¿De qué sirve el éxito y el dominio de Netflix si puede despedir a mil trabajadores?

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Por Pere Solà Gimferrer — Portada

¿De qué sirve el éxito y el dominio de Netflix si puede despedir a mil trabajadores?

Opinión

El fin de ‘Stranger Things’ aceleró la percepción de que la empresa está en crisis… pero se trata de una crisis vaporosa con casi 11.000 millones de dólares de beneficios netos y un liderazgo indiscutible

Hemos visto crecer a Millie Bobby Brown: tenía 12 años al comenzar 'Stranger things' y ahora ya es mayor de edad con 19 años.

Hemos visto crecer a Millie Bobby Brown: tenía 12 años al comenzar ‘Stranger things’ y ahora ya es mayor de edad con 19 años.

Courtesy of Netflix

Pere Solà Gimferrer

Pere Solà Gimferrer

Barcelona

16/10/2026 17:19 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

El seísmo en Netflix ha sido considerable. Una directiva tan importante como Bela Bajaria, la jefa de contenidos con 10 años de experiencia en la empresa, ya está fuera. El co-CEO Ted Sarandos defiende recortar los costes para reestructurar la empresa (y, en realidad, calmar los ánimos de la bolsa). En consecuencia, 1.000 trabajadores han sido despedidos, un 6% del total de su plantilla. Pero esta triste noticia ya se conocía. Aquí la pregunta es la siguiente: ¿Qué sentido tiene ser líder en el sector, avergonzar los estudios de Hollywood y tener beneficios si después un millar de personas se encuentran en el paro?

La paradoja de Netflix es que su disrupción en la industria del entretenimiento, amenazando las salas de cine y las ventanas de distribución, solo fue posible por la confianza del mercado en el sector tecnológico y la apuesta de Reed Hastings, el fundador: la inversión en contenidos era una apuesta de futuro y no operación rentable en ese mismo ejercicio. Necesitaban invertir en un catálogo propio para no depender de otros estudios que empezaban a tener sus propios servicios y adelantarse antes de que alguien supusiera una amenaza real.

Netflix prometió un crecimiento eterno y consiguió distanciarse tanto de Disney o Apple que nadie ni se plantea disputarle el liderazgo de la industria de los contenidos

Cumplieron con el objetivo: se distanciaron tanto de la competencia que Disney, Apple o Paramount ni piensan en desbancar a Netflix, sólo en disputarse la segunda posición. La idea de no tener Netflix en casa se convirtió en una idea tan terrorífica como estar sin tele tradicional en la década de los 90. Su impacto social y cultural era innegable: Netflix & chill se convirtió en una expresión de los jóvenes y cambió los hábitos del espectador y acostumbró a la audiencia global a tener menos prejuicios al ver series de países con menos fama en el audiovisual.

Sin embargo, esto no era suficiente. Netflix no solo era una empresa cuya intención era ofrecer un servicio, estar operativa y dar empleo: era una promesa de eterno crecimiento y de ramificaciones inimaginables y las subidas de suscriptores eran cada vez más discretas. Se hizo una apuesta por los videojuegos y, cuatro años después, se puede etiquetar de fracaso por su nulo impacto y rentabilidad. A día de hoy, todavía el rumbo de esta línea de negocio genera incertidumbre.

Al volver Aang con su segunda temporada, su audiencia había perdido interés. 
Al volver Aang con su segunda temporada, su audiencia había perdido interés.  COURTESY OF NETFLIX

Con la intención de aumentar los ingresos de forma fácil, aparte de las frecuentes subidas de precio, Netflix ofreció algo que parecía imposible: una tarifa más económica con publicidad. ¿La intención? Si con el tiempo (y las subidas de precios) conseguían tener una masa considerable de clientes con esta modalidad, los ingresos por publicidad compensarían con creces los euros que se ahorraba el cliente. De paso, traicionó un principio fundacional: la posibilidad de compartir la cuenta con familiares o conocidos que no viven en el mismo domicilio. Tocaba pagar un extra.

La sed de crecimiento que se pedía desde la bolsa fue saciada con estas iniciativas y el liderazgo indiscutible frente a los grandes estudios de Hollywood, pero era una medida temporal. Se necesitaban cifras estimulantes, sí, pero también esa promesa de un éxito todavía más descomunal. Estos meses, finalmente, el relato construido por Ted Sarandos empezó a agrietarse por la constatación que Youtube consigue tener la atención del usuario durante más minutos (sin necesidad de series y películas que son caras de producir) y los medios se dieron cuenta de las bajadas de audiencia de sus series más ambiciosas.

El relato seguro de Ted Sarandos se ha agrietado: el desinterés del público en el regreso de las series y los minutos que se destinan a Youtube preocupan

Era peculiar que, mientras que Netflix era la norma del streaming ante quien se tenía que comparar cualquier otra empresa, la atención del usuario disminuyó. Una parte se podía atribuir a Youtube y TikTok, que están cambiando la paciencia y los hábitos y el cerebro de los espectadores, pero también la proliferación de contenidos sin repercusión y la mentalidad de producir series como churros y sin pensar en exceso en la calidad. Si antes el público hacía zapping aburrido en los canales generalistas, el catálogo de Netflix era el equivalente contemporáneo.

De repente, grandes éxitos como Miércoles, Berlín o El juego del calamar no conseguían las cifras inalcanzables de las primeras temporadas sino que la reacción de los medios y el público fue apagada. Los títulos de Estados Unidos pensados para su exportación internacional como Las cuatro estaciones, Avatar: La leyenda de Aang y otras, que habían tenido audiencias correctas con sus primeras temporadas, se enfrentaron a caídas de entre el 40 y el 75% al regresar al catálogo. Los clientes las habían visto, sí. Quizá habían gustado y todo. Pero, al reencontrarse con ellas, no daban al botón de reproducción.

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Sarandos desmintió que estuvieran en crisis por las bajadas de audiencia: ellos tenían la totalidad de los datos, sostenía, y los casos no eran representativos ni indicaban ninguna tendencia a nivel global. Reconocía que había desafíos pero mostró seguridad. En paralelo, se planificaba la reestructuración para destinar los recursos destinados a las 1.000 nóminas a otras prioridades y así neutralizar las voces que cuestionaban el futuro a medio plazo. El final de Stranger things en enero posiblemente aceleró la percepción al dejar Netflix sin un fenómeno del que pudieran alardear.

Este momento de confusión por el que pasa Netflix es comprensible: la proyección de un crecimiento eterno le permitía invertir en contenidos por encima de sus ingresos pero, al acercarse a su techo con su modelo de negocio actual, esta promesa se ha vuelto en su contra. O encuentra la forma de ilusionar a la bolsa o, de mantenerse el rumbo actual (y la presión de Youtube y la falta de fenómenos), su valor en bolsa puede convertirse en un verdadero quebradero de cabeza.

¿Qué confianza puede tener el ciudadano en el sistema capitalista si un unicornio empresarial como Netflix despide a un millar de trabajadores con unos beneficios netos y envidiables?

Esta situación, sin embargo, todavía no ha tenido lugar. En 2025 declaró ingresos por valor de 45.183 millones de dólares y un beneficio neto de 10.981 millones. Esta reestructuración y el despido masivo no era técnicamente ni económicamente una necesidad. ¿Qué confianza se supone que puede tener un ciudadano normal y corriente en el sistema capitalista si un unicornio empresarial como Netflix despide a un millar de trabajadores con unos beneficios netos y envidiables?

Es una constatación de la indefensión absoluta del trabajador en el sistema capitalista. El individuo puede ser consciente que, si una empresa da pérdidas, puede ser despedido o directamente quedarse sin trabajo por el cierre del negocio. Pero no debería ser una posibilidad que una empresa líder, que factura decenas de miles de millones cada año y tiene casi 11.000 en beneficios, te eche (o se plantee hacerlo) si haces bien tu trabajo. ¿Para qué? Para calmar los ánimos de una bolsa lunática y deshumanizada.

La empresa no necesita ni estar en una crisis tangible para ignorar el componente humano de sus propias oficinas. ¿Está exenta de toda responsabilidad?

Esta posibilidad para la mayoría y una triste y preocupante realidad para el millar de familias que ahora tienen una nómina menos para llegar a final de mes es una vulneración del contrato del capitalismo con la sociedad: se acepta la acumulación de capital y que los empresarios puedan operar a cambio de ofrecer progreso, oportunidades laborales y, en resumen, prosperidad. La responsabilidad empresarial, en teoría, debería estar incluida en este pacto. Netflix solo muestra de forma flagrante cómo se puede pervertir este pacto y se puede eludir esta responsabilidad.

Netflix opera en base a dar esperanzas de crecimiento o más beneficios cuando los clientes piensan en la nevera de su casa que cada vez es más difícil de llenar por la pérdida de poder adquisitivo. A partir de esta semana, quizá los suscriptores de Netflix pensarán en la palabra “hipocresía” al ver sus mensajes cercanos a los clientes, como si fueran conocidos y hubiera confianza.

La empresa no necesita ni estar en una crisis tangible para ignorar el componente humano de sus propias oficinas. Y, si está exento de responsabilidad porque opera como un actor más del mercado, entonces quizá toca reconocer que el problema es el sistema.

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