Acumulación de gases
Por Antoni Puigverd Romaguera — Portada

Acumulación de gases 12/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
La vida cotidiana y laboral está llena de problemas concretos que la estructura política no tiene en cuenta. Las instituciones son cada día más distantes; a menudo parecen ciegas y sordas. Con frecuencia son incompetentes: una maquinaria endogámica, una estructura más pendiente de los actores que de su función. La democracia es percibida cada vez más como una abstracción retórica que se ha alejado de la realidad de los votantes.
Ante el anuncio de las nuevas elecciones generales, es fácil detectar un creciente desprecio hacia el sistema democrático, que ha envejecido muy mal en estos casi cincuenta años de comicios (los primeros fueron en junio de 1977). Si en las últimas décadas se había ido generalizando el odio polarizado, si la política civilizada había perdido prestigio y los políticos (y sus narradores: los periodistas) eran observados con creciente antipatía, ahora, además de todo eso, es detectable incluso un rechazo explícito a la democracia. Los usos, convenciones e instituciones que caracterizan el sistema democrático han perdido no solo el aura, el respeto y la reputación. Son percibidos como un estorbo.

Son infinitos y constantes los requerimientos burocráticos que se exigen a un arquitecto, un albañil, un agricultor o un maestro en su trabajo. Cualquier pequeño empresario debe someterse a un vía crucis legal, cualquier autónomo tiene que dedicar parte de la jornada al papeleo (o bien delegar esta tarea en un gestor, lo cual tiene un coste). Cualquier ciudadano que necesite relacionarse con la Administración vivirá una experiencia kafkiana luchando con programas informáticos o pidiendo audiencia a los funcionarios. Más aún: las normas y castigos con los que la Administración rige el comportamiento del simple ciudadano son cada vez más rigurosos y estrictos, como demuestran la dirección general de Tráfico o el Ministerio de Hacienda.
Prueba inquietante de ese control asfixiante es el nuevo reglamento general de Circulación, por ejemplo. El conductor, sospechoso por el mero hecho de salir a la carretera, criminal en potencia, está siempre en peligro de cometer una irregularidad bajo el control de los radares, vigilado y multado sin remisión. Ahora bien, la Administración nunca es responsable de los accidentes: ni del mal estado de las carreteras, ni de los colapsos viales, ni de la peligrosidad de las autopistas.
La democracia es percibida como una abstracción alejada de la realidad de los votantes
La decepción de la democracia es evidente en toda Europa. Las nuevas derechas nacionalistas no crecen por seducción propia, sino por la persistencia en el error de los partidos centrales, empantanados en una gestión que no resuelve, sino que exacerba, los problemas de nuestras sociedades. El populismo nacionalista está de moda no porque la gente se esté radicalizando, sino porque en manos de los partidos tradicionales los problemas se estancan y se vuelven irresolubles.
Toda Europa está llena de problemas irresolubles. Si aquí hay acampadas en las plazas, en París se han incendiado las banlieues. En Alemania se están desmoronando los partidos (SPD, CDU) que construyeron el sistema. Es más que malestar. Es irritación, si bien no toda del mismo color ideológico ni de la misma intensidad. Quizá por eso las administraciones, incapaces de resolver nada, han decidido fiarse de la máxima romana: Divide et impera. Divide a los ciudadanos y resistirás. Los que no tienen casa enfrentados a los pequeños propietarios, los autóctonos más vulnerables contra los vulnerables recién llegados, los jóvenes precarios contra los jubilados.

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Antoni Puigverd
La división social, la polarización política y la decepción de la democracia son reflejo de un mal más profundo. Una enfermedad moral. Michel Houellebecq la anticipó en un poema titulado Confrontación: “Es cierto que este mundo en el que respiramos tan mal / ya no nos transmite nada más que un asco evidente, / un deseo de huir sin mirar atrás”. No se entiende el presente si no se observa que este asco va mucho más allá de la política, y arraiga en el profundo desconcierto de una cultura occidental que lleva décadas trabajando para desmontarlo todo: familia, escuela, comunidad nacional, género, identidades personales. No sabemos qué somos; y eso es insoportable. Se han acumulado muchos gases en nuestras sociedades. Un día u otro explotarán.
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