La Groenlandia del desierto
Por Lluís Uría Massana — Portada

La Groenlandia del desierto
visión periférica
04/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
En Yibuti no hay nada. O prácticamente nada. Carente de recursos naturales de relevancia, el agua dulce es allí un bien tan preciado como escaso. Todo es desierto y más desierto. Lo único que tiene Yibuti –un pequeño país de 23.200 km2 y 1,2 millones de habitantes en el Cuerno de África– es su clave posición geográfica, a la entrada del estrecho de Bab el Mandeb, un paso de no más de 36 kilómetros de ancho que une el golfo de Adén –en el Índico– con el mar Rojo y el canal de Suez.
Por aquí transita una cuarta parte del tráfico marítimo mundial. Y si ya de por sí es una ruta comercial crucial, para algunos países de la zona, como Arabia Saudí, se ha convertido en la principal vía de escape para sortear el bloqueo del estrecho de Ormuz por la guerra entre Estados Unidos e Irán. Riad vehicula sus exportaciones de petróleo hacia el mar Rojo por el oleoducto Este-Oeste y el puerto de Yanbu, hostigados ahora por los rebeldes hutíes del Yemen, aliados de Irán y enemigos de los saudíes (que apoyan al Gobierno yemení)
EE.UU. intentó frenar, sin éxito, la apertura en el 2017 de una base china con 2.000 efectivos
Si la apertura de nuevas rutas de navegación por el Ártico por el cambio climático y el deshielo ha acrecentado el papel geoestratégico de Groenlandia y ha despertado muchos apetitos –entre otros, el de EE.UU., que ha forzado un acuerdo para abrir dos nuevas bases militares en la isla–, un papel similar tiene Yibuti en el Cuerno de África. De hecho, es prácticamente el único valor que ha podido explotar: el interés de potencias extranjeras por instalar en el enclave bases militares para sus operaciones en Oriente Medio y África (negocio que reporta a Yibuti entre 200 y 300 millones de euros anuales en concepto de rentas)
Cinco países tienen hoy bases militares en Yibuti. Las más importantes pertenecen a Estados Unidos, China y Francia, mientras que los otros dos –Italia y Japón– mantienen destacamentos militares menores. Todos ellos han encontrado en este pequeño país un oasis de estabilidad, gobernado sin concesiones por el régimen autoritario del presidente Ismail Omar Guelleh. Desde aquí se han dirigido y realizado las operaciones internacionales contra los piratas que atacaban a los cargueros desde la costa de Somalia.

La particular coexistencia de países rivales en un espacio tan reducido llama la atención. De hecho, Washington intentó –sin éxito– frenar en su momento la instalación de los chinos, que lograron incorporar a Yibuti a su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda (La Franja y la Ruta). Excluidos –ellos sí–, los rusos buscaron otro emplazamiento en Sudán, pero el proyecto de abrir allí una base militar está en suspenso por la inestabilidad en el país.
Francia es quien lleva más tiempo presente en Yibuti, no en vano ocupó el país como potencia colonial instalando un protectorado –la llamada Somalia francesa– en la segunda mitad del siglo XIX. Tras una tardía independencia en 1977, la nueva república firmó acuerdos de defensa –el último data del 2024–por los cuales la antigua metrópoli ha podido mantener una fuerte presencia militar. Los franceses tienen hoy desplegados, en varias instalaciones, unos 1.500 militares, con dotaciones terrestres, aéreas y navales.
Los EE.UU. llegaron bastante más tarde, en el 2001, a raíz de los atentados del 11-S, pero son quienes tienen la fuerza más importante: unos 4.000 soldados. Instalados en la antigua base de la Legión francesa de Camp Lemonnier –nombre en recuerdo del general Émile Lemonnier, decapitado por los japoneses en Tonkín en 1945–, los norteamericanos cuentan con infantería de marina, fuerzas navales y aéreas, así como una estación de drones.
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En el 2011 se sumó una base japonesa (con unos 200 militares) y en el 2013 otra italiana (con 300 efectivos). El último en llegar –a lo grande– ha sido China, que inauguró su base en el 2017 junto al nuevo puerto de Doraleh. Se calcula que el ejército popular tiene desplegados a unos 2.000 militares. Recientemente, el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington (CSIS) detectó –a través de imágenes de satélites comerciales– un aumento de sus equipamientos en telecomunicaciones.
La guerra civil en Yemen y el enfrentamiento entre los rebeldes hutíes y Arabia Saudí no se ha traducido hasta el momento en un bloqueo del estrecho de Bab el Mandeb. Por ahora, los hutíes –que tomaron hace poco el puerto de Moca y varias islas en el Mar Rojo– se han limitado a atacar las infraestructuras y los petroleros saudíes, exclusivamente, sin afectar a nadie más. De ahí que EE.UU. se haya abstenido, por el momento, de acudir en socorro de Riad pese a las peticiones de su aliado. Quien sí se ha movido es Francia, que ha anunciado el próximo envío de refuerzos militares para proteger la terminal petrolera saudí de Yanbu.
Arabia Saudí ha pedido formalmente la asistencia de Turquía y Pakistán, países con los que firmó un acuerdo tripartito de defensa conjunta el pasado mes de agosto. De producirse esta intervención, los hutíes podrían estar tentados de tratar de bloquear por completo Bab el Mandeb y extender el conflicto. En ese caso, Yibuti se encontraría en el centro del huracán.

Lluís Uría
Subdirector de La Vanguardia, especializado en política internacional. Excorresponsal en París (2005-14), ha dirigido las secciones de Internacional, Política y Vivir. Autor de “Por qué amamos a los franceses (pese a todo)” (Diëresis, 2024)
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