Paul Dirac, el hombre de la ecuación antimateria
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Paul Dirac, el hombre de la ecuación antimateria
La Mirada del Lector
Supo describir simultáneamente el comportamiento cuántico y relativista de partículas como el electrón

Paul Adrien Maurice Dirac, en 1933.
Dominio Público
Juan Miguel Ibáñez de Aldecoa Quintana
Madrid
26/09/2026 06:00 Síguenos en Google
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Paul Adrien Maurice Dirac (1902-1984) fue uno de los físicos teóricos que cambiaron para siempre nuestra manera de entender la naturaleza. Nacido en Bristol, estudió ingeniería eléctrica y matemáticas antes de incorporarse a la Universidad de Cambridge, donde se convirtió en una de las figuras centrales de la revolución cuántica.
Era extraordinariamente reservado, hablaba poco y tenía una relación casi mística con las matemáticas. Graham Farmelo tituló su biografía The Strangest Man, “el hombre más extraño”, una descripción que captura tanto su personalidad como la originalidad de su pensamiento.
A finales de los años veinte existía un problema fundamental en física. La mecánica cuántica había permitido describir con enorme precisión el comportamiento de los átomos y de las partículas microscópicas, mientras que la relatividad especial de Albert Einstein describía correctamente el espacio, el tiempo, la energía y el movimiento cuando las velocidades se aproximaban a la velocidad de la luz.
Sin embargo, ambas teorías todavía no estaban integradas en una única descripción satisfactoria. La ecuación de Schrödinger, fundamental para la mecánica cuántica, no era compatible de forma completa con los principios de la relatividad especial. Hacía falta encontrar una nueva ecuación que permitiera describir simultáneamente el comportamiento cuántico y relativista de partículas como el electrón.
En 1928, Dirac encontró esa ecuación. En una de sus formas más compactas aparece la función de onda del electrón, su masa, la velocidad de la luz, la constante de Planck reducida, las derivadas respecto al espacio y al tiempo y las matrices gamma. No es necesario dominar estas herramientas matemáticas para comprender la importancia física de la ecuación. Lo esencial es que Dirac construyó una descripción cuántica del electrón que incorporaba desde el principio las exigencias de la relatividad especial.
Esto fue revolucionario por varias razones. La ecuación no solo permitía describir un electrón en un contexto relativista, sino que también explicaba de manera natural la existencia de su espín, una propiedad cuántica fundamental que hasta entonces había tenido que introducirse de otra manera. La ecuación de Dirac no era, por tanto, una simple modificación de la ecuación de Schrödinger. Era una nueva teoría relativista de las partículas cuánticas.
Para comprender qué ocurrió después, conviene detenerse en los supuestos que permiten conectar la ecuación de Dirac con la relación entre energía, momento y masa de la relatividad especial. Dirac quería describir una partícula cuántica respetando simultáneamente los principios de la mecánica cuántica y de la relatividad especial.
Para analizar la estructura básica de la ecuación se considera, en primer lugar, una partícula libre, es decir, una partícula que no está sometida a campos externos ni a interacciones. Además, se buscan estados cuánticos en los que la energía y el momento estén bien definidos. Bajo estas condiciones, las soluciones de la ecuación de Dirac tienen que ser compatibles con la relación que la relatividad especial establece entre la energía, el momento y la masa de una partícula.
Esto es importante porque la relación relativista entre energía, momento y masa no se introduce arbitrariamente después de obtener la ecuación de Dirac. Aparece como una consecuencia de exigir que la descripción cuántica sea compatible con la estructura de la relatividad especial. Dicho de manera sencilla: si queremos una ecuación que describa una partícula cuántica y que, al mismo tiempo, respete la relatividad especial, las energías y momentos permitidos por esa ecuación tienen que satisfacer la relación relativista correspondiente.
La relación relativista entre energía, momento y masa no se introduce arbitrariamente después de obtener la ecuación de Dirac
Por eso resulta lógico que, al estudiar las soluciones de la ecuación de Dirac para una partícula libre, aparezca la conocida relación entre energía, momento y masa. Esta relación establece que la energía total de una partícula depende tanto de su masa como de su movimiento. Incluso cuando una partícula está en reposo posee una energía asociada a su masa. Cuando se mueve, su momento también contribuye a determinar su energía total. La expresión relativista reúne así en una misma relación la energía de reposo y la energía asociada al movimiento.
El paso decisivo llega cuando se despeja la energía. Al hacerlo aparece una raíz cuadrada que matemáticamente posee dos posibilidades: una con signo positivo y otra con signo negativo. La solución positiva corresponde a los estados de energía positiva que normalmente asociamos con las partículas ordinarias. Pero la ecuación de Dirac también contiene la otra rama. El problema es que esta segunda posibilidad no podía descartarse simplemente como un resultado matemático sin significado, porque procedía de la propia estructura de una ecuación construida para ser simultáneamente cuántica y relativista.
Aquí apareció uno de los grandes enigmas de la física del siglo XX. ¿Qué significaban aquellas soluciones de energía negativa? Dirac se tomó el problema en serio. Inicialmente propuso una interpretación conocida como el “mar de Dirac”. Según esta idea, los estados de energía negativa estarían normalmente ocupados por electrones, de modo que no serían observables directamente. Si uno de esos estados quedara vacío, aparecería un “hueco”. Como el electrón posee carga eléctrica negativa, ese hueco tendría una carga positiva.
La idea conducía a una consecuencia extraordinaria. El hueco debía comportarse como una partícula con la misma masa que el electrón, pero con carga eléctrica opuesta. Dirac había llegado así a la posibilidad de que existiera una especie de electrón positivo. Hoy sabemos que esa partícula es el positrón, la antipartícula del electrón.
Es importante, sin embargo, expresar con precisión qué predijo realmente Dirac. La ecuación no contiene literalmente una afirmación que diga existe el positrón. Lo que contiene es una estructura matemática con soluciones que, en la interpretación original de Dirac, planteaban el problema de los estados de energía negativa. En la formulación moderna de la teoría cuántica de campos, esas soluciones se reinterpretan de una manera más profunda: corresponden a estados de energía positiva de antipartículas. La antimateria aparece así como una consecuencia natural de combinar la mecánica cuántica con la relatividad especial en una teoría de partículas.

La simetría resulta fascinante. El electrón y el positrón tienen exactamente la misma masa, pero cargas eléctricas opuestas. El electrón posee carga negativa y el positrón carga positiva. No son simplemente dos partículas independientes que casualmente tienen masas iguales: están relacionados por la estructura de la teoría relativista y cuántica. Cuando un electrón y un positrón se encuentran pueden aniquilarse, transformando su energía en otras partículas, por ejemplo fotones. El proceso inverso también puede producirse: bajo las condiciones adecuadas, la energía puede transformarse en un par formado por un electrón y un positrón.
La simetría resulta fascinante. El electrón y el positrón tienen exactamente la misma masa, pero cargas eléctricas opuestas
En 1928, sin embargo, el positrón todavía no había sido observado. La predicción era puramente teórica. La confirmación experimental llegó en 1932, cuando el físico estadounidense Carl David Anderson estudiaba los rayos cósmicos mediante una cámara de niebla colocada dentro de un campo magnético. Las partículas cargadas dejan trazas en la cámara y el campo magnético curva esas trayectorias. La dirección de la curvatura permite determinar el signo de la carga, mientras que la trayectoria proporciona información sobre el movimiento de la partícula.
Anderson encontró una trayectoria correspondiente a una partícula con una masa comparable a la del electrón, pero que se curvaba en el sentido correspondiente a una carga positiva. No podía tratarse simplemente de un protón: su masa y su comportamiento eran compatibles con una partícula mucho más ligera. Era el positrón, precisamente la antipartícula del electrón cuya existencia había sido anticipada por la estructura de la teoría de Dirac.
La personalidad de Dirac también quedó convertida en leyenda. En una de sus conferencias, un asistente intervino para decir que no entendía una de las ecuaciones que Dirac había escrito en la pizarra. Dirac guardó silencio. El comentario no parecía plantearle una pregunta concreta que pudiera responder. Ante el silencio, el moderador acabó pidiéndole que contestara. La respuesta de Dirac fue característica de su manera de pensar: “That was not a question. It was a comment”, es decir, “Eso no era una pregunta; era un comentario”.
La anécdota resume bien una característica de su pensamiento. Para Dirac, las matemáticas no eran simplemente una forma de decorar ideas físicas, sino un lenguaje capaz de revelar estructuras profundas de la naturaleza. En su búsqueda de una ecuación que reconciliara la mecánica cuántica con la relatividad especial, encontró mucho más de lo que inicialmente buscaba.
En 1933, Dirac recibió el Premio Nobel de Física, compartido con Erwin Schrödinger, por sus descubrimientos relacionados con nuevas formas productivas de la teoría atómica. Su ecuación se convirtió en una de las piedras angulares de la física moderna y abrió el camino hacia la teoría cuántica de campos y la electrodinámica cuántica.
La historia de Dirac tiene algo extraordinario desde el punto de vista científico. Buscaba una ecuación que describiera el electrón respetando simultáneamente la mecánica cuántica y la relatividad especial. Al construirla, recuperó necesariamente la relación relativista entre energía, momento y masa. Al despejar la energía apareció una estructura con dos signos posibles. La segunda rama planteó el problema de las energías negativas y terminó conduciendo a la idea de las antipartículas. Cuatro años después, el experimento de Carl Anderson confirmó la existencia del positrón.
La historia de Dirac tiene algo extraordinario desde el punto de vista científico
Dirac había comenzado intentando resolver un problema teórico: encontrar una descripción cuántica compatible con la relatividad. Su ecuación terminó revelando que la naturaleza podía contener una contraparte del electrón, con la misma masa y carga opuesta.
La teoría había señalado una posibilidad que todavía no había sido observada; posteriormente, el experimento mostró que aquella estructura matemática tenía una realidad física. La ecuación había hablado primero y la naturaleza confirmó después que, al otro lado del electrón, existía efectivamente su antipartícula.
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