José Antonio Rojas Nieto: Las controvertidas renovables: la tercera
Por José Antonio Rojas Nieto — La Jornada
Insistamos –en esta mi tercera nota que por error no había entregado– en que solar y eólica son indispensables para disminuir emisiones y reducir nuestra preocupante dependencia del gas natural vecino. Pero es preciso incorporarlas correctamente. Ello exige responder muy bien cuál es el costo real de su incorporación. Antes comparábamos tecnologías por su costo nivelado de electricidad (LCOE, por su siglas en inglés), inversión, financiamiento, operación y mantenimiento, evaluados por unidad producida. Incuestionable indicador. Pero hoy insuficiente. Y es que un megavatio-hora no vale siempre lo mismo. Importa cuándo y dónde se produzca y con qué servicios se acompaña. Y añade mi amigo Perogrullo: un megavatio-hora producido al mediodía en una zona con abundante generación, transmisión congestionada y demanda reducida no tiene el mismo “valor” que uno disponible a las ocho de la noche, cuando ya cayó el sol y la demanda sigue elevada. Tampoco producirlo junto al centro de consumo que a cientos de kilómetros. Es urgente repensar todo. Sí, todo en términos del costo global e integral al sistema. La evaluación de un parque solar, por ejemplo, no debería considerar solamente inversión, operación y mantenimiento. Debiera incorporar, cuando efectivamente lo requiera, interconexión, refuerzos de transmisión y distribución, reservas, regulación de frecuencia, control de voltaje, respaldo, almacenamiento, rampeo, congestión y eventuales vertimientos, tremendos por lo demás. Pero, ¡atención!, también deben reconocerse sus beneficios. Todos. Combustibles y emisiones evitados. Menor exposición a precios internacionales del gas natural. Posible capacidad en horas críticas. Servicios conexos mediante inversores avanzados y baterías. Disminución de pérdidas e incluso inversiones de red evitadas. Y esto, por cierto, también debe reconocerse a la generación distribuida. Evaluar costos adicionales con beneficios adicionales. ¿Y contra qué compararlos? No contra una central imaginaria. Contra la “alternativa real” que tendría que construirse u operarse si ese proyecto no existiera: ciclo combinado, almacenamiento, hidroeléctrica modernizada, gestión de demanda, transmisión o combinación de opciones. Costo monómico sistémico, especialistas dixit. Trasciende el indicador unitario de generación por planta. Se acerca al costo de electricidad confiablemente entregada al sistema, incorporando energía, potencia, servicios conexos, almacenamiento necesario, interconexión y refuerzos atribuibles de red. Con el descuento obligado de servicios y costos evitados. Parques solares con idéntico costo de generación en planta pueden tener valores sistémicos muy distintos, en virtud de la transmisión y la diferente demanda. Parques con los mismos paneles, detrás de una red congestionada y produciendo durante horas de excedentes, pueden valer muy distinto. Lo mismo se aplica en eólicas, ciclos combinados, hidroeléctricas, baterías, rebombeos y generación distribuida. La regla es pareja. Además, el costo de integración cambia conforme aumenta la penetración renovable. Poco a poco se va perdiendo la flexibilidad inicial. Y también poco a poco pueden requerirse más redes, almacenamiento, respuesta de demanda y recursos de estabilidad. Por eso no preguntamos simplemente cuántos megavatios renovables instalar, sino cuáles, dónde, cuándo y acompañados de qué infraestructura. Y surge el problema distributivo. ¿Quién paga los costos adicionales? ¿El proyecto que los provoca? ¿Los consumidores? ¿El Estado? ¿Y quién recibe los beneficios sistémicos? La regulación debe evitar dos errores: socializar costos atribuibles a un proyecto o cargarle costos de infraestructura y confiabilidad que benefician al sistema completo. México necesita muchísima generación renovable. Pero necesita renovables bien localizadas, bien interconectadas y acompañadas de la flexibilidad necesaria. No se trata de enfrentar renovables contra gas, hidroeléctricas o almacenamiento, sino de encontrar la combinación que entregue electricidad suficiente, confiable y limpia al menor costo sistémico posible durante las 8 mil 760 horas del año. Y 24 horas más en bisiesto. Esta es nuestra verdadera métrica de transición energética. Y también de justicia energética. De veras.
Fonte: La Jornada