El trasfondo del paso de cebra de Abbey Road

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Por Miquel Molina MuntanéPortada

Miquel Molina Muntané

Miquel Molina

Director adjunto

El trasfondo del paso de cebra de Abbey Road

BLUES URBANO

20/09/2026 00:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

Durante años te niegas a apuntarte a una de esas rutas turísticas por el Londres de los Rolling Stones o de los Beatles. ¿Por qué marchar en procesión oyendo comentarios insufribles, si tú mismo eres capaz de diseñar un itinerario a tu gusto? Y te pones en modo guía. Un día fotografías las casas de Mick Jagger y Keith Richards en Cheyne Walk y te tomas algo en el Chelsea Potter de King’s Road, donde los primeros Stones confraternizaban con Jimi Hendrix. O echas un vistazo al lugar donde estuvo el Chelsea Drugstore de You can’t always get what you want . Sin la compañía indeseada de nadie. Otro, te plantas frente al 3 de Savile Row, en cuya terraza los Beatles tocaron por última vez en vivo. Miras y evocas.

Pero un día sucumbes. Te pillan con la guardia baja y te acabas apuntando a una romería llamada Beatles in my life que lidera un tal Richard P. Arranca en la estación de tren de Marylebone, donde se rodaron escenas de A Hard Day’s Night . Y la verdad, aunque te cueste admitirlo, es que te lo acabas pasando en grande. Porque el guía lo sabe todo, porque su trabajo tiene el aval del mismo Paul McCartney y porque lleva una camisa azul con submarinos amarillos estampados y un bolso raído con la portada del Abbey Road .

En el paso de peatones colisionan el derecho a hacer  turismo y el del residente
a vivir sin agobios en su propia ciudad

Richard P. te hace ver cosas en las que no habías caído, como que en el 34 de Montagu Square, donde convivieron Hendrix, John Lennon y Yoko Ono, también residió (y los soportó) Ringo Starr, solo que el batería no sale en la placa porque aún está vivo y grabando discos. 

El cierre triunfal de la ruta es el paso cebra situado enfrente de Abbey Road Studios, donde los Beatles improvisaron la icónica portada del álbum. Este fin de fiesta, para la beatlemanía , es el equivalente de la Capilla Sixtina cerrando el recorrido por los museos vaticanos, o del busto de Nefertiti como culmen del itinerario egipcio en el Neues Museum de Berlín.

El paso cebra es un espectáculo en sí mismo, una pasarela de “beatles por un día”. Pero lo más interesante es ver cómo las autoridades tratan de armonizar el derecho del visitante a hacer el ganso con el del vecino a circular por la calle. De ello se encarga un empleado público, cronómetro en mano: “Dense prisa, tienen diez segundos para hacerse la foto antes de que dé paso a los coches. Ya solo les quedan nuevo, ocho…” 

El cometido de este personaje es más trascendente de lo que parece: su cuenta atrás señala nada menos que la colisión entre la ciudad real y la ciudad recreada. Su lugar de trabajo es el epicentro del debate sobre los perjuicios que el turismo gregario causa a los residentes.

La foto de portada del álbum Abbey Road 
La foto de portada del álbum Abbey Road  ARCHIVO

En Barcelona no hay un Abbey Road, pero sí lugares que las redes sociales han convertido en platós obligados para la evocación o el postureo. Fijémonos en uno, el puente del Bisbe, situado en una atestada callejuela del Gòtic. El turista desinformado (la mayoría de los que se dejan guiar por Instagram o TikTok) ignora que aún hay personas vivas que son más viejas que este monumento neogótico; desconoce que el barrio se remodeló hace un siglo para lucir más gótico y bonito y da pábulo a leyendas amorosas imposibles que emparentarían este puente con el de los Suspiros de Venecia, que, por cierto, tampoco albergó trasiegos pasionales, sino penitenciarios.

Dos turistas emulan a los Beatles en  Abbey Road, en Londres 
Dos turistas emulan a los Beatles en  Abbey Road, en Londres  Miquel M. Muntané

Podemos encargar a un funcionario que cronometre en Abbey Road el derecho del turista a poseer durante unos segundos un pedazo de ciudad (el recuerdo de los Beatles lo justifica), pero no en cada lugar popularizado por las redes. Contra esa tendencia podrá, tal vez, el hartazgo de los propios usuarios. Porque, ¿qué mérito tiene tomar y colgar las fotos que ya tiene todo el mundo, ser solo un eslabón más en una larga cadena de repeticiones? Sobre todo si se basan en malentendidos.

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A fin de cuentas, fotografiarse en el paso de Abbey Road es todo un acto de reivindicación simbólica: no nací en Liverpool en los 40 ni cambié la historia de la música, pero aquí estoy, vivo y disfrutando de la sensación de sentirme beatle por diez segundos. ¿Qué hay de malo en ello?

Miquel Molina Muntané

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Director adjunto de La Vanguardia. Escribe cada semana un artículo de opinión sobre cultura y ciudades. Novelista. Último libro: ‘Siete días en la Riviera’

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