Por Salvador Enguix Oliver — Portada

Salvador Enguix Oliver

Salvador Enguix

Periodista

El diluvio de Laura

Relato de Otoño

03/10/2026 05:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Laura mira el cielo desde la ventana del salón y reconoce el tono. No es el gris uniforme de los días tristes de invierno, ni el gris sucio de la contaminación. Es ese gris que empieza siendo suave, casi inocente, y que en cuestión de horas se espesa, se ennegrece, se convierte en una losa que pesa sobre la ciudad. Lo conoce bien. Lo lleva reconociendo desde que era niña, desde aquel otoño en que el agua se llevó medio pueblo y la mitad de su infancia.

Efectos de las lluvias torrenciales en València 
Efectos de las lluvias torrenciales en València  Ana Escobar / EFE

El móvil vibra sobre la mesa. Es una alerta roja. Otra vez. Laura no necesita leerla para saber lo que dice. “Lluvias torrenciales. Eviten desplazamientos. No salgan de casa”. La misma cantinela de siempre, la misma que escuchó su madre por la radio cuando las emisoras aún hablaban de “gota fría” y nadie había inventado todavía la palabra dana. La misma que ahora le llega en forma de notificación y que le pone el estómago del revés. La misma que llegó tarde, muy tarde, en los episodios del 29 de octubre de 2024, cuando murieron 233 personas. 

Su hija le ha escrito esta mañana desde Madrid. “Mamá, he visto que hay alerta en Valencia. ¿Estás bien?”. Laura ha respondido que sí, que no se preocupe, que está en un cuarto piso y que aquí no llega el agua. Pero no es verdad del todo. El agua no llega, es cierto. El agua se queda abajo, en la calle, en el parque, en los bajos de los edificios, en los garajes. Pero el miedo sí llega. El miedo sube por las paredes, se cuela por las rendijas de las ventanas, se sienta a su lado en el sofá y le susurra al oído que no baje, que no abra, que no se fíe.

Laura tenía siete años cuando ocurrió. Vivía en Carcaixent, en una casa de planta baja con un patio interior donde sus padres colgaban la ropa y guardaban las herramientas. Aquel día llovía como nunca había visto llover. Su madre, profesora de instituto, había vuelto antes de lo habitual porque las clases se habían suspendido. Su padre había llegado poco después, empapado, con el coche calado a dos calles de casa. Y luego vino el ruido. Un rugido sordo, lejano primero, cercano después, como si un tren de mercancías se acercara a toda velocidad por el cauce del río.

La presa de Tous se había roto. Nadie lo sabía todavía, pero el agua ya bajaba por la comarca arrasando todo lo que encontraba. La casa de Laura se inundó en menos de una hora. Primero el agua llegó a los tobillos, luego a las rodillas, luego a la cintura. Su padre, con el pantalón remangado y el agua hasta el ombligo, empezó a sacar cosas. Los papeles del negocio, las escrituras, el reloj de su abuelo, las fotos de la boda. Su madre le pasaba objetos desde lo alto de la escalera y él los colocaba en el hueco de la ventana, en el alféizar, en cualquier sitio que estuviera por encima del nivel del agua. Laura lo miraba todo desde el rellano, agarrada a la barandilla, sin entender muy bien qué estaba pasando, pero sabiendo que era grave. Su padre no lloraba nunca. Aquel día tampoco lloró, pero tenía la cara de quien está haciendo un esfuerzo enorme por no derrumbarse.

Cuando el agua empezó a bajar, horas después, la casa olía a barro y a humedad. Las paredes tenían una marca oscura que llegaba hasta la altura de la cintura de su padre. Los muebles estaban perdidos. La nevera flotaba en la cocina. Y su madre, sentada en el suelo del pasillo, con un libro en las manos, le dijo: “Cariño, cuando tengas miedo, lee. Lee todo lo que puedas. Las palabras no se mojan”.

Laura no entendió aquello hasta mucho después. Pero lo cierto es que, desde entonces, cada vez que el cielo se ponía negro y las alertas empezaban a sonar, ella buscaba un libro. Al principio eran los de su madre, aquellos volúmenes gastados de la biblioteca del instituto, con las páginas amarillentas y las esquinas dobladas. Luego fueron los suyos, los que fue comprando en librerías de viejo, los que le regalaban por su cumpleaños, los que encontraba en las cajas de la mudanza. Y así, gota fría tras gota fría, dana tras dana, Laura fue leyendo. Leyó La colmena mientras el agua cubría el parque frente a su casa. Leyó Cien años de soledad mientras el viento arrancaba las ramas de los árboles. Leyó La sombra del viento mientras la lluvia golpeaba los cristales con una furia que parecía personal. Y no sabía por qué, pero aquellos libros se le quedaron grabados con una nitidez que no tenían otros. Como si el miedo los hubiera fijado en su memoria con alfileres.

Ahora su hija no está. Se fue a Madrid hace dos años para hacer un máster y desde entonces la casa se ha quedado más silenciosa, más grande, más vacía. Laura la echa de menos, claro. Pero también agradece que no esté aquí cuando llegan estas noches. No quiere que herede el miedo. No quiere que mire al cielo como lo mira ella, buscando señales, anticipando lo peor. Aunque, pensándolo bien, quizá ya lo ha heredado. Quizá el miedo se transmite como se transmiten los ojos o la forma de reírse. Quizá su hija, en Madrid, también mira las nubes y siente ese cosquilleo en el estómago que no se va con nada.

La lluvia empieza de repente, como siempre. No hay una transición suave, no hay unos minutos de lluvia fina que te permitan acostumbrarte. No. De pronto el cielo se rompe y cae toda el agua del mundo. Laura se acerca a la ventana y mira el parque. En menos de diez minutos, el césped se ha convertido en una laguna. Las aceras desaparecen. Los coches aparcados parecen barcos encallados. Y ella, desde su cuarta planta, observa todo con una mezcla de fascinación y terror que no sabe explicar. Sabe que está a salvo. Sabe que el agua no va a subir hasta aquí. Pero no puede dejar de mirar. No puede dejar de imaginar a su padre, con el agua hasta la cintura, sacando cosas de la casa. No puede dejar de sentir que, en cualquier momento, el suelo va a temblar y todo se va a venir abajo.

Entonces hace lo que siempre hace. Va al salón, coge un libro de la estantería —hoy le toca a Pedro Páramo, que lleva años esperando— y se sienta en el sofá, junto a la lámpara, con una manta sobre las piernas. Abre por la primera página y empieza a leer. Al principio le cuesta concentrarse. Las palabras se le escapan, la mente se le va a la calle, al agua, al ruido. Pero insiste. Sigue leyendo. Y poco a poco, la voz de Juan Rulfo empieza a sonar más fuerte que la lluvia. La historia de Comala se impone a la historia de Valencia. Los muertos de Rulfo hablan más alto que los fantasmas de su memoria. Y Laura lee, y lee, y lee, cada vez más rápido, como si las páginas fueran un refugio, como si cada frase fuera un ladrillo que la protege del diluvio.

La luz parpadea un par de veces, pero no se va. Eso es una suerte. Cuando se va la luz, todo es peor. Cuando se va la luz, Laura se queda a oscuras, con el ruido del agua y sus propios pensamientos, y entonces sí que no hay escapatoria. Pero hoy hay suerte. Hoy puede seguir leyendo. Hoy las palabras la sostienen.

Pasan las horas. La lluvia amaina. Primero deja de golpear los cristales con esa furia, luego se convierte en un repiqueteo suave, casi agradable. Laura levanta la vista del libro y mira por la ventana. El parque sigue inundado, pero el cielo empieza a clarear. Hay una luz extraña, dorada, que se cuela entre las nubes y hace brillar los charcos. Es el momento que siempre espera. El momento en que la tormenta se va y todo queda en silencio, como si el mundo contuviera la respiración.

Porque quizá vuelva a haber otra alerta, otra dana, otra noche de lluvia y de miedo. Pero también habrá otro libro. Y otra calma después. Y, mientras tanto, Laura seguirá leyendo.

Cierra el libro, se levanta y va al recibidor. Allí están sus botas de agua, unas botas verdes que compró hace años y que solo usa en estas ocasiones. Se las pone, se coge el abrigo y baja las escaleras. El aire huele a tierra mojada, a hierba, a limpio. La calle está vacía, pero no da miedo. Está en calma. Los charcos reflejan los faroles y las ramas de los árboles. Laura camina despacio, sintiendo el agua bajo las botas, escuchando el silencio. Piensa en su padre, en su madre, en su hija. Piensa en todas las veces que ha tenido miedo y en todas las veces que ha conseguido superarlo. Piensa que no hay placer más intenso que este: la calma después de la tormenta, el aire húmedo en la cara, la certeza de que sigue viva.

Y sonríe. Porque mañana, quizá, vuelva a mirar el cielo y vuelva a sentir ese cosquilleo en el estómago. Porque quizá vuelva a haber otra alerta, otra dana, otra noche de lluvia y de miedo. Pero también habrá otro libro. Y otra calma después. Y, mientras tanto, Laura seguirá leyendo.

Salvador Enguix Oliver

Salvador Enguix

Periodista

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Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991

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