Por Raimon Obiols — Portada

Raimon Obiols

Raimon Obiols

Ex primer secretario del PSC / Fundació Pròleg

Así no se puede espiar

Tribuna

26/09/2026 06:00 Actualizado 26/09/2026 07:10 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

El artículo “No todo vale…” de Jorge Dezcallar, publicado en la edición de este diario del pasado domingo, es muy interesante. Escribe su autor que la decisión de Pedro Sánchez de desclasificar decenas de documentos de inteligencia a propósito de la crisis de Ceuta es “un intento desesperado de disfrazar su chapucera gestión de la crisis”. Dezcallar, que ha sido embajador en Washington, Rabat y Ciudad del Vaticano, y durante tres años el primer director civil del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), es una rara avis: un alto servidor público no sujeto a la observancia, o a la obediencia, del bipartidismo o bipolarismo tan característicos de la alta administración española de las últimas décadas.

Sabe de qué habla, y no habla por hablar. Afirma en su artículo, y no le faltan razones, que no se tiene que hacer pasar los servicios de inteligencia como víctimas propiciatorias de los políticos en dificultades. No es la primera vez que lo señala con contundencia. En sus memorias ( Valió la pena. Una vida entre diplomáticos y espías , Península 2015, un libro interesante y bien escrito), da su versión del papel jugado por el CNI y por él mismo durante los días que precedieron y siguieron a los terribles atentados terroristas del 11-M del 2004, cuando una decena de explosiones simultáneas en cuatro trenes de la red de Cercanías de Madrid causaron la muerte de 192 personas y casi dos mil heridos.

Hay que recordar aquella época. En otoño del 2003, Osama bin Laden había criticado públicamente el apoyo del gobierno del PP en las guerras de Irak y Afganistán y había prometido venganza por la participación de las fuerzas armadas españolas en la coalición que ocupó Irak después de la invasión. El mismo CNI había alertado en varios momentos de la amenaza de atentados yihadistas en España.

Dice Dezcallar en sus memorias que José María Aznar, que “no quería pasar a la historia como mentiroso”, hizo publicar “de manera selectiva algunas notas del CNI, y no de otros, tachando además ciertos párrafos” con la finalidad de justificar su ajetreada e interesada atribución a ETA de los atentados del 11-M. Dezcallar presentó entonces su dimisión ante lo que parecía ser lo que exactamente fue: un intento del gobierno del PP para hacer al CNI responsable de su insistencia, hasta el final, de culpar a ETA de la matanza. Una cosa que “ni era verdad ni resultaba justa”, y que además afectaba a la credibilidad y la capacidad futura de trabajo del CNI.

Inmigrantes esperana serrealojadosen un campo deacogidaen Ceutavigiladosporpolicías
Inmigrantes esperana serrealojadosen un campo deacogidaen Ceutavigiladosporpolicías Violeta Santos Moura / Reuters

La concentración de unas 100.000 personas cerca de Ceuta no tuvo nada de clandestino

Sin embargo, el artículo de Dezcallar no aborda una cuestión concreta que ayudaría a adjudicar responsabilidades –en España, en Marruecos y en el mundo en general— sobre lo que sucedió en Ceuta. Hay una diferencia sustancial entre la crisis de Ceuta y la del 11-M del 2003, y es una diferencia tan evidente que no puede dejar de ser percibida ni siquiera por aquellos que en asuntos de inteligencia no vamos mucho más allá de lo que hemos aprendido leyendo novelas de John le Carré.

A diferencia de los atentados del 11-M, de preparación secretísima y por consiguiente muy difícil de detectar, la concentración de casi 100.000 personas en los alrededores inmediatos de la ciudad de Ceuta, con su previa dinamización en las redes digitales, es un fenómeno de masas que no tuvo nada de clandestino. Su preparación, su realización y sus enormes dimensiones eran perfectamente perceptibles en tiempo real. Digámoslo de otra manera: constituyeron un hecho imposible de no detectar sobre el terreno y en las redes. En un caso de estas dimensiones, avisar con la máxima intensidad y con la mayor urgencia para hacer posible una respuesta operativa es una exigencia normal y razonable.

Sin embargo, el hecho incuestionable es que las campanas no tocaron a rebato, como tendrían que haber sonado. El timbre no sonó con la estridencia exigible a una alarma que avisa de un posible incendio en unos grandes almacenes. Este silencio, o esta discreción, no dejan de ser paradójicamente alarmantes, en una época en que proliferan tantas alarmas. O no se detectó a tiempo la enorme avenida humana que invadió Ceuta, o los que tenían que hacerlo no consideraron necesario pulsar el botón de una alerta máxima, en el volumen más alto posible. Tertium non datur , no existe una tercera opción.

Ante esta constatación, tan ostensible, tan obvia, se desvanece toda la casuística partidista e interesada a la cual, por desgracia, estamos asistiendo estas últimas ­semanas.

Las campanas no tocaron a rebato, como tendrían que haber sonado

“Así, ni se puede espiar, ni se puede realizar un buen análisis ni se puede transmitir buena información”, afirma Dezcallar en sus memorias, a propósito de la descalificación de documentos de inteligencia por parte del gobierno Aznar. Lo ha repetido ahora, y es imposible no estar de acuerdo con una reflexión tan razonable. También él tendría que convenir en la necesidad de aplicar entre todos este criterio, y concluir que no todo vale, como expresó en el título de su artículo.

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