¿Quién no es un monstruo enamorado?
Por Antonio Lozano Sagrera — Portada

¿Quién no es un monstruo enamorado? 08/10/2026 18:38 Actualizado 08/10/2026 18:58 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Nada más lejos que la intención de este periodista que sugerir que la siempre rigurosa Academia Sueca –escándalos objetivos (abusos sexuales y apuestas ilegales) y subjetivos (premiar a Bob Dylan) a un lado– se haya visto influenciada en su último y atinado veredicto por la fiebre global por Homero a raíz de la espectacular adaptación cinematográfica de la Odisea. Solo resulta divertido pensar que la capacidad de arrastre del galardón hacia las librerías dará a las letras clásicas el segundo gran impulso del año, aunando a Anne Carson y Christopher Nolan como singular pareja de baile en tanto que médiums de esos ancestros que se empeñan en recordarnos que ellos ya destilaron la esencia humana y fijaron lo que es un buen relato miles de años atrás.
Leer a Anne Carson es una forma de apresar el eco y las lecciones de aquellas voces antiquísimas para comprobar cómo siguen resonando en nuestro presente
Sin embargo, leer a la autora canadiense no es lo mismo que leer los textos clásicos grecolatinos –aunque unos y otros sí estén aunados por argumentos esgrimidos por Mary Beard como invitación a los segundos, caso del desafío, la provocación y el autoanálisis–, y por descontado que no se aproxima a la experiencia de asistir a la proyección de un blockbuster rodado para IMAX –aunque los recitales de la poeta tienen sin duda un aire de lo más dramático–, sino que es una forma de apresar el eco y las lecciones de aquellas voces antiquísimas para comprobar cómo siguen resonando en nuestro presente, o expresado de otra forma, conectar la derrota ateniense en la batalla de Epipolai en el año 413 con alguna de nuestras derrotas cotidianas.

Sin embargo, la obra de Carson –un ser ecléctico, recordemos: artista plástica, traductora, docente…– trasciende en gran medida el hecho de ser un juego de espejos o una invocación moderna a Safo ( Eros dulce y amargo ), Catulo ( Nox ) o Estesícoro ( Autobiografía de Rojo ), y no sólo porque la paleta de autores con la que ha dialogado ha resultado muy amplia (Keats en La belleza del marido , Simone Weil en Decreación), sino porque su singularidad parte de elementos mucho menos explorados y conceptualmente mucho más radicales. A saber, un texto pensado y honesto, íntimo y profundo, no se adscribe a un solo género (es imposible dictaminar dónde empieza en ella la ensayista y acaba la poeta, al tiempo que el formato e incluso la materialidad de algunos de sus libros han servido para afianzar el mensaje de su interior), no teme llegar a la emoción por el intelecto ni al intelecto por la emoción, y sin la brisa recurrente del humor irónico la erudición no vale para nada.
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“Si supiera qué es la poesía no tendría necesidad de escribir. Es algo que busco a tientas en la oscuridad”, declaró en una ocasión, por eso su trayectoria ha supuesto una continua, experimental y lúdica exploración de cómo dar voz a lo más bello y lo más doloroso que configura nuestra existencia (amor, deseo, abandono, duelo, recuerdos…), o según lo formula en una de las múltiples preguntas que se lanzan en La belleza del marido : “¿Qué une realmente a las palabras con las cosas?”. Carson le cree inteligente, lector/a, conoce su infinita capacidad de amar y de desear, y si le concede una oportunidad –igual que probablemente se la diera a Nolan–, le puede contar, por ejemplo, una historia tan o más atractiva que la de Polifemo, y en la que no cabe descartar que se reconozca: la del gigante Gerión, un monstruo de tres cuerpos que perdió la cabeza por Hércules.
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