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Antoni Puigverd Romaguera

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China, EE.UU. y la ambigua calma 28/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Las matanzas de Gaza y los muertos de Sudán y Ucrania son muestras estremecedoras de la barbarie actual. Hay otras muchas guerras en curso: unos sesenta conflictos armados que confirman la célebre definición del papa Bergoglio: “la guerra mundial a trozos”. ¿Por qué la conflictividad se intensifica en este siglo XXI?

Muchos son los motivos locales y regionales de cada conflicto. Pero un factor inicial explica el aumento de las tensiones: la fatiga de EE.UU., que se hizo evidente con la huida de Afganistán (Biden, 2021). Aquella dimisión americana ha suscitado muchos movimientos osados, no todos militares. Desde entonces, Rusia, Irán, Turquía, Hamas, Israel y muchos otros países han dado pasos muy atrevidos.

   
    SAUL LOEB / AFP

China ha puesto cara de póquer. Mientras los americanos, empantanados en Afganistán, Irak o Siria, malgastaban el tiempo (y los recursos), China, sin dejar de ser la fábrica del mundo, se apresuraba a dar el gran salto tecnológico. Ya le pisa los talones a los EE.UU. en inteligencia artificial. Desarrolla su armada. Se beneficia del gas y el petróleo que Rusia no puede vender a Occidente por la guerra de Ucrania. Y está tejiendo redes internacionales: el Banco de Desarrollo de Shanghai (alternativa al Banco Mundial y abanderado del yuan frente al dólar); la Organización de Cooperación de Shanghai, una red de financiación global de infraestructuras (puertos, ferrocarriles, autopistas, redes 5G y centrales eléctricas) que conecta a China con todos los continentes; o la Asociación Económica Integral del Sudeste Asiático. ¡Sin olvidar los Brics!

La competencia sinoamericana por la primacía mundial en inteligencia, recursos minerales, energía, moneda y control satelital del espacio enmarca todos los conflictos. Pero la crisis de Irán, con los americanos demostrando una vez más una curiosa ingenuidad geopolítica, tal vez haya servido de lección a EE.UU. Xi Jinping ha sido recibido por Trump con alfombra roja y pompa excepcional. Esta liturgia tan solemne demuestra que hemos entrado en una nueva fase de las relaciones entre ambas potencias (y así lo han narrado la prensa china y la americana). Una fase presidida por el respeto formal de EE.UU. hacia China. El Imperio del Centro ya no es visto como una incomodidad que hay que frenar de todas todas, sino como una realidad con la que, inevitablemente, hay que pactar.

Han pactado repartirse el mundo; de momento, solo en el ámbito económico

Podemos deducir una primera conclusión de la visita de Xi a EE.UU.: la posible guerra entre ambos queda, si no conjurada, sí muy aplazada. Se respetan como dueños principales del mundo y, de momento, se proponen no hacerse daño. Que lo diga Trump no es de fiar, ya que por la mañana dice cosas que por la tarde desmiente y por la noche contradice. Pero que lo digan los estrategas del Pentágono sí resulta creíble. Uno de estos estrategas, Elbridge Colby, ha descrito la política exterior y militar norteamericana como el “nuevo realismo”. Washington acepta la expansión de la influencia china en Asia. Pero, en cambio, ha trazado una línea roja: Japón, Taiwán, Filipinas, la cadena de islas­ que impide la expansión de China
en el Pacífico, deben estar seguras. Se pueden tocar económicamente, pero no políticamente.

Xi quería conseguir la neutralidad de EE.UU. con Taiwán y eso no le ha sido concedido. Pero logra la escenificación del rango principal de China y un amplio margen para liderar económicamente el Sudeste Asiático. Trump, por su parte, gana tiempo para dedicarse a la política interior y espera que China se retire del continente americano. En resumen: han pactado repartirse el mundo. De momento, solo en el ámbito económico.

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¿Es bueno este respeto entre las dos grandes potencias? Sí y no. Apacigua, ciertamente, el marco geopolítico de un mundo torturado por los conflictos. Puede que tal apaciguamiento favorezca el final de las guerras de Ucrania y de Irán. Puede. Pero, por otra parte, podríamos estar ante un primer paso hacia el reparto del mundo en dos bloques. Una nueva versión de Yalta condenaría a muchos países a la dependencia absoluta de China o de EE.UU. La prueba del nueve estará en Cuba. La isla caribeña y la de Taiwán son geopolíticamente gemelas. Si EE.UU., con una jugada de estilo venezolano, recupera el poder sobre Cuba, ¿se reprimirá a China con Taiwán?

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