Por Daniel Vázquez Sallés — Portada

Daniel Vázquez Sallés

Daniel Vázquez Sallés

Riders on the storm

Opinión

11/10/2026 06:00 Actualizado 11/10/2026 06:55 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

El aguacero que cayó sobre el litoral catalán el pasado fin de semana fue de los que quedaran registrados en los almanaques digitales futuros. Calles inutilizadas, casas inundadas, ciudades paralizadas y ríos desbordados conformaron un paisaje en el que -y es de agradecer- la obediencia de gran parte de la ciudadanía fue de notable y el esfuerzo previsor de las autoridades mereció una nota que roza el excelente.

Pero como en la Galia imaginada por Uderzo y Goscinny, hubo un grupo de irreductibles ciudadanos que demostró el peor egoísmo que un ser humano es capaz de mostrar, característica distintiva de esta sociedad tan imbécil como acomodaticia a la que nos estamos dirigiendo.  Y a las imágenes me remito. Con la ciudad inundada, alguien, no sé quién, quizá un familiar nuestro o un vecino, tuvo la ocurrencia de pedir comida online para que un rider se la trajera montado en una moto o en una bicicleta. Y a las imágenes me remito. Por nuestras calles circularon repartidores cargados de pizzas, hamburguesas o de cualquier otro producto con el agua al nivel de las rodillas.

El acto de pedir comida online durante unos días meteorológicamente tan irascibles certifica que la esclavitud en esta sociedad atontada por las redes sociales no ha desaparecido. Cuando pones en peligro a un trabajador por un típico capricho de homo accommodatus, lo único que demuestras es que tu categoría moral está a la altura de tu inmoralidad. Me niego a creer que estos seres caprichosos, capaces de poner en peligro la vida de un trabajador, no tengan nada en la despensa o en la nevera que les sirva para sobrellevar un antojo en pleno aguacero. Un arroz hervido con un poco de aceite de oliva virgen sirve para aliviar el hambre, pero ciertos elementos de esta sociedad líquida no están dispuestos, o quizás no saben, poner un cazo a calentar. ¿Demasiado esfuerzo, quizás?

Un repartidor de comida cruza Barcelona en bicicleta bajo la tormenta
Un repartidor de comida cruza Barcelona en bicicleta bajo la tormenta EFE

Tampoco se salvaron del diluvio las empresas que dejaron que sus riders trabajaran en unas condiciones meteorológicas tan nefastas como las sucedidas el pasado fin de semana. Sospecho, que los sueldos que les pagan siguen siendo miseros y entre las condiciones laborales firmadas no está incluido el derecho a decir no pero, por lo menos, deberían cuidar la salud de unos asalariados a los que deben una parte importante de sus lujosos yates o piscinas azulinas. Como tampoco se salvaron del diluvio los restaurantes situados en la zona cero de la tormenta y que abrieron confiando en los pedidos online para salvar el día.

La pela es la pela.

A las 12.33 del 28 de abril de 2025, España sufrió lo que ya se conoce como “el gran apagón eléctrico”. La interrupción generalizada de suministro eléctrico nos pilló en babia y fueron muchos -incluido el que escribe esta crónica- a los que les faltaba lo fundamental para sobrevivir con solvencia en la oscuridad. Pasado el susto, aprendimos y llenamos la despensa de comida no necesitada de electricidad para ser digerida; compramos docenas de pilas para recargar las linternas; y los más previsores se compraron una radio portátil.

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Pero a diferencia del gran apagón, tanto los meteorólogos como los gobernantes nos advirtieron con suficiente antelación del temporal que estaba a punto de azotar nuestras costas como para tener tiempo y adelantarnos al caos llenando nuestras neveras de carne, pescado, hortalizas o fruta. Incluso, -¡ay ,ay, ay, los más perezosos!- para bajar a comprar un plato precocinado. Con la ventaja añadida de que, y a diferencia del gran apagón, el suministro eléctrico nos permitió seguir haciendo una vida más o menos normal, aunque con los dedos cruzados. Lamentablemente, hubo gente que perdió sus casas y, por el momento, el balance de víctimas mortales se puede contar con los dedos de una mano.

Los riders con el agua hasta las rodillas cargando una mierda de pizza para satisfacer la gula de un vago son la prueba fehaciente de lo enferma que está esta sociedad. Por suerte, ninguno de esos riders está entre los muertos causados por el aguacero, pero todo se andará. 

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