Ane Gabarain, actriz: “Millán-Astray, que representa el peligro del fanatismo, tenía mucho de folclórica”

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Por Pablo Caruana Húder — eldiario.es – Cultura

Ane Gabarain, actriz: “Millán-Astray, que representa el peligro del fanatismo, tenía mucho de folclórica”

‘Cantando bajo las balas’ es una sátira donde el fundador de la Legión recrea en clave musical su choque con Unamuno en 1936

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Durante hora y media, Millán-Astray canta al mismo tiempo que destila ideología y odio. Es un aquelarre satírico sobre el militar franquista y fundador de la Legión, interpretado por la actriz Ane Gabarain (Donosti, 1963) con el título Cantando bajo las balas, una producción teatral estrenada en Euskadi que ahora llega a Barcelona.

Un proyecto exigente y de riesgo en el que Gabarain se acompaña en escena por el músico y actor Marc Severa. Escrito por Antonio Álamo, dirigido por Asier Andueza y con escenografía de un histórico, José Luis Raymond, la obra permanece en cartelera hasta el 4 de octubre en el Teatre Apolo. En el horizonte, dos nuevas series para esta actriz: Infamia, con Susana Abaitua y la esperada Las vecinas, de Suma Content, la productora de los Javis.

Millán-Astray no deja de cantar en toda la función…

Es que le gustaba mucho cantar, cantaba mal, pero cantaba. Era un hombre al que le gustaba disfrutar de la vida y cantar le liberaba mucho. Era colega de Celia Gámez, de hecho fue padrino de su boda. Por lo visto cuando iban hacia el altar, la muchedumbre que había no les dejaba paso y él se puso a gritar: “¡A mí la legión!”. Era así.

La obra tiene un ritmo endemoniado, todo un reto también enérgico para el actor, ¿cómo la ha abordado?

Es intensísima, es una obra muy punky, de alto voltaje desde el principio. Millán-Astray se levanta de la tumba y empieza a pedir cuentas a las Españas. Luego va contando toda su biografía y se centra en el episodio que tuvo con Miguel de Unamuno en 1936. Es un texto magnífico, muy estilizado. Es increíble cómo Antonio Álamo ha cogido las actas de ese día y las ha convertido en puro teatro. Aquello ya fue muy teatral, pero Antonio lo convierte en teatro de culto.

Cuando acaba la función, después de estar hora y media encarnando a un personaje tan lejano a sus propios ideales, tan furibundo, ¿le pesa?

No sé si pesa, sí que es difícil. La obra es una sátira, Millán acaba siendo un esperpento, tiene mucho humor. Pero fíjate lo que te digo, creo incluso que la obra es luminosa… Teatralmente, es una celebración, lo siento así, lo vivo así. No es una obra que te tira para abajo, que te deja entre sombras. La obra tiene mucho de psicológico, de psiquiátrico, de filosófico, político e histórico, pero en el fondo es catártica, el espectador sale diferente, porque si de algo habla esta obra es del peligro de volvernos fanáticos y de que no seamos capaces de movernos un milímetro de nuestra posición.

¿En qué sentido Millán-Astray es un esperpento?

Es el personaje que se comió a la persona. Millán-Astray tiene mucho de folclórica, incluso llegas a reírte con él. En camerino, cuando me estoy vistiendo tengo que ir quitándome un brazo, luego un ojo, luego poniéndome el uniforme, luego el fajín, volviéndome coja… Es terrible y al mismo tiempo divertido.

Millán Astray fue el fundador de Radio Nacional, pero a nadie se le ocurre, digo yo, poner un gran retrato suyo en la entrada de la sede, aunque mejor no dar ideas

No sé cómo verá desde Euskadi que en Madrid se haya vuelto a poner el nombre de la calle Millán-Astray, quitándosela a la maestra Justa Freire, o que el alcalde José Luis Martínez-Almeida inaugurase un monumento a la legión en plena Castellana.

Me parece tremendo que personajes de estas características en 2026 tengan una calle, una estatua o lo que sea. Volver a ponerla es como una doble insistencia que clama al cielo. Millán-Astray fue el fundador de Radio Nacional, pero a nadie se le ocurre, digo yo, poner un gran retrato de Millán-Astray en la entrada de su sede, aunque mejor no dar ideas.

La obra trata también de la posición del fascismo ante los nacionalismos. El montaje se estrenó en Euskadi y ahora llega a Catalunya. Ciertos pasajes tienen que sonar bien fuerte en estos sitios, ¿no?

Aquí solo tengo que recitar las palabras del propio Millán: “[pone la voz del personaje] ¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña son dos cánceres en el cuerpo de la Nación! El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, rotando en la carne viva y sana como un frío bisturí. La carne sana es la tierra; la enferma, su gente. El fascismo y el ejército arrancaron a la gente para restaurar en la tierra el sagrado reino nacional”.

¿Qué reflexión le merece el personaje después de haberlo estudiado para la obra?

Dios mío, librémonos de estos personajes. Millán-Astray representa el peligro del fanatismo. Era un iluminado. Al final ni los propios sabían qué hacer con él.

Cantando bajo las balas se estrenó en 2007 con Adolfo Fernández, quien falleció recientemente. Han pasado ya veinte años; cuánto ha cambiado todo, ¿no?

A Adolfo le tengo muy presente en este montaje, mucho. Y lamentablemente, esta obra escrita hace diez años y que habla de 1936, es más actual ahora. Algunas de las palabras, de las frases y de las consignas que podemos escuchar en escena no están lejos de lo que escuchamos ahora mismo. Y eso cala en el público.

Ane Gabarain en 'Cantando bajo las balas'

Ane Gabarain en ‘Cantando bajo las balas’

Primera obra de la productora Luna Hiena, hora y media sola en escena con un monólogo en el que tiene que encarnar a una de las personalidades más endemoniadas de nuestra historia. ¿Qué le decidió a meterse en esta aventura?

Eso digo yo. La verdad es que soy una actriz absolutamente vocacional y un tanto kamikaze. A veces me digo: pero qué necesidad tengo de meterme en estos berenjenales, en un proyecto tan exigente… Pero no tengo remedio, es lo que me pone. Cuando vi el montaje de Adolfo ya me fascinó, pero cuando volví a leerlo me dije: qué pedazo de texto.

Comenzó carrera en los ochenta, con el gran Juan Pastor, con la compañía de Ramón Barea y Alex Angulo, Karraka, y también estuvo en los comienzos de otra compañía histórica vasca, Tanttaka… Una época bien distinta ahora e ilusionante, ¿no?

Claro, comencé en el 83. Las autonomías estaban recién constituidas, todo estaba por hacerse. El teatro y también la televisión. Éramos jóvenes y fuimos de la mano, construyendo la política lingüística, profesionalizándonos, creando… Fue una época donde ya compaginaba teatro y tele. Comenzamos haciendo programas infantiles, luego llegó la primera sitcom, Bi eta bat… Trabajamos mucho y duro.

Aunque nunca perteneció a ninguna compañía, ¿siempre fue un poco por libre?

Era menos orgánica en ese sentido. Sí lo fui con nuestra primera compañía Bederen 1, pero luego he trabajado con casi todas las compañías vascas, son 43 años currando.

Desprenderme de la Poncia de ‘La casa de Bernarda Alba’ de Lorca para mí fue dolorosísimo. Es tan inmensa la obra y el personaje, que hubiera seguido años haciéndola. Los grandes personajes son aquellos que te llevas a la intimidad

Conoce bien el teatro que se hace hoy en Euskadi. Si lo compara con aquel de los años 80 y 90 ¿qué grandes diferencias ve?

Creo que ahora se hace un teatro infinitamente más profesional y con más recursos. Hay compañías que siguen haciendo teatro más social y comprometido, pero no es lo que abunda. Posiblemente sea mi percepción, que ya estoy mayor y haya alguien que me diga que no es así. Es verdad que las líneas de lo social y lo comprometido a veces son muy difusas, pero yo estoy descreída ya de muchas cosas. Muy decepcionada también. Pero eso quiere decir también que creí… y sigo creyendo. Quizá sea el cansancio de la pelea.

Si tiene que recordar un momento sobre un escenario que, aunque fuera fugaz, le diera sentido a toda esa pelea, ¿cuál sería?

Mira, yo tengo un momento, igual lo tengo idealizado, pero me acuerdo de hacer Gure herria, Nuestro pueblo, de Thornton Wilder en 1986 con Juan Pastor. La hacíamos en castellano y euskera. Recuerdo tener un momento de iluminación en el escenario y decir: “qué bien que me dedico a esto, qué bonito que es”. Pero también he tenido momentos en que he dicho: “qué mierda, no sé qué hago haciendo esto”. Otro momento especial fue en 2014 con El amor después del amor que hice con Ados Teatroa. Fue un montaje con el que disfruté tanto, en el que estaba tan conectada, fue muy especial.

Creía que me iba a hablar de la Poncia que hizo en el Centro Dramático Nacional en La casa de Bernarda Alba de Lorca…

La Bernarda también, que se me olvidaba. Tienes razón, es uno de mis momentos mágicos absolutos. Siempre te duele cuando te desprendes de una obra o de un personaje, siempre hay un momento de duelo, pero desprenderme de la Poncia para mí fue dolorosísimo. Es tan inmensa la obra y el personaje, hubiera seguido años haciéndola, investigando. Los grandes personajes son aquellos que te llevas a la intimidad y Poncia es uno de ellos.

Fonte: eldiario.es – Cultura

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