Ampliar la casa
Por Antoni Puigverd Romaguera — Portada

Ampliar la casa 14/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Catalunya es una pequeña nación sin Estado propio que, durante largos periodos de su historia, ha tenido al Estado en contra. En otros periodos más breves, si no lo ha tenido completamente a favor, sí han sintonizado bastante. Me refiero a los primeros veinticinco años de la actual Constitución. Fueron buenos para Catalunya y para España.

La Generalitat es el único injerto de legalidad republicana en la democracia posfranquista. Y la palabra nacionalidad, que la Constitución incorpora, si bien no se refiere explícitamente a Catalunya, legaliza la plurinacionalidad. El despliegue de las autonomías, el consenso a favor de la protección de la lengua propia y de la inmersión escolar, los Juegos Olímpicos de Barcelona, la modernización y el éxito internacional de la capital catalana eran señales evidentes de optimismo.
También aparecieron, en aquellos años, signos de mal agüero que no quisimos ver: la desindustrialización y la pérdida de los “capitanes de industria” (Vicens Vives), es decir, la desaparición de la burguesía catalana. Catalunya asumía parte del poder político y ganaba prestigio internacional, pero perdía singularidad económica. Despreocupándose de ello, Catalunya, dirigida por las clases medias, buscó ampliar el poder político. El presidente Aznar de la mayoría absoluta tenía un proyecto recentralizador y concitó una reacción: el nuevo Estatut. Que, a su vez, despertó una reacción de intolerancia en España. Intelectuales, políticos y medios españoles cuestionaron la protección del catalán y demonizaron al catalanismo. La campaña contra el Estatut fue tanto o más intensa que la que vendría después contra la estelada.
Hacer pagar el malestar a los recién llegados balcanizaría Catalunya
En la batalla del Estatut surgieron todo tipo de caricaturas y ataques que crearon las condiciones para una segunda reacción: el independentismo. El procés fue un crescendo emotivo que los dirigentes nacionalistas no se atrevieron a frenar. Conducía a una derrota segura y causó una división de fondo: un alto número de castellanohablantes catalanes, que habían aceptado con mayor o menor entusiasmo las leyes lingüísticas, se posicionaron en contra. La lengua sufre ahora por partida doble: el aumento de la población de origen migrante dificulta su uso en la calle, y la falta de sintonía entre los catalanes deja muy solos a quienes hablan catalán.
Sin capitanes de industria, el futuro depende solo de la política, que ha salido empequeñecida, humillada y deprimida del procés. Hay esperanzas más aparentes que reales: por ejemplo, el hub de biomedicina, una gran idea de Mas-Colell, tiene fuerza institucional, pero no empresarial. Mientras tanto, Madrid consolida su poder económico, le sobra poder político y se convierte en capital de Latinoamérica. El riesgo de provincianización de Catalunya es evidente. El president Illa se esfuerza en reparar errores y querría reindustrializar el país. Pero ya no tenemos burguesía y el PSC no suscita suficiente consenso.
El resultado de todo ello es un país dividido, desanimado, que dramatiza el futuro. A través de Aliança Catalana, una parte
de la Catalunya derrotada por los poderes fácticos cae en la tentación de hacer pagar el malestar a los recién llegados. Es
una tentación común en toda Europa, que balcanizaría
Catalunya.

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Un vecino estresante
Antoni Puigverd
He leído una entrevista deliciosa de Pep Martí a Albert Om en Nació Digital sobre su libro de memorias Què dirà la gent. En un momento dado, hablando del eslogan “Primer els de casa”, Om se pregunta: “¿Los que trabajan en tu empresa son de casa? (…) ¿Quienes cuidan de la abuela o trabajan de médicos y enfermeros son de casa? Deberíamos ampliar el concepto de los de casa”. Los catalanes siempre hemos ampliado nuestra casa para que quepa más gente. Eso nos ha salvado de la irrelevancia. Cambiar esta tradición histórica nos devolvería al siglo XVII: al país del todos contra todos, paso previo a la decadencia. Si nos peleamos con los nuevos vecinos, es que hemos perdido la fe en el magnetismo de nuestra cultura.
Los problemas son mayúsculos. Pero no todo está perdido. Necesitamos determinación y unidad. Necesitamos aliados. Ya están aquí. Tenemos que ampliar la casa para que ellos también puedan vivir bien en ella. Acogerlos implica paciencia y sacrificios; si sabemos hacerlo, nos ayudarán a pervivir.
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