Trump, Venezuela y el fin de la contradicción
Por Yanina Welp — Portada

Politóloga especializada en democracia
Trump, Venezuela y el fin de la contradicción 30/09/2026 06:00 Actualizado 30/09/2026 07:07 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
La política es acción y contradicción. La política exterior de Estados Unidos es exuberante en demostrarlo pero es la norma y no la excepción. Por ejemplo, Lula da Silva ha criticado con dureza la intervención norteamericana en Venezuela y se ha expresado a favor de una convocatoria a elecciones. Sin embargo, hubo un proceso electoral en 2024 y el resultado fue amañado. El conflicto escaló y Lula intentó mediar pero no consiguió ni que se mostraran las actas electorales. Son tensiones y límites constitutivos de la política, ¿ha cambiado algo con Trump o es sólo una cuestión de intensidad?
Hasta la década del setenta, la política exterior de los Estados Unidos estuvo dominada por la lucha contra el comunismo. Lo ilustra la intervención en el derrocamiento de democracias en Guatemala (1954) y Chile (1973). En 1977, la administración Carter dio un viraje incorporando la promoción de la democracia en la agenda, aunque con matices, ya que no tuvo reparos en mantener relaciones con la dictadura argentina.

Una década más tarde, Reagan profundizó esa agenda. A la vez, el país mantuvo relaciones cordiales selectivas con dictaduras en Centroamérica y Asia. En diciembre de 1989 se produjo un hito en esta política cuando George H. W. Bush autorizó Operación Causa Justa que los panameños llaman a secas “la invasión”. En esta operación se derrocó a Manuel Antonio Noriega y fueron asesinadas decenas de personas. Las razones: el fraude electoral cometido por la dictadura, las vinculaciones de Noriega con el narcotráfico y la protección de ciudadanos norteamericanos y del estratégico canal de Panamá.
En los corredores de la Casa Blanca había debate. A favor, unos decían que había que promover la democracia porque favorece el desarrollo económico y la seguridad internacional, dado quelas democracias estables tienden a ser más prósperas y pacíficas. Quienes estaban en contra priorizaban los intereses de Estados Unidos y afirmaban que impulsar transiciones podía generar lo opuesto y mayor incertidumbre. La catastrófica experiencia en Afganistán inclinó la balanza a favor de estos últimos.
Con su regreso al Capitolio, Trump eliminó la necesidad de gestionar la contradicción: America first –y podríamos agregar– and the only. La intervención en Venezuela lo demuestra. Por orden de Donald Trump, Nicolás Maduro – capturado en una acción militar sin precedentes– está preso en Nueva York. Desde Washington se avaló un cambio de mandos sin transición y se “negocian” acuerdos en minería y petróleo. Delcy Rodríguez ocupa la presidencia tras una forzada interpretación de la Constitución. Anunció que convocará elecciones cuando el país esté preparado. Trump no lo ve: “They’re not really ready for them yet, but boy, a lot of progress has been made. Delcy’s been doing a fantastic job” (ellos no están preparados todavía, pero chico, se ha hecho un montón de progreso. Delcy está haciendo un trabajo fantástico). Queda una pregunta abierta y nada retórica: ¿Qué consecuencias tiene para la paz, la estabilidad y el futuro de la democracia que una potencia solo actúe en función de sus intereses estratégicos y no sienta siquiera la necesidad de justificarlos ante el mundo?
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