Cuando el otoño entra en el valle de Ordesa
Por Carles Rusiñol — Portada
Cuando el otoño entra en el valle de Ordesa
Montaña
Desde Torla, un antiguo camino se adentra entre hayas y abetos, sigue las cascadas del Arazas y alcanza los espacios abiertos de Soaso, a los pies del macizo de Monte Perdido

Torla, puerta de entrada al valle de Ordesa, con las montañas del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido al fondo.
Terceros
Carles Rusiñol
22/09/2026 06:30 Síguenos en Google
En Ordesa, el otoño empieza por el bosque. Primero aparecen algunas hayas amarillas entre los abetos. Después llegan los ocres, las hojas cubren los caminos y el verde que domina durante el verano comienza a retirarse. Por encima, las grandes paredes calizas permanecen casi iguales. Abajo, en pocas semanas, todo parece distinto. El propio Parque Nacional destaca en esta época el contraste entre los tonos ocres y rojizos de las hayas y el verde oscuro de los abetos.
El cambio se puede seguir caminando. Desde Torla, puerta de entrada al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, un antiguo camino acompaña primero al Ara antes de internarse en el valle. Más adelante aparecen el bosque de Turieto, las cascadas del Arazas y, para quienes decidan continuar, los espacios abiertos del circo de Soaso. El recorrido permite ver cómo el Pirineo cambia de estación casi paso a paso.
Camino de Turieto
El otoño empieza antes de llegar a la Pradera

Torla suele entenderse como el lugar desde el que se entra en Ordesa. Su ubicación, bajo las paredes que anuncian el valle, ha convertido este pueblo de piedra y tejados oscuros en el punto de partida habitual para muchos visitantes. Pero hay otra manera de comenzar el recorrido: salir andando desde sus propias calles.
El camino de Turieto recupera la antigua comunicación que utilizaban los vecinos de Torla para llegar al valle. Tras cruzar el Ara por el puente de la Glera, la senda remonta primero junto al río y después se adentra en el bosque. Hasta la Pradera son unos 7,5 kilómetros, algo más de dos horas de marcha y 365 metros de desnivel positivo.
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Aquí aparecen los primeros contrastes. Los pinos se mezclan con hayas y abetos y el ambiente se vuelve más húmedo conforme el camino gana terreno hacia Ordesa. Entre los árboles, el Arazas se descuelga en varias cascadas, entre ellas las de Molinieto, Tamborrotera y Abetos.

En otoño, la mezcla de especies hace el resto. Las hayas van perdiendo el verde y adquieren tonos amarillos, ocres y rojizos, mientras los abetos conservan su color oscuro. No hay un cambio repentino. El color va apareciendo entre los árboles y termina transformando el aspecto del camino.
Cascadas de Ordesa
El Arazas marca el camino
La Pradera de Ordesa es el punto de partida de buena parte de los itinerarios que recorren el valle. Desde aquí resulta difícil perder de vista el agua. Basta seguir el camino de Soaso remontando el Arazas.

Primero aparece la cascada de Arripas. Más adelante llegan la Cueva y el Estrecho, rodeadas por un hayedo-abetal que durante estas semanas va dejando sus hojas sobre el sendero. El río rompe una y otra vez el silencio del bosque.
Se puede dar la vuelta en este sector y convertir la jornada en una excursión más corta. Pero continuar permite observar otro cambio. A medida que se gana altura, las hayas y los abetos pierden protagonismo. Aparecen los pastizales y el pino negro, capaz de sobrevivir en el límite superior del bosque.
En pocos kilómetros, Ordesa pasa del hayedo-abetal del fondo del valle a los pastizales y el pino negro de las cotas superiores”.
Ordesa empieza entonces a mostrar su escala. Las paredes se levantan a ambos lados del Arazas y el fondo del valle avanza encajado entre ellas. Lo que desde Torla parecía una entrada estrecha al Pirineo se ha convertido en un enorme corredor modelado por el hielo.
Circo de Soaso
Donde desaparece el bosque

Las Gradas de Soaso anuncian otro escenario. El Arazas desciende aquí sobre una sucesión de escalones naturales y, poco después, el terreno se abre.
Se ha llegado al circo de Soaso.
El bosque ha quedado atrás y el origen glaciar de Ordesa resulta mucho más fácil de leer. El fondo del circo es prácticamente plano y está recorrido por meandros y zonas húmedas. Alrededor se levantan las paredes que cierran la cabecera y, al final del recorrido, el agua cae formando la Cola de Caballo. Por encima se encuentran las grandes alturas del macizo de Monte Perdido.

Llegar hasta aquí desde la Pradera supone ya una excursión de varias horas. El itinerario oficial calcula entre dos horas y media y tres horas solo para la ida, con unos 550 metros de desnivel. En otoño aparece además un factor que durante el verano pesa menos: el día se acaba antes. Conviene ajustar el recorrido a las horas de luz y a una meteorología de montaña que puede cambiar con rapidez.
Pero no hace falta alcanzar la Cola de Caballo para entender lo que ocurre en Ordesa durante estas semanas. Buena parte de la transformación sucede bastante antes, bajo las copas de los árboles.

El color avanza por etapas
Un valle que no cambia al mismo tiempo
No existe un día concreto en el que Ordesa se vuelva otoñal.
La altitud, la orientación, las temperaturas y las distintas especies hacen que el cambio avance de manera desigual. Puede haber árboles que todavía conservan buena parte del verde mientras otros han cambiado por completo. Unos días fríos aceleran el proceso; el viento puede dejar desnudas algunas hayas antes de que otras hayan alcanzado sus tonos más intensos.

Esa irregularidad forma parte del espectáculo. El otoño no coloca un filtro uniforme sobre Ordesa. Lo transforma por fragmentos.
El otoño no llega a todo Ordesa a la vez: la altitud, la orientación y las temperaturas hacen que el color avance por el valle de forma desigual”
Al regresar hacia Torla se puede observar el proceso en sentido contrario. Quedan atrás los espacios abiertos de Soaso, vuelve el bosque, reaparecen las cascadas y las grandes paredes comienzan poco a poco a quedar a la espalda.
Puerto de Ordesa
Volver a Torla
Ordesa y Monte Perdido es mucho más que este recorrido. El parque se extiende también por Añisclo, Escuaín y Pineta, además de las zonas de alta montaña que rodean Monte Perdido. Las diferencias de altitud y orientación permiten que en relativamente poca distancia convivan ambientes muy distintos, desde los bosques del fondo de los valles hasta los desiertos rocosos de las cotas superiores.

Pero Ordesa tiene una capacidad especial para concentrar buena parte de ese Pirineo en unos pocos kilómetros. Hay agua, bosque, grandes paredes, huellas de antiguos glaciares y algunas de las cumbres más reconocibles del macizo.
En otoño, además, cambia el protagonista.
Durante el verano la mirada suele escapar hacia las cascadas, las paredes y Monte Perdido. Ahora desciende unos metros. Durante unas semanas, son los bosques los que cuentan la historia del valle.
Y para descubrirla basta con hacer algo que los habitantes de Torla ya hacían mucho antes de que existiera la carretera: salir del pueblo y empezar a caminar hacia Ordesa.
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Fonte: Portada