Rive Gauche, la boutique que llevó el lujo a la calle
Por Raquel Fernández Sobrín — Portada
Rive Gauche, la boutique que llevó el lujo a la calle
Fashion week
Saint Laurent entendió en 1966 que una gran casa podía crecer acercándose a nuevas clientas. Sesenta años después, la industria parece ensayar el camino contrario.

El diseñadorr Yves Saint Laurent y la modelo sueca Ulla, ante la puerta de la boutique Rive Gauche el 26 de septiembre de 1966. (Photo by Keystone-France/Gamma-Keystone via Getty Images)
Keystone-France
26/09/2026 06:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
El 26 de septiembre de 1966, Yves Saint Laurent abrió una tienda en el número 21 de la rue de Tournon, en una antigua panadería a pocos pasos del Jardín de Luxemburgo. Tenía treinta años y llevaba cinco al frente de su propia casa de alta costura, con la que acababa de presentar uno de esos inventos que terminarían incorporándose de tal manera al vocabulario de la moda que hoy cuesta recordar cuánto desconcertaron al principio: el esmoquin femenino. Aquella mañana, sin embargo, la verdadera rareza estaba en la tienda, porque una mujer podía entrar, encontrar un Saint Laurent colgado de una percha, probárselo y llevárselo. No hacía falta pedir cita ni volver días después para una sucesión de pruebas.
La operación resulta tan corriente desde 2026 que exige cierto esfuerzo entender lo que significaba entonces que un gran couturier francés colocara ropa fabricada de antemano bajo su propio nombre.
Una mujer podía entrar, encontrar un Saint Laurent colgado de una percha, probárselo y llevárselo. No hacía falta pedir cita ni volver días después
Esa boutique se llamó Saint Laurent Rive Gauche. Isabelle Hebey había diseñado un interior oscuro y moderno, con lámparas de Isamu Noguchi y esculturas de Niki de Saint Phalle. Un enorme retrato de Saint Laurent pintado por Eduardo Arroyo dominaba el espacio. Catherine Deneuve fue la madrina de la inauguración. Las compras salían en bolsas cubiertas de cuadrados rosas y naranjas y no tardaron en aparecer coches aparcados en doble y triple fila frente a la puerta. Hasta entonces, el lujo parisino tenía incluso una geografía bastante precisa. La alta costura vivía en la orilla derecha, alrededor de la avenue Montaigne y el Faubourg Saint-Honoré. Saint Laurent eligió la izquierda: estudiantes y librerías, cafés, anticuarios, una forma más joven de ocupar París.
Faltaban todavía casi dos años para mayo del 68, aunque Pierre Bergé, el eterno compañero, recordaría que algo ya estaba palpitando. Saint Laurent también lo sentía. “Abajo el Ritz, abajo la luna, viva la calle”, había proclamado poco antes. Llegó a decir que le gustaría ser Prisunic, la cadena francesa de almacenes populares, una ambición bastante extraña para alguien destinado a convertirse en uno de los grandes nombres del lujo del siglo XX.
Rive Gauche suele contarse como el momento en que Saint Laurent inventó el prêt-à-porter. No fue así. Pierre Cardin había presentado ropa confeccionada en Printemps en 1959 y el gesto le había costado temporalmente su pertenencia a la Cámara Sindical de la Alta Costura. Chloé llevaba años construyendo una alternativa a la costura. En Londres, Mary Quant estaba vistiendo a una generación que no parecía particularmente interesada en las propuestas de París porque sentía que lo nuevo estaba en otra parte. Saint Laurent fue capaz de colocar el prestigio completo de un couturier detrás de aquella ropa ya hecha y darle una identidad propia. La oferta no era una sección económica escondida en los bajos de la casa, tenía su propio nombre y sus propias colecciones; también una tienda y un lenguaje gráfico reconocibles. Por primera vez, la versión moderna podía resultar más deseable que la original.
El contexto ayuda. Unos meses antes de que abriera rue de Tournon había entrado en vigor en Francia una reforma que permitía a una mujer casada ejercer una profesión y abrir una cuenta bancaria sin autorización de su marido. Naturalmente, ninguna boutique emancipó a las francesas y ninguna ley explica por sí sola el éxito de una chaqueta. Coincidían, eso sí, dos formas nuevas de autonomía. Había más mujeres trabajando y cobrando un salario propio. También se movían por la ciudad de otra manera y compraban ropa para una vida que ya no cabía del todo dentro de los rituales de la alta costura. Incluso el horario hablaba de ellas: Rive Gauche permanecía abierta hasta tarde. Los precios estaban entre 250 y 750 francos. Eran mucho más bajos que los de la costura y suficientemente altos para recordar que aquello seguía siendo Saint Laurent. La segunda línea no democratizó el lujo en el sentido que hoy daríamos al concepto. No convirtió un Saint Laurent en algo que cualquiera pudiera comprar, amplió la clientela capaz de acceder a su mundo y, sobre todo, cambió lo que esa clientela recibía a cambio.
La ropa tampoco era una copia simplificada de las colecciones de alta costura. Rive Gauche tenía diseños propios, desarrollados con atención semejante, y funcionó pronto como territorio de ensayo. Allí encajaban mejor los pantalones y las saharianas, los vestidos cortos y las prendas que una mujer podía repetir sin esperar una ocasión especial. La calle empezó a entrar en Saint Laurent al mismo tiempo que Saint Laurent empezaba a hacerse paso en la calle.
El esmoquin resume casi toda la historia. Cuando apareció en alta costura en 1966, las clientas tradicionales apenas respondieron. Trasladado al universo de Rive Gauche encontró a las mujeres que podían convertirlo en otra cosa: una prenda para salir por la noche o ir a trabajar, para entrar en habitaciones en las que hasta hacía muy poco se esperaba que una mujer vistiera de otra manera. La idea que había parecido demasiado agresiva en un salón de costura encontró sentido colgada de una percha.
Nueva York tuvo su boutique en 1968 y Londres en 1969. Ese mismo año llegó también el prêt-à-porter masculino. En septiembre de 1976, apenas una década después de la primera apertura, Saint Laurent inauguraba en los Campos Elíseos la tienda Rive Gauche número 101. La pequeña rebelión se había convertido en una red internacional. Quizá ahí empiece su desaparición, aunque tardaría más de treinta años en completarse.
Durante mucho tiempo convivieron dos Yves Saint Laurent. Estaba la alta costura, dirigida personalmente por el diseñador, con sus talleres y sus clientas. Y estaba Rive Gauche, cada vez más grande y comercialmente central. El nombre seguía recordando que se trataba de una segunda línea aunque, para millones de personas, aquella segunda línea era ya Yves Saint Laurent. En 1997, el creador empezó a retirarse del prêt-à-porter. Alber Elbaz asumió la línea femenina y Hedi Slimane la masculina. Dos años después Gucci Group (ahora Kering) compró el negocio de prêt-à-porter y accesorios, además de perfumes y cosmética; Saint Laurent y Bergé conservaron la alta costura. Tom Ford firmó después las colecciones Rive Gauche. Sobre el papel la vieja división continuaba intacta. En la práctica, el centro de gravedad de la industria ya se había movido. La alta costura se había convertido en símbolo y laboratorio. El gran negocio estaba en las tiendas.
Cuando Saint Laurent presentó su última colección de couture en enero de 2002 y se retiró, aquella arquitectura perdió una de sus dos mitades. La casa de alta costura cerró ese mismo año. Rive Gauche había pasado casi cuatro décadas definiéndose frente a algo que acababa de desaparecer.
El nombre Rive Gauche empezó entonces a desvanecerse sin ceremonia, dejó de ser necesario explicar que la ropa producida en serie era una categoría distinta dentro de una casa de lujo. Era la casa de lujo. Hedi Slimane lo hizo explícito cuando regresó en 2012 y rebautizó el prêt-à-porter como Saint Laurent. La decisión provocó protestas, especialmente por la desaparición de “Yves”, aunque había una lógica histórica bastante precisa. Rive Gauche había servido para separar prêt-à-porter y alta costura. Sin alta costura, la etiqueta describía una distinción que ya no existía. Había sucedido además algo más grande. Dior y Chanel, Givenchy, Balenciaga o Valentino: la industria entera había terminado organizada alrededor de aquello que en 1966 parecía suficientemente extraño como para necesitar otro nombre. Colecciones listas para comprar convivían con accesorios y perfumes, campañas capaces de construir una identidad completa. Rive Gauche dejó de existir porque todo terminó pareciéndose demasiado a Rive Gauche.
Con el tiempo, el parecido no lo es tanto. Rive Gauche nació de la intuición de que una casa de moda podía ampliar su mundo sin perder prestigio. Durante los últimos años, gran parte del lujo ha ensayado el movimiento inverso. Entre 2019 y 2024 los precios medios subieron un 52% y desde 2022 la industria ha perdido unos sesenta millones de compradores. Las marcas llamaron “elevación” a la estrategia de concentrarse en los clientes capaces de gastar más; ahora algunas empiezan a buscar de nuevo la puerta de entrada. Gucci ha recortado precios, Dior y Chanel están reforzando la parte más accesible de su oferta. Sesenta años después de que Saint Laurent cruzara el Sena para acercarse a la calle, el lujo vuelve a preguntarse a qué distancia quiere quedarse de ella.
Etiquetas
Mostrar comentarios
Fonte: Portada