“Nada sabotea más nuestra voluntad que el miedo”: cómo vencer la procrastinación según el filósofo Simon May
Por Juanjo Villalba — eldiario.es – eldiario.es

El autor de ‘El poder de lo cuqui’ publica ahora ‘¡Salta! Una nueva filosofía para vencer a la procrastinación’, donde defiende que no procrastinamos lo que nos da igual, sino lo que más nos importa, y propone varias vías, alejadas de la autoayuda, para dejar de hacerlo
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El verdadero problema de la procrastinación, sostiene el filósofo británico Simon May, no es por qué aplazamos la limpieza de nuestra casa o la declaración de la renta, sino por qué evitamos a la persona que nos gusta, aparcamos nuestra vocación más profunda o posponemos un cambio de vida que nos resulta urgente.
Este es el punto de partida de ¡Salta! Una nueva filosofía para vencer a la procrastinación (Alpha Decay, con traducción de Albert Fuentes), un nuevo ensayo del autor del célebre El poder de lo cuqui, con el que pretende plantar cara a la mayoría de los manuales de autoayuda que nos prometen ser más eficientes.
Su tesis es que la procrastinación no nace, como pensamos de manera intuitiva, de la pereza o de la falta de disciplina, sino de conflictos más profundos, como el miedo al fracaso, al éxito o a la propia vulnerabilidad.
Para vencerla, May propone siete vías que parten de la tradición filosófica, religiosa y literaria: desde adoptar un espíritu lúdico y asumir nuestra mortalidad hasta convertir el arrepentimiento y el aburrimiento en nuestros aliados. Como si fuera una especie de judo mental, el propio impulso de posponer, lejos de ser un simple obstáculo, puede ayudarnos a identificar nuestras verdaderas prioridades, según el autor inglés.
La importancia que pesa
May inicia su ensayo partiendo de lo que llama “motivación saboteada”: quien procrastina no suele carecer de metas, sino que está obsesionado con ellas. Y por eso las evita. “Cuando no hacemos lo que más queremos, a menudo es por una razón: el peso insoportable que tiene para nosotros esa gran prioridad vital”, explica. De su consecución dependen, dice, “el valor y el sentido de nuestra vida”, nuestra felicidad, nuestra autoestima y la estima de los demás. “De modo que la importancia misma de la prioridad se convierte en una razón para no ponernos con ella”.
Aunque claro, en realidad no la abandonamos, la posponemos. “Es una forma de convencernos de que en realidad no la estamos dejando, porque seguro que acabaremos llegando a ella”, afirma May.
Ese peso adopta muchas formas. Puede ser la dedicación que exige, o el posible fracaso y su posterior humillación, a menudo agravados por el perfeccionismo. O, al contrario, tememos el éxito, porque entonces no quedará nada por lo que luchar.
May recuerda que, según Freud, hay quien enferma precisamente cuando se cumple un deseo largamente acariciado. Es lo que el austriaco llamaba fracaso al triunfar. “Muchas de las causas de la procrastinación tienen su raíz en el miedo. Porque nada sabotea más nuestra voluntad que el miedo”, asegura.
Cuando no hacemos lo que más queremos, a menudo es por una razón: el peso insoportable que tiene para nosotros esa gran prioridad vital
El abogado artista, pero sin obra
Por las páginas del libro de May desfilan grandes procrastinadores que han acabado triunfando en la vida pero no en las cosas que habían querido. Por ejemplo, un abogado que pasó años preparándose para ser artista, montando un estudio impresionante, pero que nunca llegó a crear nada. “A eso lo llamo ‘procrastinación triunfante’ porque tuvo una carrera fenomenalmente exitosa en el derecho, aunque para él solo era una forma de aplazar su verdadera vocación, que era convertirse en artista”, recuerda May.
Para colmo, aquel hombre seguía las reglas de oro de la productividad que predican muchos libros de autoayuda: formular prioridades, dividirlas en pasos, ponerles plazo o alejar las distracciones. Con ellas triunfó como abogado y con ellas se “hizo” artista: “Según un calendario preciso, asistió a una escuela de arte junto a estudiantes décadas más jóvenes, alquiló y reformó el estudio perfecto y empezó a trabajar en su obra. Pero, después de haber hecho todo el trabajo preparatorio a la perfección, nunca terminó una sola pieza. En definitiva, la literatura de la productividad no le ayudó”, afirma el autor. Tampoco ayudaría, añade, a quien huye de un gran amor para refugiarse en otro más fácil.
Los dos cultos
May describe nuestra época como la edad de oro del procrastinador debido principalmente a la existencia de dos “cultos”: el del trabajo y el de la autonomía. El primero, impulsado según él por la Reforma Protestante del siglo XVI, “ha permitido enormes aumentos de libertad y oportunidades”. Pero en muchos países occidentales “ha convertido a millones de personas en máquinas robóticas de productividad, esclavas de la deidad del rendimiento incesante”.
La identidad de grandes capas de la población depende de una corriente ininterrumpida de logros. Hasta el amor o la crianza parecen ya un trabajo.
Por otro lado, el culto a la autonomía también se vuelve en nuestra contra. “Nos lleva a tener la impresión de que podemos ejercer un control casi total sobre nuestra vida”, afirma el profesor. “Pero cuando esas expectativas se frustran, nos sentimos desbordados e impotentes y enseguida nos culpamos de ser débiles de voluntad”. El resultado, resume, es “desmoralizarnos y agravar la procrastinación”.
Hazlo como una evasión
Una de las propuestas más revolucionarias de May consiste en realizar el juego mental de replantear la prioridad principal como una actividad secundaria, de escape. Imaginemos que queremos escribir una novela. El truco para hacerlo sería planteárnoslo como si hacerlo fuera procrastinar.
No obstante, parece un truco demasiado difícil de realizar. “Sí, es un truco complejo, ¡pero desde luego es factible!”, responde. Él mismo confiesa que escribió este libro usando esta técnica. “Convencerme de que escribir es una evasión de lo que de verdad debería estar haciendo”, confiesa. “Una forma de diversión”. Y cita al humorista Robert Benchley: “Cualquiera puede hacer cualquier cantidad de trabajo siempre que no sea el trabajo que se supone que debe estar haciendo en ese momento”.
Algo que es exactamente lo contrario del consejo habitual en la literatura de autoayuda, que insiste en la importancia de poner prioridades. May recomienda concentrarse en el momento y no en el logro futuro: “Hay que centrarse en el disfrute y no en las recompensas que una tarea pueda traer cuando esté terminada”.
Hay que centrarse en el disfrute y no en las recompensas que una tarea pueda traer cuando esté terminada
Reconocimiento y perfección, sin obsesión
Otras dos de las estrategias que propone el autor son liberarse de la necesidad de reconocimiento y del perfeccionismo, lo que también parece complejo, porque parece que estamos programados para buscar ambos.
May corrige el planteamiento: “No sugiero liberarnos de ellos, sino solo moderarlos”. El reconocimiento es “una necesidad humana absolutamente vital desde la infancia”, reconoce. El problema llega cuando el afán de aprobación nos lleva a moldearnos a las preferencias ajenas y perder de vista quiénes somos, como ya advirtió Jean-Jacques Rousseau. “Además esa es una recompensa frágil: puede no llegar, puede ser fruto de una mala interpretación o desvanecerse enseguida”.
Sobre el perfeccionismo, nos pide tener cuidado: “La perfección, entendida como una meta predeterminada que no se puede mejorar, ¡no existe! Buscarla es perseguir un espejismo y encerrarnos en una prisión de ideas fijas en la que ahogamos el experimento, la evolución, la individualidad, la espontaneidad, lo irregular, lo lúdico y lo inesperado”, sostiene.
Juego, aburrimiento y atención
El espíritu del juego es, dice May, otro antídoto contra el bloqueo cuando la tarea se vuelve terriblemente opresiva y la mente se congela. No se refiere a hacer el tonto ni a renunciar a la disciplina, sino a una mentalidad exploratoria que afloje un poco, mediante un esfuerzo de imaginación, la aburrida mentalidad de la lista de tareas.
Pero ¿no es casi imposible aburrirse hoy en día sumidos como estamos en la guerra por nuestra atención? ¿Qué hacemos, por ejemplo, con las redes sociales? “Las redes pueden aplazar nuestro ajuste de cuentas con el aburrimiento, pero no pueden eliminar el aburrimiento con una prioridad que nos importa y en la que no logramos avanzar”, asegura.
La atención es la clave para tener una relación genuina con la realidad, y esto es fundamental para superar el tedio adormecedor de este momento que subyace en el corazón de la procrastinación
Si escuchamos con cuidado a nuestro aburrimiento, nos daremos cuenta de que nos está susurrando preguntas sobre si nuestras prioridades son las adecuadas. Entonces puede convertirse en “una poderosa fuente de nueva motivación”, explica May. “¡El aburrimiento puede enseñarnos mucho sobre nosotros mismos!”, exclama. “La procrastinación que lo provocó deja de ser una maldición y se convierte en nuestra mayor bendición”.
Pero de todas las armas para combatir la procrastinación, May cree que la más potente es la atención. “Una concentración inmersiva, paciente y abierta en lo que tenemos delante, sea un trabajo, un ser humano, un árbol o un tema musical”, señala y pone de ejemplo que “Platón, Séneca, los primeros budistas o pensadores del siglo XX como Simone Weil han señalado la importancia de cultivar la atención. Es la clave para tener una relación genuina con la realidad, y esto es fundamental para superar el tedio adormecedor de este momento que subyace en el corazón de la procrastinación. Si tuviera que elegir una sola técnica para superar la procrastinación, sería esta”, concluye.
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