De Gaultier al ‘#Freethenipple’: cuándo enseñar el sujetador dejó de ser transgresor
Por Raquel Fernández Sobrín — Portada
De Gaultier al ‘#Freethenipple’: cuándo enseñar el sujetador dejó de ser transgresor
Fashion week
Después de varias temporadas quitándonos los pantalones, la moda va a por la camiseta.

Primer look de la colección Prada Primavera-Verano 2027 presentada en Milán
Cortesía de Prada
03/10/2026 06:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
La colección que Prada presentó en la última semana de la moda de Milán estaba dedicada a la falda y terminó hablando del sujetador. Los 63 looks de Miuccia Prada y Raf Simons partían de una misma prenda, sometida a todas las variaciones posibles, pero buena parte de la conversación posterior se quedó unos centímetros más arriba. Sobre muchas de aquellas faldas había poco más que un sujetador, tan deliberadamente visible que hacía las veces de top.
Nicole Phelps escribió en Vogue que pocas cosas parecían más de 2026 que un sujetador ocupando ese lugar. La idea ya había aparecido en Khaite, Altuzarra, McQueen y Erdem; continuó en Fendi, Etro, Diesel y MM6 Maison Margiela. Los VMAs hicieron el resto: Tyla y JoJo llegaron a la alfombra roja con versiones de una prenda que, en cuestión de días, había recorrido la distancia entre la pasarela y una alfombra roja.
Nicole Phelps escribió en ‘Vogue’ que pocas cosas parecían más de 2026 que un sujetador ocupando ese lugar
Que la ropa interior salga a la calle difícilmente puede considerarse noticia. La moda lleva tanto tiempo anunciándolo que la idea de la ropa interior llevada como ropa exterior ha adquirido el carácter repetitivo de un estribillo pop. Proclamado tendencia allá por 2010; el Victoria & Albert Museum dedicó en 2016 una exposición a recordar que la relación entre lo que se lleva debajo y lo que termina encima viene de mucho antes. Vivienne Westwood ya puso sujetadores de satén inspirados en los años cincuenta sobre vestidos en 1982. Jean Paul Gaultier convirtió el corsé de Madonna en una de las imágenes definitivas de 1990 y, mucho antes de que el término bralette entrara en el vocabulario de cualquier cadena de moda, el sujetador había aprendido a salir de casa.
Por eso interesa menos anunciar su regreso que preguntarse qué ha cambiado cada vez que regresa. En Gaultier había espectáculo y una inversión muy consciente de aquello que debía permanecer oculto. En los años noventa y primeros dos mil, dejarlo ver podía participar del mismo juego que los tirantes expuestos o los pantalones bajos: la ropa interior funcionaba como prueba de que había otra capa. En la década de 2010, el bralette se domesticó. Se llevó bajo americanas o camisas abiertas y terminó incorporándose al repertorio comercial de una feminidad relajada que podía comprarse prácticamente en cualquier sitio. Lo que ocurre ahora parece más sencillo y, por eso mismo, más importante: cada vez hay menos interés en justificar su presencia.
Prada ni siquiera lo trató como una provocación. En las notas de la colección, la casa explicaba que una misma falda podía cambiar de significado según aquello con lo que se combinase. Entre esas posibilidades aparecía el bra top, citado con la naturalidad de cualquier otra prenda superior. Ese pequeño desplazamiento semántico cuenta mucho. El sujetador ya no necesita aparecer debajo de algo, asomar por un escote o beneficiarse de la coartada de una chaqueta. En Khaite, Kaia Gerber abrió el desfile con uno blanco y una falda negra de cuero de cintura alta. En Prada, el primer look unía encaje negro y una falda roja.

Hay además una pequeña ironía histórica. Alguien recordó a Phelps después del desfile que Miu Miu había dedicado en 1995 una colección a los bralettes y las faldas. Treinta y un años separan aquellas imágenes de las de Prada, tiempo suficiente para comprobar hasta qué punto la moda puede volver al mismo conjunto sin regresar al mismo lugar. Hoy llega después de otro proceso de reducción que comenzó por abajo. Durante las últimas temporadas, Miu Miu convirtió unas bragas de cristales en una de las prendas más comentadas de la pasarela; las celebridades adoptaron el llamado no-pants look y una imagen que habría parecido incompleta unos años antes empezó a circular como conjunto terminado. Después de quitar los pantalones, la moda parece preguntarse si también hacía falta la camiseta.
La pregunta puede sonar frívola, aunque detrás haya algo bastante característico del momento. Durante décadas, vestirse bien pasó en buena medida por sumar capas y demostrar cierta capacidad para completar un look. La moda reciente lleva tiempo haciendo el movimiento contrario. Una braga puede ser un pantalón; un sujetador puede ser un top. No hace falta que esas sustituciones sean prácticas para que resulten comercialmente poderosas. De hecho, su eficacia visual depende precisamente de que todos sepamos qué prenda falta. La mirada termina el conjunto por su cuenta.
También ha cambiado el propio sujetador. En la década de 2010, la conversación alrededor de él estuvo marcada por la comodidad y, a veces, por su desaparición. El auge del bralette sin aro convivió con #FreeTheNipple y con una generación de marcas que rechazaba el push-up hiperbólico asociado a otra época. En 2024 el sujetador acolchado era una reliquia. Después llegaron los bullet bras de Miu Miu y un renovado interés por hacer del pecho visible otra vez.
Eso explica también por qué la comparación automática con Madonna se queda corta. El corsé de Gaultier necesitaba su condición de ropa interior para producir el efecto que produjo. Su fuerza estaba en sacar al escenario una arquitectura corporal que pertenecía al ámbito privado y exagerarla hasta convertirla en armadura. En muchos de los looks de 2026 y 2027 esa fricción se ha debilitado. Una modelo de Prada con sujetador y falda no parece estar enseñando lo que lleva debajo. Parece vestida. Tal vez esa sea la parte más curiosa: una prenda puede tardar décadas en perder su capacidad de escándalo y seguir conservando suficiente carga cultural para que cada aparición parezca un regreso.
De ahí que la historia del sujetador exterior sea también una historia de normalización. Primero hubo que hacerlo visible y después convertirlo en gesto; ahora parece haberse quedado sin necesidad de explicación. La moda rara vez avanza en línea recta. Recupera ideas cuando el contexto ha cambiado lo bastante para que parezcan otras.
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