Bruce Campbell, el rostro golpeado de una generación friqui
Por Ignasi Franch — eldiario.es – Cultura

El actor y realizador estadounidense, estrella de la trilogía original de ‘Posesión infernal’, ha revelado que padece un cáncer tratable pero incurable
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A veces, un actor queda marcado por un papel. Incluso su primer papel más o menos profesional. ¿Pero quién podría quejarse de manera muy amarga de ello, si el personaje se termina (y te termina) convirtiendo en una especie de icono? Más aún si ese primer papel es una película independiente nacida de un corto que hiciste con tu amigo director de cine. Es el caso de Bruce Campbell. Su interpretación del héroe ridículo y a la vez molón Ash Williams (¿una sierra mecánica sustituyendo una mano amputada?) en la trilogía original de la franquicia Posesión infernal, de Sam Raimi, le supuso un lugar en el panteón friqui.
Con su mandíbula de detective de cómic al estilo de Dick Tracy y su gusto por las poses fanfarronas más o menos autoparódicas, Campbell es una figura que ha continuado asomando por las múltiples ventanas de la cultura pop. Se le ha visto en el cine, en la televisión y se le ha oído en videojuegos. Tanto Raimi como los hermanos Coen le procuraron unas cuantas apariciones y cameos en sus películas, incluida la primera Spider-man de Tobey Maguire. Uno de sus trabajos más sonados en el nuevo siglo fue su reaparición tardía como Williams en las tres temporadas de la serie Ash vs evil dead.
El pasado mes de marzo, el intérprete —y realizador, y escritor de varios libros más o menos cómicamente autobiográficos— compartió públicamente que padecía un cáncer “tratable, pero no curable”. En el pódcast The Adam Carolla Show, ha especulado con que le podrían quedar unos cinco años de vida. Lo hacía mientras presentaba su tercer largometraje de ficción como realizador: Ernie & Emma.
El héroe que podríamos ser, quizá
Para quienes no conozcan su trabajo, Campbell es una especie de estrella de nicho. No es exactamente un one hitwonder, porque ha asomado por creaciones de éxito, especialmente en el ámbito televisivo (Hércules, Xena, Último aviso), y por alguna película con cierto impacto entre la familia disfuncional del cine fantástico (Bubba Ho-tep, por ejemplo). El actor es alguien que no es demasiado famoso, pero que despierta pasiones en cualquier festival de cine fantástico. Alguien que se define como un representante del Hollywood blue-collar, un trabajador bien pagado que no pertenece a la élite de las estrellas (muy) multimillonarias.
Campbell, casi estrella del cine de acción en ‘El ejército de las tinieblas’.
Siempre fue así. En los años ochenta del siglo pasado, Campbell era un nombre familiar, pero solo para un cierto friquismo un poco más avanzado. Para aquel que no solo atendía a Regreso al futuro, Juegos de guerra y demás filmes ochenteros que guiñaban el ojo del nerd pero se dirigían a una audiencia muy amplia. Para el friqui que también veía Posesión infernal y, por supuesto, especulaba sobre los diferentes montajes de El ejército de las tinieblas. Para el aficionado que podía leer al popularísimo Stephen King, claro, pero que también leía los relatos de Clive Barker (Hellraiser) y rebuscaba descubrimientos entre quioscos y videoclubes bien nutridos antes de que todo estuviese tan disponible a través de internet.
Para ellos, para nosotros, Bruce Campbell tenía algo de uno de los nuestros. Gracias, sobre todo, a ese Ash que era un tipo joven cualquiera que se enfrentaba a la proliferación de endemoniados que estallaba a su alrededor. Ash era un ligón más bien ridículo que terminaba siendo algo mejor tipo de lo que parece a primera vista. Alguien que acababa convirtiéndose en algo parecido a un héroe, quizá porque Hollywood siempre demanda héroes, pero que recibía muchos golpes por el camino. Y que lo hacía, especialmente con las expansiones más abiertamente cómicas de las secuelas directas de Posesión infernal, desde un terreno donde se hermanaban el terror y el humor físico.
Bruce Campbell retomó su personaje de ‘Posesión infernal’ en la serie ‘Ash vs evil dead’.
La conexión entre cine fantástico ochentero y slapstick parece adecuada. ¿No fue Buster Keaton el primer gran friqui del cine? Con todo, el personaje de Campbell encajaba los reveses de una manera muy alejada de la imperturbabilidad del protagonista de El maquinista de la general. Si Keaton mantenía una cara de palo, Campbell apostaba por un histrionismo más propio de los dibujos animados de Looney Toones que sintonizaba con la narrativa visual bombástica de Raimi.
El personaje de Ash fue incorporando una parodia más bien inofensiva de una masculinidad clásica y heroica que se creaba desde la distancia irónica, desde el afuera o desde ese lugar lateral del rarito de película de instituto que observa como le van las cosas a los chicos y las chicas populares. Es una sátira amable que no proyecta el resentimiento que sí proyectan otras figuras comunes en el cine de aquella época. Véase esos antagonistas del cine de cuchilladas adolescentes que, después de ser víctimas de bullying o de una cierta exclusión, comienzan a asesinar a los jugadores de fútbol americano y las animadoras, a los sexualmente activos.
Lejos de esas venganzas cinematográficas del excluido que anticipaban la cultura incel, Raimi y compañía se mofaron del héroe clásico magnificando las imperfecciones y extravagancias de su Ash Williams, pero parecían hacerlo sin ira. Y proponiendo una especie de relación más fluida: el héroe podía ser un tipo común, el tipo común podía ser un héroe. O algo así.
El pasado para siempre
Quizá Campbell no ha tenido muchos más papeles memorables como para alejarse de Ash Williams, pero tampoco parece que haya querido hacerlo. Al fin y al cabo, dirigió, guionizó y protagonizó un filme como Posesión demencial, donde hacía de sí mismo en una versión deliberadamente entremezclada con ese personaje. Se autorretrataba como una estrella cinematográfica de poca monta, pero absurdamente presuntuosa, a quien un fan reclutaba para luchar contra un espíritu vengador porque el héroe de Posesión infernal sabría qué hacer.
Esta misma confusión entre personaje, profesional y persona puede magnificar la sensación de cercanía. Campbell ha cultivado una cierta máscara social de autoparodia y arrogancia (más de una vez ha sido faltón, cuanto menos) que resulta familiar a muchos aficionados del cine fantástico porque recuerda a sus personajes más conocidos. Y eso puede magnificar el impacto que causa saber que afronta una enfermedad y que pone fecha de caducidad a su vida. Es una de esas situaciones dolorosas, además de irreversibles, que no suelen reflejarse de manera honda en el parque de atracciones de la cultura pop contemporánea.
Bruce Campbell en ‘Posesión demencial’
En el ensayo breve Porsiemprismo (Caja Negra), el crítico cultural Grafton Tanner reflexionaba sobre la tendencia de una industria cultural adicta a saturar a la audiencia con secuelas, remakes, reboots y demás derivados de obras preexistentes. Los planteamientos de Tanner se relacionan, y actualizan de alguna manera, los planteamientos del desaparecido filósofo Mark Fisher (Realismo capitalista) sobre la sensación de ausencia de futuro.
Fisher desarrollaba algo que ya sabíamos o sentíamos. Muchos individuos viven, vivimos, en el presente permanente de la precariedad, y en la ausencia de futuro que esta también comporta: no solo el cortoplacismo obligado, sino también la dificultad de pensar a largo plazo. Tanner se centra en las dinámicas del audiovisual rentista de propiedades intelectuales establecidas para afirmar que la cultura pop es otro contexto que nos envuelve en esta especie de presente permanente. El flujo de contenidos que no terminan nunca, de secuelas y relanzamientos de las obras del pasado que son retornadas al presente una y otra vez, dificulta que realmente echemos de menos algo. Y, con ello, que reflexionemos sobre lo que hemos ganado y perdido a lo largo de un paso del tiempo que parece existir un poco menos.
La enfermedad de Campbell es uno de esos momentos en que se fisura este bombardeo de presente, este carrusel escapista de ficciones que normalmente buscan complacer por encima de todo. Nos recuerda que la realidad esté ahí, por muchos descansos que nos tomemos a la hora de mirar alrededor nuestro.
Fonte: eldiario.es – Cultura