Por Jaume Masdeu Burch — Portada

Contenido solo para suscriptores El motor francoalemán está kaputt

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Dos líderes con problemas, el presidente francés, Emmanuel Macron, y el canciller alemán, Friedrich Merz 

Dos líderes con problemas, el presidente francés, Emmanuel Macron, y el canciller alemán, Friedrich Merz 

Simon Wohlfahrt / Bloomberg

Jaume Masdeu Burch

Jaume Masdeu

Madrid

28/09/2026 06:00 Actualizado 28/09/2026 06:37 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Durante décadas, en la Unión Europea se ha cumplido la máxima de Orwell de que todos son iguales, pero algunos son más iguales que otros. Y los dos más iguales eran y siguen siendo Francia y Alemania. El motor francoalemán le llamaban, porque era el que arrancaba el OPNI (Objeto Político No Identificado, como bautizó en su época Jacques Delors a la Unión Europea), lo aceleraba e incluso lo frenaba cuando venían curvas. En aquellos tiempos no era un motor eléctrico, sino de combustión y con algunos efectos contaminantes, pero lo que es tirar, tiraba del invento europeo. Se comentaba que en la UE algo se podía hacer sin la pareja francoalemana, pero nada con el dúo en contra.

Y sí, ahora siguen siendo estos dos países los que marcan el camino, pero igual que la Unión Europea, atraviesan graves crisis. Crisis casi existenciales, con una Europa preguntándose qué quiere ser de mayor; y crisis más urgentes, intentando adaptarse a un nuevo mundo en el que ellos, los que representan al multilateralismo, se sienten más perdidos y débiles que nunca.

Falla la economía, decepcionan los líderes y se pierden los valores. La relación París-Berlín aguanta, pero con síntomas de pérdida de sintonía. Por el lado económico, Francia lleva una trayectoria decepcionante que la ha situado con una deuda disparada que puede alcanzar el 119% este año, una de las más elevadas de la zona euro, un crecimiento anémico del 0,4% y las agencias de rating rebajando su calificación. “Tradicionalmente, Francia era la locomotora de Europa. Ahora es el vagón de cola”, dijo en octubre del año pasado François Villeroy de Galhau, entonces gobernador del Banco de Francia. Y desde entonces, las cosas no han mejorado. Ahora su primer ministro Sébastien Lecornu, el cuarto en el puesto en solo tres años, intenta aprobar un presupuesto con recortes de 54.000 millones sin apoyo asegurado y con temores del regreso de las protestas de los “chalecos amarillos” por la subida de los carburantes.

Francia, con la deuda disparada y temor de que regresen los “chalecos amarillos” y Alemania, con un canciller que va de derrota en derrota

La etapa final de Emmanuel Macron en el Elíseo va de mal en peor, con una extrema derecha favorita para llegar a la presidencia de la República en las elecciones de la próxima primavera. Significativa fue la retirada del gobernador del Banco de Francia un año antes de la expiración del mandato, lo que facilitó al actual Gobierno nombrar a su sucesor; y significativa es también la posibilidad de que la presidenta del BCE, Christine Lagarde, también abra la puerta a dejar el cargo antes de terminar el mandato. Algunos apuntan a que esto permitiría asegurar que a su sustituto lo nombren Macron y Merz, y no correr el riesgo de dejar que en esta decisión participe Marine Le Pen.

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En Alemania, la economía también está kaputt. No ha caído al nivel de la francesa, pero paga sus errores geoestratégicos, su dependencia del gas ruso y está rendida ante la competencia china. La industria del automóvil sirve de ejemplo con Volkswagen en plena crisis, con reestructuración y recortes en marcha y perspectivas inciertas. Es cierto que ha dejado atrás el estancamiento económico y que las últimas previsiones de la OCDE han mejorado los cálculos y apuntan a un crecimiento este año del 1%. Un crecimiento impulsado por el gasto público y por la esperada inversión en defensa que ha llevado a Berlín a romper uno de sus tabúes, levantar parcialmente el tope al endeudamiento establecido en la Constitución.

En el terreno político, la crisis es absoluta en Alemania. La ultraderecha ganando en dos landers, los de Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Dos landers pequeños, el primero de poco más de dos millones de habitantes y el segundo de 1,6 millones, pero lo importante es el movimiento de fondo, que parece imparable, de subida de la AfD y de sustitución de la CDU. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, el partido de Merz se quedó fuera del parlamento al no llegar al mínimo exigido. “Es un desastre”, tuvo que reconocer el canciller, que se resiste a las presiones internas de su partido para retirarse.

La imagen de la reconciliación que tan bien representaron François Mitterrand y Helmut Kohl, aquí el 1984 en Verdún. MARCEL MOCHET
La imagen de la reconciliación que tan bien representaron François Mitterrand y Helmut Kohl, aquí el 1984 en Verdún. MARCEL MOCHET AFP

Conclusión, con un estado del bienestar que no responde a las expectativas, una población insatisfecha y calando el sentimiento anti-establishment, en estos dos países a la democracia le cuesta encontrar fórmulas emocionales capaces de competir con los fascistas y su flauta de Hamelin. Una metáfora, la del flautista, formulada en 1937 por el político alemán exiliado Karl Loewenstein, que esta semana recordaba Timothy Garton Ash, en referencia a la melodía que tocan de maravilla la AfD y el Reagrupamiento Nacional para atraer a los electores a una cueva oscura que, en esta ocasión, no tendrá nada de mágica.

La relación entre el presidente francés y el canciller alemán de turno siempre ha marcado el tono en una Unión Europea en la que ellos son los que más mandan. Relaciones que algunas veces fueron excelentes, como las de Mitterrand-Kohl, que simbolizaron la reconciliación entre los dos países y que, ayudados por su larga permanencia al frente de sus respectivos países, cimentaron una relación sólida con una actuación común en el ámbito europeo.

Después, las parejas de baile han ido variando con relaciones de tono distinto, pero siempre manteniendo un mínimo común denominador positivo. También, a lo largo de los años, ha ido cambiando el peso de cada uno, con el rol de Francia empequeñeciéndose y el de Alemania agigantándose. Aquí, la economía manda, y el potente motor alemán va sacando distancia a su colega francés.

A la democracia le cuesta encontrar fórmulas emocionales para competir con los fascistas y su flauta de Hamelin

En las grandes decisiones son ellos dos los que cuentan. Por ejemplo, el plan de recuperación europeo para hacer frente a la pandemia solo empezó a tomar cuerpo después de que Macron y Merkel le dieran su visto bueno. A partir de ese momento, la Comisión Europea se movilizó. Tenía luz verde. Sin embargo, las desavenencias también les salpican. Sirva como muestra la renuncia de Alemania y Francia de construir juntas un avión de combate de nueva generación. El fiasco llevaba meses fraguándose, no tanto por falta de voluntad de los políticos, sino por condiciones insalvables de las respectivas industrias, y se concretó en junio de este año, mandando un mensaje muy negativo. En plena profusión de proclamas para potenciar la defensa europea y la autonomía estratégica, los dos grandes reconocían su incapacidad para llevar a la práctica uno de los proyectos concretos que avalaría su mensaje.

Ahora, Macron vive sus últimos meses de presidente sin conseguir dejar un legado en mínimas condiciones en una Francia extremadamente polarizada donde el centro se deshace y los extremos sobresalen. Merz va de derrota en derrota, con dificultades para entenderse con los socialdemócratas y, peor todavía, con la extrema derecha comiéndosele el terreno en los mensajes y los votos.

Lo cierto es que, durante muchos años, convivir bajo el motor francoalemán podía ser exigente, pero era rentable. Ahora, en una Unión Europea en pleno desconcierto, convendría que los dos grandes marcaran el terreno, pero no están posicionados para conseguirlo.

Jaume Masdeu Burch

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Redactor jefe de la sección de Economía de La Vanguardia

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