Alegoría de la mancha
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Alegoría de la mancha
La Mirada del Lector
Una cosa es ir remendado, con parches bien visibles, y otra muy distinta es ir sucio, una señal de dejadez

Mancha de tinta en la ropa.
Pexels
Joan Yll Martínez
Barcelona
21/10/2026 06:00 Síguenos en Google
* El autor forma parte de la comunidad de lectores de La Vanguardia
La humanidad se mueve entre costumbres, muchas de las cuales aún perviven en nuestros días. Otras, con el paso del tiempo, se han modernizado y parecen ser las mismas, pero han perdido su razón de ser al mostrarse totalmente distintas. El resto prácticamente ha desaparecido por diversas razones. Una de las principales es que las economías familiares, salvo excepciones, han mejorado. Aun así, aunque existan personas que pasan dificultades para llegar a final de mes, su manera de vestir no delata privaciones.
Hace tiempo, la gente vestía con ropas remendadas. Esta costumbre, dicho sea de paso, era más patente entre los hombres que entre las mujeres, seguramente por el mayor instinto de conservación que ellas tenían de sus prendas. De ahí que la gran mayoría de ellos luciera en sus ropas de diario -e incluso en las reservadas para los días festivos- diferentes remiendos, visibles sobre todo en las zonas de más desgaste.
La ropa que se utilizaba para los días de fiesta se cuidaba al extremo; tanto es así que, nada más llegar a casa “vestido de bonito”, lo habitual era cambiarse de inmediato y dejar la prenda festiva bien colgada o doblada para que no cogiera malas formas y para evitar manchas.
Y es que una cosa era ir remendado, con parches bien visibles, y otra muy distinta era ir sucio. Mostrar manchas en la ropa se consideraba una señal de dejadez y, al mismo tiempo, de poca higiene. Esa era la máxima de las mujeres de antaño, quienes tenían profundamente asumido un principio claro: “se puede ir remendado, pero lo primordial es ir limpio”. Una sola mancha visible echaba por tierra tan pregonada conclusión.
Quienes tenemos la suerte de contar con una esposa que cuida hasta el más mínimo detalle para que salgamos a la calle impolutos, seguro que hemos tenido que escuchar más de una vez la clásica advertencia: “¡Sobre todo, no te manches!”. ¿A que sí? Y, al volver a casa, pasan revista por si hemos hecho caso omiso a la recomendación.
Pero es que resulta tan fácil que una gotita inoportuna del mejillón en escabeche del vermut caiga sobre la camisa… Es mucho más fácil eso que te toque la lotería. Con otra particularidad: cuantos más miramientos pones para evitarlo, aparece la ley de Murphy y ¡zas!, ya estás condecorado; a partir de ahí, atente a las consecuencias. Sobre todo a la sentencia final de las mujeres, que parecen adivinas: “¡Ya sabía yo que te ibas a manchar!”. Y tú ahí, “condecorado”, a callar, porque por mucho que digas no llevas la razón: no será porque no te lo hubieran advertido antes de salir de casa.
Para evitar estos contratiempos, por ejemplo, los representantes de comercio -que por aquellos años eran los que más viajaban y frecuentaban los comedores de las pensiones repartidas por la geografía- solían vestir con traje y corbata. Antes de sentarse a la mesa, se quitaban la americana para colgarla en el respaldo de la silla y, justo después de pedir la comida, instintivamente se colocaban la servilleta de tela alrededor del cuello: si la longitud daba de sí, anudaban los dos extremos tras la nuca; si no, la introducían entre el cuello de la camisa y la propia piel. De esta manera evitaban la inoportuna mancha que tanto habría afeado su presencia ante el cliente. Otros, igualmente previsores, llevaban siempre una camisa de repuesto por si acaso.
Y es que la historia con las manchas empieza nada más nacer: es entonces cuando sacamos por la boca, a veces, más de lo que nos entra. Para evitarlo se inventaron los baberos, diseñados para proteger la ropa por más que esta sea de quita y pon. La propia baba de las criaturas hace que el babero permanezca puesto hasta bien entrada cierta edad.
La historia con las manchas empieza nada más nacer
Y cuando la edad empieza a ser considerable, ante lo que parece ser una mancha cabe la duda de si verdaderamente lo es o si es resultado de que se nos haya caído la baba. Tampoco se trata de que esto ocurra solo cuando no la podemos dominar, sino simplemente cuando salivamos al comer un plato que nos gusta mucho y, ante el placer de degustarlo, se nos cae la baba; o también cuando nos quedamos embobados contemplando algo que nos encandila.
Por no hablar de cuando otros se encargan de vaticinar, con la llegada de los nietos, que “se nos caerá la baba” y que necesitaremos un babero para no mojar la camisa. Las exageraciones, muchas veces, son excelentes aliadas para describir situaciones de máxima alegría y satisfacción.
Y es que hay manchas y manchas. Las que he mencionado hasta ahora son de fácil solución: simplemente con un lavado desaparecen, aunque muchas veces nuestra esposa nos advierta: “¡No sabes lo que me ha costado quitar la mancha!”. Esto si es ella la que lava; porque si las tareas del hogar se comparten y es uno mismo el que lava la prenda y resulta que la mancha no ha desaparecido…, ya sabes lo que toca: volver a lavar y aprender del para qué sirve el aviso de “¡vigila, no te manches!”. Y no por ánimo de venganza, sino porque, como dicen, el que avisa no es traidor.
Pero ojo, porque aquí es donde también quería llegar: hay manchas que a uno lo pueden acompañar toda la vida. Mal asunto cuando ocurre esto. Son preferibles, aunque resulten engorrosas y cueste demostrar que han sido sin querer o sin darnos cuenta, las manchas superficiales, ya que para esas el agua y el jabón hacen milagros. Para lavar las otras, las más profundas, hacen falta otros métodos que quien carga con ellas sabrá emplear.
Y, al final, todos con babero otra vez. Y dichoso aquel que logra llegar a esta etapa de la vida en la que su uso ya no es una costumbre esporádica y temporal, sino una entrañable realidad dominada por la baba. Todo es aceptable menos tener mala baba.
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