Final de contrato
Por Gemma Ribas Maspoch — Portada

Final de contrato 06/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Vivimos en época de blancos y negros y parecemos empeñados en contar el problema de la vivienda como una historia de buenos y malos. Propietarios avariciosos contra inquilinos. Inquilinos aprovechados contra pequeños propietarios indefensos. Ocupas contra rentistas. Como si tuviéramos que elegir o estar necesariamente en un bando.
En el último año, tres amigos cercanos han estado sufriendo porque se acercaba el final de su contrato de alquiler. Tres personas pendientes, durante semanas, o meses, de saber si podrían seguir viviendo en su casa. Por suerte, los tres casos han terminado bien. Les han renovado el contrato y han podido quedarse. Buenos inquilinos, buenos propietarios.

Pero su sufrimiento no era paranoico. También conozco a personas que han tenido que irse de casa porque el propietario no les ha querido renovar el contrato o les ha planteado una subida de precio que no podían asumir. Gente que pagaba puntualmente, cuidaba el piso y no había tenido ningún conflicto con nadie y ha tenido que reorganizar su vida.
La crisis de vivienda que vivimos se expresa muy bien en el encogimiento de corazón que va ocupando el pecho de los inquilinos a medida que llega la hora de renovar el contrato. En este estar al albur de lo que decida el otro. De sus expectativas. De las oportunidades que ofrezca el mercado.
Ahora comprar un piso está quedando en las manos, solo, de los que más dinero tienen
Lo miro desde fuera después de haber pasado el umbral de la hipoteca. Durante muchos años viví de alquiler y defendía las ventajas de no depender de un banco. Pero ahora me siento más segura dependiendo de un banco que de un propietario. Tiene cierta ironía, porque los bancos no se han caracterizado por su filantropía ni yo por mi amor hacia ellos. Pero sé qué debo, cuánto pago y cuándo se acaba. Nadie me llamará dentro de cinco años para decirme que mi piso ahora vale mucho más y que, por tanto, tengo que pagar mucho más o irme.

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Gemma Ribas Maspoch
Siempre se ha dicho que comprar un piso era una buena inversión y ahora comprarlo está quedando en las manos, solo, de los que más dinero tienen. Mientras discutimos quiénes son los buenos y quiénes los malos, ocurre algo más importante: los que más dinero tienen, cada vez tienen más. Son muy pocos, pero pueden jugar con los precios de los pisos como quien juega al Monopoly. Porque no los necesitan para vivir. Porque para ellos son solo una inversión. Y moviendo fichas hacen subir los precios y tientan a los pequeños propietarios a dejar de alquilar a quienes sí quieren vivir allí. Y hacen que mucha gente no pueda acceder a ellos.
Y al final, la pregunta de siempre: Esta crisis, ¿quién tiene que pagarla?
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