La IA comparte todos los secretos
Por Editorial La Vanguardia — Portada
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Nos costará lograr en nuestras vidas y en nuestras empresas el uso correcto y adecuado de la inteligencia artificial (IA). Está a tan solo un clic del ordenador o del móvil. Es tan fácil y tan útil usarla, además de su gratuidad o su bajo coste (por ahora), que casi nadie puede resistirse a recurrir a ella en sus múltiples variantes para que le ayude en sus diversas actividades particulares y profesionales. La IA constituye un enorme conocimiento acumulado, articulado y organizado, que está a nuestra disposición en un instante. Pero es un arma de doble filo. Hay que ser conscientes de ello. Utilizar la IA sirve para aprender más y mejor, para multiplicar las posibilidades de la investigación, para trabajar con mayor eficiencia y para ganar productividad, entre otras muchas cosas. Pero también puede ser contraproducente. Parece evidente que puede reducir la iniciativa, el dinamismo creativo y el pensamiento crítico. Y, con ello, puede disminuir nuestra capacidad de esfuerzo intelectual, sacrificado en aras de una mayor comodidad. En el caso de las empresas, además, el uso no autorizado de la IA por sus trabajadores abre una ventana de graves riesgos que preocupa cada vez más, tanto sean grandes como pequeñas y medianas.
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