La dificultad
Por Toni Segarra — Portada

La dificultad 21/09/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Uno de los privilegios de escribir en estas páginas es recibir comentarios, sentir que has sido escuchado, escapar de la soledad del monólogo. En mi último texto me preguntaba por las consecuencias que tiene para entender nuestro tiempo la sacralización del arte considerado culto y serio, que ignora al arte que se entiende como menor, al que ni siquiera considera arte, y que suele ser, a menudo, el más revelador de su época. Un lector consideró que mi razonamiento era una defensa de la facilidad del mundo de la inmediatez digital y de la IA, y una refutación del esfuerzo que exige apreciar el gran arte. Y me lo hizo saber. Y me hizo pensar.

En mi oficio se ha extendido la costumbre de valorar nuestro trabajo en función de las horas que le dedicamos. Como los abogados o los consultores. Nos negamos a aceptar una medición que no se sostiene, porque el valor de lo que hacemos no guarda relación con el tiempo que empleamos. Es posible encontrar en treinta minutos el concepto que resume el posicionamiento estratégico de una compañía. No es lo habitual, pero a veces pasa. Ese slogan, que puede construir valor durante décadas, costaría tanto como media hora de trabajo, por mucho que esa hora cueste. Así de absurdo.
¿Es el tiempo o el esfuerzo dedicado a una obra la medida real de su valor? ¿Por qué hemos convertido la dificultad en una prueba de calidad?
Sospecho desde hace mucho que hacer obligatoria la lectura ha reducido dramáticamente el número de lectores. Como argumenta Borges con su característica exactitud, la lectura es una forma de la felicidad, y no es posible imaginar una felicidad obligatoria. Entiendo el valor del esfuerzo, incluso del sacrificio, pero es inútil si nos aparta de lo valioso.

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Toni Segarra
Tampoco deberíamos confundir la facilidad de lectura, o la síntesis, con un menor empeño, como explicó magistralmente Blaise Pascal (“He hecho esta carta más larga de lo habitual porque no he tenido tiempo de hacerla más corta”). Escribir con la aparente sencillez de Josep Pla es extraordinariamente arduo. Yo lo intento desde hace años sin conseguir ni aproximarme. La poesía, género popular, ha devenido un arte oscuro que aplaude la impenetrabilidad. Pero a mí me parece que la claridad matemática de Joan Margarit tiene un mérito muy notable. Como el esfuerzo de Josep Maria Esquirol para que su pensamiento filosófico se entienda. A menudo el talento consiste en no trasladar la dificultad al otro. Y nada de eso hurta su profundidad, pero sí aumenta su alcance, su valor al fin.
La dificultad, como la profundidad, ha devenido un mito de nuestra cultura humanista: la suposición de que aquello que resulta fácil de entender, de disfrutar o de consumir es menos valioso.
Si algo exige iniciación, conocimiento previo, tiempo, códigos, permite separar a quienes saben de quienes no. Lo que todo el mundo entiende no nos distingue. Una variante más de algo tan humano como el elitismo.
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