Ponle mi nombre: de las obsesiones de Trump al dictador que rebautizó el pan para llamarlo como su mamá

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Por Carlos Hernández-Echevarría — Portada

Ponle mi nombre: de las obsesiones de Trump al dictador que rebautizó el pan para llamarlo como su mamá

Grandes egos

La pulsión del presidente estadounidense de imponer su nombre a cualquier cosa nos recuerda que en la historia ha habido casos tan o más desmesurados

Donald Trump, el pasado 21 de septiembre

Donald Trump, el pasado 21 de septiembre

Julia Demaree Nikhinson / Ap-LaPresse

Carlos Hernández-Echevarría

27/09/2026 06:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Trump todavía no ha rebautizado con su nombre el mes de enero ni le ha puesto su apellido al pico más alto del país, como hicieron Niyazov en Turkmenistán y Trujillo en la República Dominicana. Sí, es cierto que ha amenazado con dejar que se derrumbe el Kennedy Center, uno de los templos de la cultura estadounidense, porque los jueces le han obligado a quitar su nombre de la fachada, pero aún no ha publicado su propia versión del padrenuestro con él de protagonista, como hizo Duvalier en Haití. Siempre hay margen de mejora.

Obsesión por ponerle su nombre a cosas no le falta: como empresario, le colocó el “Trump” a edificios, solomillos, gafas de sol, corbatas…, pero es todavía un mero aficionado si lo comparamos con la Champions League del culto a la personalidad. La “Universidad Trump”, por ejemplo, tuvo que cerrar y pagarle 20 millones de euros a los estudiantes que se sentían estafados, mientras que en la Universidad Kim Il Sung de Pyongyang no hacerle una reverencia a la estatua del líder que hay en la biblioteca puede meterte en serios problemas.

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Madres orgullosas y buenos caballos

El irresistible deseo de dejar tu nombre para la historia es muy antiguo. Según Plutarco, Alejandro Magno fundó “más de setenta ciudades” durante sus conquistas, aunque hoy se cree que probablemente fueron muchas menos. Al menos doce llevaron su nombre, Alejandría, que hoy estarían en ocho países diferentes. La más conocida es todavía la Alejandría egipcia, con sus 5,5 millones de habitantes. Está como mínimo a 4.000 kilómetros al oeste de Alejandría Nicea, de la que no se conoce siquiera la ubicación exacta, pero que quedaría en el actual Pakistán.

No muy lejos de esa estaría Alejandría Bucéfala, a la que el rey macedonio llamó así en honor a su amado caballo, que murió en una batalla cerca de allí. Arrancó de esa manera una bonita tradición que dura hasta nuestros días: la de los líderes históricos que no solo se glorifican a sí mismos, sino también a sus seres queridos.

Alejandro Magno montando a su caballo Bucéfalo
Alejandro Magno montando a su caballo Bucéfalo Dominio público

Ya en 2002, el dictador de Turkmenistán le cambió oficialmente el nombre al pan para ponerle el de su madre, Gurbansoltan, a la que también honró con el mes de abril y con una ciudad de 35.000 habitantes. Ella no pudo ver nada de esto porque había muerto de forma trágica mucho antes de que su hijo llegara al poder, aunque probablemente estaría de acuerdo en que era un regalo con más entidad que el que Trujillo le hizo a su madre: apenas le puso su nombre a una provincia de la República Dominicana; nada de alimentos.

Odio y ego

El ascenso de los totalitarismos durante los años cuarenta y cincuenta del siglo XX fue campo abonado para el culto a la personalidad y, por tanto, para los mayores excesos de “nominación”. Stalin acumulaba ciudades por toda la Unión Soviética, desde Stalingrado, en el suroeste, hasta Stalinsk, en Siberia, pasando por Staliniri, Stalino y Stalinabad. Ninguna de ellas mantuvo el nombre más allá de 1961, cuando el mundo ya conocía la magnitud de los crímenes del antiguo líder.

De cualquier forma, en la URSS el baile toponímico venía de antes: sumando los cambios de nombre que impulsaron los comunistas por motivos políticos al llegar al poder y los que se dieron a causa de sus subsiguientes purgas, se calcula que entre 1917 y 1974 la mitad de los 700.000 topónimos del país sufrieron alguna alteración. ¿Y puede que haya más? En 2019 un pueblo de reciente creación en Siberia decidió que todas sus 25 calles llevaran el nombre de Stalin.

Hitler daba nombre a multitud de calles y plazas en Alemania, mientras que en Italia existieron al menos dos Mussolinias. Esas cifras quedan muy lejos del éxito toponímico de Franco, que, en 1958, vio cómo su Instituto Nacional de Colonización creaba 14 pueblos con la coletilla “del Caudillo” o “de Franco”, e incluso un Villafranco. Se unían, así, al municipio natal del dictador, que ya se llamaba Ferrol del Caudillo y a Barbate de Franco. De todos estos, solo Llanos del Caudillo (Ciudad Real) y alguna entidad menor sin rango de ayuntamiento mantienen el homenaje, a pesar de la Ley de Memoria Histórica.

Una flor mejor que una calle

Todo buen dictador que se precie tiene una plaza a su nombre y, como hemos visto, muchos tienen también un pueblo. También son comunes los aeropuertos, las universidades, los hospitales, como la Ciudad Sanitaria Francisco Franco, u obras de infraestructura como el puente Salazar de Lisboa. Luego está el dominicano Rafael Leónidas Trujillo, que parece haberle puesto su nombre a todo: a la capital, a una provincia, a una montaña… Eso es, por así decirlo, el nivel de usuario. Los ha habido más creativos.

Rafael Leónidas Trujillo gobernó con puño de hierro la República Dominicana durante 31 años
Rafael Leónidas Trujillo gobernó con puño de hierro la República Dominicana durante 31 años Terceros

El norcoreano Kim Jong Un parece que prefiere de momento no tener su propia flor, rompiendo la tradición familiar que incluye a su abuelo con la kimilsungia, una orquídea, y a su padre con la kimjongilia, una begonia. Trump no pierde oportunidad de decir que tiene “una gran relación” con Kim y que este le manda “cartas de amor”. Quizá se puede inspirar en el norcoreano y barajar la idea de que cada estadounidense esté obligado a tener su retrato en casa.

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