Por Maria Carmen Riera Galera — Portada

Maria Carmen Riera Galera

Carme Riera

Descanse en paz, señora Abascal 18/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Las imágenes del espectáculo tristísimo de la señora Abascal saliendo en silla de ruedas de su casa tras ser desahuciada parece que han dado la vuelta al mundo.

 
  Borja Sanchez-Trillo / Efe

Aquí, en nuestro país, el asunto del desahucio de la señora Abascal Martín ha sido noticia destacada, tanto en los medios de comunicación convencionales, prensa, radio y canales de televisión, como en los digitales, redes incluidas, claro está. Pero he aquí que a la señora Abascal, de 87 años y con una discapacidad del 50%, que desdichadamente falleció en el hospital el pasado día 7, no la conocíamos por su apellido, sino por su nombre de pila: Maricarmen. Así, a secas.

El nombre de pila es el que nuestra familia y nuestro círculo de amigos usa para llamarnos o referirse a nosotros. Fuera del espacio íntimo, cuando alguien ajeno alude a nosotros utiliza el nombre seguido del apellido. Por eso me ha parecido descorazonador que a la señora Abascal no solo se la desposeyera del piso, sino también del apellido.

Me gustaría saber si, si la persona desahuciada, en vez de ser una Maricarmen, fuera un Carmelo, nos referiríamos a él por su nombre de pila sin añadir nada más. Me temo que en tal caso sería Carmelo Abascal, aunque quizá me equivoque: la vejez iguala mucho más que la juventud a las mujeres y a los hombres, si bien el edadismo se ceba mucho más con las primeras.

No sé si en otros países ocurre lo mismo que aquí, donde constato la tendencia a eliminar el apellido de las mujeres y dejarlas medio desnudas, al menos, de cintura para abajo del DNI, permitiendo tan solo que cubran sus vergüenzas con el nombre de pila. Algo que a mi entender implica un inconsciente intento de infantilización o algo quizá peor.

Es descorazonador que a la señora Abascal no solo se la desposeyera del piso, sino también del apellido

Hace unos años, a algún genio de la publicidad, para atraer clientes a una compañía aérea de cuyo nombre prefiero no acordarme, pese a tener que usarla a menudo pues su sede está en Barcelona, se le ocurrió que tal vez los pasajeros olvidarían por unos momentos las estrecheces del espacio destinado a las piernas y se distraerían un poco si la sobrecargo les daba las referencias del nombre y el lugar de nacimiento de la tripulación. Se empezaba por el comandante, el señor García, de Madrid, pongamos por caso, y se seguía por el copiloto, el señor Pérez, de Zaragoza, pero cuando, a continuación, se trataba de las azafatas, estas eran: Macarena, de Sevilla, Amparo, de València, y Montse, de Barcelona.

No sé si al genio publicitario le parecía que con tales familiaridades tan sugerentes, en especial para los pasajeros masculinos, que quizás estuvieran acostumbrados al trato con algunas señoritas solo conocidas por el nombre –así ocurre con los de las que atienden en las barras de ciertos clubs e incluso con las chicas de clubs no menos ciertos–, se sentirían mucho más a gusto y olvidarían que la única postura razonable para ubicarse en el cubículo aéreo destinado a las extremidades inferiores era la postura del loto o la de un faquir.

Varias veces, lo confieso porque soy una cascarrabias pesada, tras oír lo del “comandante, señor Gómez” y lo de “Amparo, de València”, pedí la hoja de reclamaciones de la compañía. Entonces la tenían a bordo, ahora ya no, y escribí que me parecía discriminatorio el trato dado a las azafatas por la supresión de su apellido. Por fortuna, hace ya mucho que ignoramos nombres y lugar de origen de la tripulación de la compañía a la que me refiero.

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Pero vuelvo al caso de la señora Abascal. Las personas pertenecientes al Sindicato de Inquilinas, que la asesoraron en sus fallidas demandas, la ayudaron y dieron publicidad a su desahucio convertido en causa nacional, acostumbradas al trato familiar con la anciana, propagaron su nombre en pancartas y demás, lo corearon e hicieron que otros muchos lo co­rearan: “Maricarmen, no estás sola”.

En la época en que la señora Abascal era pequeña, las Cármenes del país solían ser llamadas Mari Carmen, con el María apocopado, o Menchus i Mamens, al modo hipocorístico, eso es, “acariciador”, según la etimología de la palabra que acabo de escribir; pero en la edad adulta y fuera del ámbito íntimo desaparecían tales familiaridades, que a veces volvían y vuelven, en la vejez, fruto de un tal vez inconsciente edadismo sexista, como en el caso de Maricarmen. Descanse en paz, señora Abascal.

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