la década”. Enseguida, los grandes gurús del asunto se pronuncian sobre la imperiosidad de tirar del freno de mano para evitar el Armagedón digital: los modelos están avanzando mucho más deprisa que nuestra capacidad para comprenderlos, y ya son varios los casos en que agentes desalineados han actuado por su cuenta en su afán ciego de mejorar, de alcanzar la meta a cualquier precio. Dicen que la probabilidad de que los sistemas algorítmicos aniquilen la civilización humana se sitúa en el 10%, una cifra cuya exactitud suscitaría hilaridad –es el mismo porcentaje de sufrir diarrea en el caso de tomar amoxicilina– si no fuera porque el abanico de fechorías y catástrofes imaginables hiela el espinazo: la creación de agentes patógenos letales, el dominio de todo internet o la obtención del acceso al botón nuclear. Las máquinas, los malos o un contubernio.
Sorprende la alarma sobre la IA cuando algunos gigantes digitales ultimaban su salida a bolsa
Nueva fiebre del oro. Dario Amodei (Anthropic), Sam Altman (OpenAI), Elon Musk (SpaceXAI) y Demis Hassabis (DeepMind, Google) proponen ahora poner coto a los avances con regulaciones legislativas. ¿A qué viene el súbito arranque de altruismo de los modernos Prometeos? Llama la atención que los tambores de alarma retruenen cuando algunos de estos gigantes ultimaban una salida a bolsa multimillonaria. No solo temen una burbuja financiera en el ámbito de las tecnológicas, que requiere inversiones disparatadas, sino también la pujanza de China, la gran competidora. Mientras, el presidente Trump habla de una “conspiración enfermiza contra la IA”. Manos privadas están moviendo el suelo bajo nuestros pies.
Miedos pendulares. En la historia de la humanidad coliden tres fuerzas: los avances científicos, los imperativos morales que pretenden modularlos y el incentivo económico. Siempre. Nada nuevo bajo el sol. Ya sucedió en los albores de la era atómica, cuando los físicos Albert Einstein y Leó Szilárd enviaron una carta al presidente Roosevelt para alertarlo del peligro de que la Alemania nazi utilizara uranio para provocar una reacción en cadena con el fin de fabricar bombas de potencia poderosísima (no les hizo demasiado caso, y la tortilla acabó girando del revés). En la primera revolución industrial, también los temores motivados por la máquina de vapor y el progreso apabullante de la medicina acabaron cristalizando en la ciencia ficción. En Frankenstein (1818), de Mary Shelley, quizá la primera novela del género, el monstruo creado en laboratorio con trozos de cadáveres se encara con el científico que ha encendido en él la llama de la vida: “Pero vos, mi creador, me odiáis y me rechazáis, a vuestra criatura, a quien estáis ligado por lazos que solo se desatarán con la muerte de uno de los dos”.

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Olga Merino
Dislocación. Mientras los programadores intentan inculcar procederes y emociones humanas en la computación cognitiva, nosotros, los herederos del Homo sapiens, permitimos que las pantallitas nos vayan friendo las neuronas. Los resultados del informe PISA sobre la comprensión lectora de los adolescentes resultan demoledores, pero ¿qué pasa con los adultos y la capacidad de concentración? Ese es el verdadero terror de esta cuarta revolución industrial, la deshumanización: que nos convirtamos en robots torpes que hayan renunciado al hábito de pensar, al espíritu crítico.
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