Por Autor Generico — Portada

¿Es la IA un nuevo Renacimiento?

Ensayo

Surge un movimiento contrario a destruir libros para enseñar a las máquinas a escribir y constatamos que el Renacimiento no fue realmente una edad dorada. Todavía hay esperanza

George Orwell, Séneca, Marco Aurelio, Nietzsche y William Morris

George Orwell, Séneca, Marco Aurelio, Nietzsche y William Morris

Creado con ChatGPT

Alejandra Cortina

11/10/2026 06:55 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Aterrorizada, viendo vídeos de creadores en Instagram que intentan hacer que el Proyecto Panamá sea más conocido, acabé haciendo lo que hacemos todos cuando algo nos inquieta: abrir demasiadas pestañas. Una búsqueda me llevaba inevitablemente a otra.

Además, últimamente he hablado mucho de este tema con personas de mi edad. La generación Z está heredando un mundo labrado, para bien y para mal, por las decisiones de generaciones anteriores, y parece que lo hemos recibido completamente polarizado. Por un lado, están quienes ven la eclosión de la inteligencia artificial casi como el principio del fin y, por otro, quienes la perciben como una oportunidad extraordinaria de cambio y progreso.

Una sociedad permanentemente confrontada y saturada de información es mucho más vulnerable

El discurso sobre la IA lleva ya años entre nosotros, pero los últimos avances han acelerado la conversación hasta hacerla imposible de seguir. Conocemos solo una fracción de lo que está ocurriendo; se hablaba de una curva exponencial, sospecho que a estas alturas la curva se ha salido del gráfico. Y en medio de todo esto aparece el Proyecto Panamá.

Algunos os estaréis preguntando qué es: en el 2024, Anthropic comenzó a adquirir y digitalizar millones de libros para entrenar modelos como Claude. El proceso es bastante brutal: compran ejemplares físicos, les cortan el lomo, escanean sus páginas y luego los destruyen.

En el 2024, Anthropic comenzó a adquirir y digitalizar millones de libros para entrenar modelos como Claude 
En el 2024, Anthropic comenzó a adquirir y digitalizar millones de libros para entrenar modelos como Claude  Dado Ruvic / Reuters

Muchos procedían del mercado de segunda mano y algunos eran ejemplares difíciles de reemplazar, publicados antes de la expansión de la IA. Textos, por tanto, nacidos en un ecosistema predominantemente humano. Y ahí surge la paradoja: cuanto más avanza la inteligencia artificial, más necesita retroceder para encontrar aquello que todavía no ha sido contaminado por ella misma. La serpiente empieza a comerse la cola.

Pero hay algo que me inquieta aún más. Hace unos años leí Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, donde los libros están prohibidos y el acceso al conocimiento depende de un sistema que decide qué merece conservarse y qué desaparecer. Todavía no vivimos en una distopía, pero la asociación resulta difícil de evitar.

Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”

George Orwell

Novelas como 1984, Fahrenheit 451 o Brave New World parecen hoy menos lejanas. La vigilancia, la erosión de la privacidad, la desinformación y la concentración del conocimiento ya forman parte del presente. Nuestros datos se utilizan para anticipar qué compraremos, qué miraremos y qué nos mantendrá frente a una pantalla. Los algoritmos ni siquiera necesitan imponernos una ideología: a veces basta con lograr que no podamos dejar de discutir.

Porque una sociedad permanentemente confrontada y saturada de información es mucho más vulnerable que una sociedad en la que la comprensión, el pensamiento crítico y el debate libre sean valores fundamentales. Orwell nos avisó en 1984: “Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”.

George Orwell ya decía “Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”.
George Orwell ya decía “Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”. AP

Y ahí reside, para mí, el verdadero problema. No creo que mañana Anthropic se convierta en el Ministerio de la Verdad. Lo preocupante es algo mucho más difuso: que una cantidad creciente de personas empiece a recibir su conocimiento a través de unos pocos modelos capaces de resumir, seleccionar y jerarquizar cantidades inimaginables de información. Cuando una tecnología se convierte en intermediaria entre nosotros y el conocimiento, importa quién la construye, con qué materiales se entrena y qué decisiones determinan qué responde. La información deja de ser únicamente lo escrito. También es lo que el sistema decide mostrarnos.

La historia está mucho mejor cubierta por el Washington Post que por mí. Y, en cualquier caso, promover el terror no es el objetivo de este ensayo.

Porque después de mi pequeña crisis existencial provocada por Panamá, apareció una pregunta bastante más interesante: ¿y si estamos mirando únicamente la mitad oscura de esta transformación?

Cuanto más artificial se vuelve nuestro entorno, mayor parece ser nuestro deseo de recuperar aquello que consideramos auténticamente humano

Hay otra forma de interpretar esta revolución tecnológica. Tal vez estemos viviendo algo parecido a una segunda revolución industrial. Algunos trabajos desaparecerán, otros se transformarán y aparecerán profesiones que ahora mismo ni siquiera sabemos nombrar. La inteligencia artificial empieza a realizar tareas más rápido y más barato que nosotros, mientras que el arte también comienza a mancharse con producción sintética. De ahí, por cierto, la ironía de buscar desesperadamente textos anteriores a la explosión de la IA.

Pero esa misma contaminación está provocando un fenómeno mucho más extraño: cuanto más artificial se vuelve nuestro entorno, mayor parece ser nuestro deseo de recuperar aquello que consideramos auténticamente humano.

George Orwell, Séneca, Marco Aurelio, Nietzsche y William Morris, Hipatia de Alejandría y Hannah Arendt
George Orwell, Séneca, Marco Aurelio, Nietzsche y William Morris, Hipatia de Alejandría y Hannah Arendt Creado con ChatGPT

Y aquí aparece otra palabra que últimamente veo por todas partes: Renacimiento. En Instagram, Substack, conferencias, vídeos y ensayos empieza a circular la idea de que estamos entrando en un segundo Renacimiento. Una generación que vive rodeada de inteligencia artificial, crisis políticas, saturación digital y ansiedad cultural anuncia, con una seguridad bastante renacentista, que está a punto de inaugurar una nueva edad dorada.

La idea me intrigó lo suficiente como para coger Inventing the Renaissance: The myth of a golden age (Inventando el Renacimiento: El mito de una era dorada), de Ada Palmer. Y Palmer destruye, de entrada, la fantasía más cómoda: el Renacimiento nunca fue realmente esa edad dorada homogénea que imaginamos.

Su tesis, simplificada, es que el Renacimiento fue, en parte, una invención de los propios renacentistas. Una generación que atravesaba guerras, epidemias, crisis religiosas e inestabilidad política decidió presentarse a sí misma como el renacer de un mundo antiguo perdido. La edad de oro no fue simplemente descubierta siglos después por los historiadores: comenzó a fabricarse desde dentro.

Podemos burlarnos de ello, pero el resultado sigue siendo curioso: los jóvenes están leyendo

El mecanismo se repetiría una y otra vez. Cada época reutilizaría esa imagen del Renacimiento para proyectar sobre ella sus propias obsesiones: nacionalismo, progreso, modernidad, guerra fría.

Palmer lo resume con una imagen maravillosa: el Renacimiento fue algo parecido al Mago de Oz: grandioso y terrible, con la esperanza de que nadie mire demasiado detrás del telón. Porque aquella época que produjo tesoros dorados no tuvo por qué ser necesariamente una época dorada para vivir. Y eso cambia por completo la pregunta.

Últimamente en las redes aparece la palabra Renacimiento
Últimamente en las redes aparece la palabra Renacimiento Getty Images

Lo más probable es que ni la peste ni la imprenta causaron el Renacimiento. Fueron aceleradores. Si existe un origen, podríamos localizarlo en algo mucho más humano: una generación traumatizada que decidió recuperar un pasado y utilizarlo para imaginar un futuro distinto. Y ahí es donde nuestro presente empieza a resultarme extrañamente familiar.

BookTok, los clubs de lectura de celebridades y la nueva estetización de la cultura están llevando a muchísima gente joven a los libros. Leer vuelve a ser fotografiable, compartible, incluso aspiracional. La cultura, la intelectualidad y el conocimiento también han adquirido una estética. Podemos burlarnos de ello, pero el resultado sigue siendo curioso: los jóvenes están leyendo.

Y, sobre todo, están volviendo a los clásicos. Marco Aurelio reaparece como manual de autocontrol, La Odisea revive en TikTok, Spotify y el cine con Nolan, y los retellings feministas recuperan voces silenciadas de la mitología. Incluso la dark academia convierte bibliotecas, latín y literatura clásica en símbolos de autenticidad frente a un mundo cada vez más digital.

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Parecen surgir dos renacimientos paralelos: uno literario, a menudo femenino, que reescribe el canon, y otro filosófico, más masculinizado, que recupera a los estoicos y a Nietzsche como herramientas de disciplina e identidad. Ambos miran hacia atrás para responder al mismo desconcierto contemporáneo.

La reacción contra la inteligencia artificial apunta en la misma dirección. Huelgas, demandas por copyright y etiquetas como human authored sugieren una nueva economía del aura: cuanto más fácil es fabricar una obra, más importa saber quién la hizo. Durante la industrialización ocurrió algo parecido. William Morris reaccionó contra la producción mecánica recuperando el valor del oficio, la imperfección y la mano del artesano. Cuanto más perfecta sea la imitación de la máquina, más valiosa será su huella.

Huelgas, demandas por copyright y etiquetas como ‘human authored’ sugieren una nueva economía del aura

Quizá el arte real no desaparezca por culpa de la inteligencia artificial. Quizá esté empezando a redefinirse precisamente como un anticuerpo frente a ella.

Y por eso me gusta tanto la conclusión de Palmer. El Renacimiento no fue una edad dorada y, precisamente por eso, puede darnos esperanza. No la esperanza ingenua de pensar que los engranajes de la historia avanzan inevitablemente hacia el progreso, sino otra, mucho más exigente: la posibilidad de decidir qué hacer con el momento histórico que nos ha tocado.

Palmer termina su libro escribiendo: “We can aim for better than the Renaissance, which is what our Renaissance friends did too. Let’s try” (Podemos aspirar a algo mejor que el Renacimiento. Ellos también lo hicieron. Intentémoslo).

Hegel escribió sobre el arte que, como se origina en el espíritu, pertenece también al territorio del espíritu

Quizá, entonces, este ensayo sea menos una advertencia contra la inteligencia artificial que un grito dirigido a nosotros mismos. Un recordatorio de que todavía podemos fabricar nuestra propia estética antes de que alguien nos la entregue prefabricada. Leer aquello que no nos recomienda un algoritmo. Escribir cosas ineficientes. Pintar mal. Cambiar de opinión. Recuperar libros muertos. Aprender lenguas antiguas sin ninguna utilidad profesional. Hacer arte que conserve cicatrices, contradicciones, obsesiones y todos esos defectos que una máquina aprenderá a imitar pero que nosotros tuvimos que vivir.

Hegel escribió sobre el arte que, como se origina en el espíritu, pertenece también al territorio del espíritu. Es decir, el arte es la materialización sensible de algo interior. Algo que una máquina nunca podrá replicar. Y quizá ahí esté la batalla realmente interesante de los próximos años. No demostrar que una máquina es incapaz de producir belleza. Probablemente podrá. Sino decidir cuánto valor seguimos concediendo a que, detrás de esa belleza, haya habido alguien.

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