Por Xita Rubert — Portada

Xita Rubert

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Un nombre propio

Nadar de espalda

12/10/2026 06:40 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Cuando me preguntan, siempre digo que hay tres escritoras cuyas vidas y libros deberían gritarse a los cuatro vientos: la novelista brasileña Clarice Lispector, la cuentista argentina Silvina Ocampo y la pintora anglomexicana Leonora Carrington. Son tres figuras canónicas de las artes y las letras del siglo veinte, pioneras de todo lo que hoy las escritoras podemos hacer con menos tapujos, más confianza y sin acogernos a ideas preconcebidas sobre la creación o lo femenino.

Clarice Lispector, que ya es considerada la prosista brasileña más importante del siglo pasado, tiene la estatura filosófica de Franz Kafka o Thomas Mann, pero además tiene una imaginación imprevisible y retorcida. Silvina Ocampo, que estaba casada con el escritor Adolfo Bioy Casares y cuyo gran amigo era el olímpico Jorge Luis Borges, tiene, a mi parecer, una intuición narrativa y emocional más aguda que la de ambos. Y Leonora Carrington, que se pasó la vida huyendo de las cárceles físicas y simbólicas de los hombres a quienes amaba (tuvo una larga relación con el artista Max Ernst, que le llevaba 26 años), es reconocida hoy día como la mayor artista del surrealismo.

Virginia Woolf en 1927  
Virginia Woolf en 1927    Houghton Library

No se trata de comparar a hombres y a mujeres: estas tres escritoras se preocuparon, y mucho, de rechazar lecturas de género. No hacían hincapié en su identidad, al contrario, sabían que su obra merecía un lugar por su valor artístico e intelectual. Se trata, sin embargo, de reconocer que las mujeres que escribimos hoy lo hacemos desde un fuerte linaje que sí existe, que nos respalda, que nos mira y nos acompaña. En Una habitación propia, Virginia Woolf ya señaló que, a lo largo de la historia, anónimo solía ser una mujer. Pero también es cierto que quienes firmaron con su nombre propio abrieron el camino para las exploraciones y las carreras que hoy nos parecen ­normales.

Hoy es normal que una cuentista sea galardonada no solo con premios de prestigio, sino también de gran dotación económica: Samanta Schweblin. Hoy no nos extrañamos de que una poeta y filóloga atraiga tanto a académicos como a jóvenes lectores: Anne Carson. También nos hemos acostumbrado a que una artista ultrapopular llene estadios con referencias de alto voltaje intelectual: Rosalía. Lispector, Ocampo y Carrington desplegaron batallas literarias y burocráticas para que, hoy, las mujeres duden menos, porque escribir lo han hecho siempre.

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