Cómo acelerar una canción hipercomercial para romper el mercado con ella
Por Francisco Gámiz — eldiario.es – Cultura

La escritora Julie Ackermann analiza cómo el género denominado hyperpop lleva al extremo los códigos del pop para jugar con el capitalismo y reflejar la economía de la atención, la cultura digital y la crisis de la autenticidad
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Hay un tipo de música que parece querer competir con la velocidad de internet: cambia de forma constantemente, exagera las voces, convierte los sonidos artificiales en protagonistas y lleva hasta el límite todo aquello que durante décadas había definido al pop comercial. El hyperpop no solo juega con los estribillos pegadizos, el autotune o la última moda que hayan impulsado los algoritmos, sino que convierte esos elementos en parte de su propio lenguaje. Son canciones marcadas por una época predominada por las pantallas, la exposición permanente y una cultura cada vez más dominada por la necesidad de llamar la atención.
Sin embargo, para entender el hyperpop hay que detenerse precisamente en aquello que exagera: los mecanismos del pop. A esto recurre la escritora francesa Julie Ackermann en su última obra, Hyperpop. El pop en tiempos del capitalismo digital, que presentó en la última edición del festival Back to the Book en Madrid. La autora dedica su trabajo a reflexionar sobre la cultura pop y sus márgenes, algo que la ha llevado a fijarse en los sonidos de este movimiento musical. “Es música pop extrema y consciente de sí misma”, resume Ackermann. La idea de este género, explica, es hacer una versión “condensada” de todo lo que caracteriza al pop para convertirlo en “impactante”.
Se trata de un planteamiento que conecta directamente con una sociedad en la que la atención se ha convertido en un recurso económico. Las redes sociales necesitan que permanezcamos conectados, que pasemos de un contenido a otro y que sigamos consumiendo información, vídeos, música y, con ello, publicidad. Para Ackermann, esta transformación forma parte de un sistema más amplio. “La sociedad es muy capitalista, neoliberal e individualista”, sostiene, enfatizando que este capitalismo de plataformas favorece el aislamiento y la conexión permanente “para que la gente pase más tiempo frente a las pantallas, consumiendo”.

La paradoja es que nunca hemos estado tan conectados y, al mismo tiempo, cada vez resulta más difícil mantener experiencias compartidas con los otros. Saltamos entre contenidos, audios de WhatsApp y stories a una velocidad que fragmenta nuestra atención, una experiencia que se ha reflejado muy bien en el hyperpop, especialmente en grupos como 100 Gecs. “Es una especie de música zapping. Es decir, escuchas una canción y, cada 10 segundos, cambia”, explica sobre las canciones del dúo estadounidense conformado por Dylan Brady y Laura Les, capaz de fusionar décadas de géneros musicales en un solo tema. La difunta productora escocesa Sophie y la cantante británica Charli XCX fueron pioneras de este movimiento junto al colectivo PC Music.
Esta forma de percibir el mundo era antes característica de personas especialmente conectadas a internet, pero la pandemia extendió esa experiencia a una parte mucho mayor de la población. La COVID, por tanto, no ha creado esta transformación, sino que la ha acelerado. El resultado, según Ackermann, es una experiencia “muy fragmentada y difusa” en la que estamos “crónicamente conectados” a internet pero, a la vez, “extremadamente desconectados de la vida real”. El hyperpop, de hecho, condensa estas consecuencias: su propia estructura reproduce la sensación de pasar continuamente de un estímulo al siguiente. Un ejemplo es Vroom Vroom de Charli XCX y producida por Sophie, que comienza con un ambiente oscuro para abrazar el pop en el estribillo.
Al igual que sucede en ese tema, una canción de hyperpop puede cambiar de ritmo o de sonido pocos segundos después de empezar, obligando al oyente a permanecer alerta. “Siempre presiona esa atención y te hace, en cierto modo, estar consciente todo el rato y potenciándolo con su extremismo”, indica la experta. La lógica de TikTok ha hecho que esto todavía sea más importante, pues ahora las canciones ya no compiten únicamente con otras, sino con todo lo que puede aparecer en pantalla en el mismo instante. Ackermann destaca el trabajo de Sophie, que antes incluso del auge de TikTok ya se preguntaba cómo conseguir captar la atención de la forma más eficaz.
Los artistas, marcas de sí mismos
Pero la economía de la atención no solo modifica las canciones, también transforma la manera en que nos presentamos ante los demás. Las redes sociales exigen que nuestras vidas puedan resumirse en imágenes o mensajes sencillos, una lógica que termina afectando a nuestra identidad. “Los músicos se han convertido en una marca de sí mismos y tienen que pensar: ‘Vale, soy músico, tengo una imagen muy clara de lo que hago y me vendo a mí mismo’. Todo el mundo se está convirtiendo en una marca”, subraya la escritora, que a esto lo denomina “capitalismo de dibujos animados”. Consiste en presentar algo complejo de forma simplificada y reconocible por cualquiera.
El problema es que esa simplificación no afecta solo a la información, sino también a las personas. “Es casi como una caricatura”, explica, puesto que cada individuo acaba convertido en una versión reducida de sí mismo que los demás pueden identificar fácilmente. Y esa versión suele estar construida para resultar atractiva: “Es una marca feliz de sí mismos porque la depresión no vende”. Queremos mostrarnos como somos, pero las herramientas digitales hacen cada vez más sencillo modificar aquello que los demás ven. “Ahora mismo es muy difícil ser sincero porque todo está construido gracias a la IA, al Photoshop y al autotune”, afirma Ackermann.
El hyperpop plantea una respuesta particular a esta crisis de la autenticidad: no fingir que esas herramientas no existen, sino utilizarlas. Para Ackermann, la posibilidad de manipular la voz, el cuerpo o la imagen no tiene por qué alejarnos necesariamente de la honestidad. “Podemos hacer algo que sea real, más cercano a nosotros mismos, pero utilizando todas estas herramientas y todos estos recursos artificiales”, cuenta a este periódico, argumentándolo con que la tecnología ya forma parte del entorno en el que vivimos. “No estamos al margen de ella. Siempre estamos dentro de ella, así que forma parte de nosotros”, apunta. No es casual que Sophie titulara Product a su primer gran recopilatorio, pues, en su música, lo artificial, lo comercial y lo artístico están relacionados.
Es así como aparece una de las dimensiones políticas del hyperpop: su relación con las identidades queer. Si la tecnología permite modificar aquello que durante mucho tiempo se ha presentado como natural e inalterable, también puede servir para cuestionar las normas sobre cómo debe ser un cuerpo, una voz o una identidad. Ackermann señala que muchos artistas utilizan esas herramientas para alejarse de una supuesta “voz natural” y construir otra relación con su imagen, un proceso que relaciona con la posibilidad de “reinventarse a sí mismos”. En lugar de defender una huida del capitalismo, plantea que algunos cantantes intentan utilizar las herramientas que este sistema pone a su alcance para intervenir sobre él.
No podemos escapar del capitalismo, está presente en todas partes, así que estos artistas defienden que se puede cambiar desde dentro
Julie Ackermann
— Escritora
“No podemos escapar del capitalismo, está presente en todas partes, así que lo que estos artistas defienden es que se puede cambiar desde dentro”, aclara la experta, aceptando la contradicción que conlleva poder criticar el capitalismo y, al mismo tiempo, disfrutar de aquello que nos ofrece. “Pensamos que está destruyendo el planeta, es muy violento y, aun así, nos sigue gustando”, afirma. “El capitalismo nos despierta el deseo, lo disfrutamos aunque pensemos que es muy malo”, añade, observando que el pop puede formar parte de ese problema y, aun así, convertirse en una herramienta para combatirlo y alterarlo.
De ahí que Ackermann describa el pop como “una especie de banda sonora del capitalismo”. La música acompaña nuestros espacios de consumo, pero también impulsa el deseo por estos espacios. “Es una música que te alegra, que te hace comprar cosas porque es lo que escuchamos en los centros comerciales”, detalla. Pese a que el hyperpop puede sonar extraño, excesivo o incluso incómodo, consigue mostrar algunos de los mecanismos de la cultura digital que normalmente pasan desapercibidos y, a la vez, obliga a reconsiderar el valor del pop comercial. “Durante mucho tiempo la música pop se ha asociado con la feminidad, con la música consumista, con una música que no eliges”, recuerda Ackermann.
Sin embargo, que una canción sea pegadiza no significa que sea sencilla de crear ni que carezca de valor artístico. “Es muy difícil componer una buena canción pop”, defiende la experta, que recalca que “es todo un arte elegir los elementos adecuados y dar con el tono musical correcto”. El hyperpop, así, puede escucharse como una música acelerada y excesiva, pero también como el reflejo de una sociedad que vive deprisa, expuesta a un exceso de estímulos, y que parece haberse rendido en su lucha contra el capitalismo. Quizá en el hyperpop haya parte de la solución, puesto que, como recuerda Ackermann al hablar del capitalismo neoliberal, “aquello que no le gusta es la disrupción”.
Fonte: eldiario.es – Cultura