Maricarmen (no) se iba a morir igual
Por Isaac Rosa — eldiario.es – eldiario.es

Frente a los canallas que la desahuciaron, los canallas que se burlaron de ella y la humillaron, y los canallas que estos días intentarán desvincular su muerte del desahucio, hay que decir que Maricarmen no se iba a morir igual, no así. Se iba a morir en algún momento, sí, pero en su casa que seguiría siendo su casa, y sin pasar sus últimos días angustiada y nerviosa tras haber vivido un desahucio violento
Maricarmen ha muerto a los 87 años, y el dato de su edad y su condición de “anciana” aparecen destacados en los primeros titulares de cierta prensa para convencernos de que era una mujer muy mayor, y la gente de su edad ya se sabe que se muere con facilidad. Ha coincidido con que la acababan de desahuciar, pero se iba a morir igual, parecen decir los que subrayan su avanzada edad y recuerdan su salud ya delicada (no tanto: resistió varios intentos desahucios), como aquello que se insinuaba de los ancianos abandonados en las residencias madrileñas en la pandemia.
Mi vecina de muchos años, Isa, murió hace unos meses a los 90 años. No tenía ningún problema de salud (ser muy mayor no es una enfermedad), pero una noche se cayó de la cama y, aunque no tenía daño aparente, no volvió a ser la misma, fue perdiendo fuerzas y vitalidad, hasta morir semanas después. Así se muere la gente muy mayor, un pequeño accidente fortuito precipita una muerte que no se esperaba, no tan pronto: una caída de la cama, un golpe de calor, una infección o un desahucio con decenas de policías echando la puerta abajo y sacándote en camilla de tu casa de toda la vida. Le puede pasar a cualquiera.
Pues no: frente a quienes estos días intentarán desvincular su muerte del desahucio, hay que decir que Maricarmen no se iba a morir igual, no así. Se iba a morir en algún momento, sí, pero se iba a morir en su casa que seguiría siendo su casa, o en el hospital, pero con la tranquilidad de que todas sus cosas personales seguían en su casa y podrían ser recogidas sin prisa y con cariño por su familia. Se iba a morir sin pasar sus últimos días angustiada y nerviosa tras haber vivido un desahucio violento.
Maricarmen se iba a morir, pero no igual: se iba a morir sin haber visto y leído cómo la prensa carroñera, la peor tertulianada y ciertos políticos miserables se reían de su desgracia, la consideraban merecedora de su desahucio (“una caradura”, se dijo alegremente), la humillaban en público exponiendo su vida para encontrar manchas, buscando testimonios que la presentasen como mala vecina. Espero que su gente cercana le haya ahorrado en lo posible tanta mezquindad.
Maricarmen se iba a morir, pero no igual. Lo ha hecho convertida en mucho más que una mujer mayor que muere a los 87 años, incluso mucho más que una mujer desahuciada entre tantas: Maricarmen, sin buscarlo y seguramente a su pesar, es el símbolo de la lucha por la vivienda, la desencadenante de la mayor protesta ciudadana en muchos años, la justificación para medidas sociales de urgencia, y hasta la causante de un adelanto electoral, y quién sabe si un factor que condicione las elecciones y movilice electorado.
Maricarmen se iba a morir, pero no igual, su muerte no habría merecido atención pública, minutos de silencio, llamamientos a la lucha en su memoria, mensajes de homenaje, palabras de cariño (y pronto palabras miserables, no tardarán) y decenas de artículos de prensa, muchos de ellos no tan contenidos como este que escribo en shock, sobrecogido, pero mordiéndome la lengua para no decir lo que de verdad pienso, lo que estoy seguro de que muchos pensamos sobre los canallas que han hecho que Maricarmen se muera así. Descanse en paz.
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