El emblemático barrio valenciano de Russafa convierte sus calles y sus locales en un escenario
Por Redacción La Vanguardia — Portada
El emblemático barrio valenciano de Russafa convierte sus calles y sus locales en un escenario
Cultura
El festival Russafa Escènica lleva diez estrenos absolutos a tiendas, cafeterías, academias, galerías y coworkings del barrio del 17 al 27 de septiembre

Foto de archivo de la edición de Russafa Escènica de 2025
LVE

València
16/09/2026 11:25 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
Russafa volverá a convertirse durante los próximos días en un gran escenario. No porque se instale una estructura teatral en sus calles, sino precisamente porque el festival utiliza espacios que forman parte de la vida cotidiana del barrio. Una tienda, una cafetería, una academia, una galería de arte o un coworking dejarán durante unas horas su actividad habitual para acoger una representación.
Es la particular manera de entender las artes escénicas de Russafa Escènica – Festival de Tardor, que celebra su decimosexta edición del 17 al 27 de septiembre. Diez propuestas, todas ellas estrenos absolutos, ocuparán otros tantos espacios del barrio durante dos semanas, con varios pases diarios y aforos reducidos. Son piezas de unos treinta minutos que permiten una relación especialmente cercana entre intérpretes y espectadores.
Los creadores han construido trabajos muy diferentes que se acercan a cuestiones como la religión, la familia, la identidad, los clásicos literarios, las relaciones personales
El lema elegido este año es Sagrada i profana. A partir de esta idea, los creadores han construido trabajos muy diferentes que se acercan a cuestiones como la religión, la familia, la identidad, los clásicos literarios, las relaciones personales o las costumbres sociales. Hay teatro de texto y físico, danza, títeres, cabaret y musical. Una mezcla que responde también a la voluntad del festival de mostrar la diversidad de la creación escénica valenciana más joven.
La fórmula tiene una particularidad evidente: aquí el público va a ver teatro, pero no va al teatro. Entra en espacios que conoce y que, durante unos días, adquieren otra función. El aforo reducido obliga además a otra relación con lo que sucede en escena. El espectador está cerca de los intérpretes, percibe sus movimientos y sus silencios y comparte un espacio que no ha sido diseñado para separar claramente escenario y platea.

En Màret, de Típica Tòpica, esa proximidad sirve para introducir al público en una relación familiar poco convencional. Julieta Betancor y Javi Nadal interpretan a dos hermanos que sobreviven a un amor fraternal que no responde a las reglas habituales. La familia, uno de esos ámbitos que socialmente se consideran sagrados, se convierte aquí en territorio susceptible de ser cuestionado.
La religión aparece de manera mucho más explícita en La Beata, de Apart Teatre. Maria Part protagoniza un monólogo en el que conviven tecno, hostias y tacones para preguntarse qué esconden quienes nunca faltan a la misa de doce. La pieza utiliza el humor y la provocación para acercarse a la fe y a los rituales religiosos desde una perspectiva poco convencional.
También hay un punto de partida extremo en Enlatados, de Volvoreta. Dos amigos viven encerrados en un búnker para protegerse de un ataque atómico y convierten la supervivencia en una especie de religión. El resultado es una comedia que juega con el miedo, el aislamiento y la necesidad humana de encontrar certezas cuando todo alrededor se desmorona.

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La mirada hacia otras culturas está presente en Forastero forastero, de Hu Zhao. El espectáculo se aproxima a la vida del único hombre chino de la comarca dels Serrans y a las situaciones que se producen cuando una persona procedente de una cultura diferente intenta integrarse en una sociedad occidental. El mandarín, el valenciano y el inglés forman parte de una pieza que aborda el fenómeno migratorio desde el humor y desde las pequeñas contradicciones de la vida cotidiana.
Otro clásico sometido a revisión es Peter Pank, de Karurosu Teatro. La propuesta, concebida para todos los públicos y trabajada con títeres, sitúa al personaje de J. M. Barrie en un universo retrofuturista en el que un virus impide madurar a los seres humanos. La pieza juega así con uno de los elementos centrales del relato original —la negativa a crecer— para llevarlo a un escenario diferente.
El cuerpo sustituye a la palabra en Mi cara cuando…, de Julia Zac, una investigación sobre la cultura del meme a través de la danza y la gestualidad. Las imágenes religiosas aparecen integradas en una propuesta en la que el movimiento y el sonido construyen un lenguaje propio. Es una de las piezas que mejor ejemplifican la diversidad de lenguajes que conviven este año en el festival.
El teatro físico es también el punto de partida de Dalt del més amúnt, de Misèria i companyia. Dos compañeros de piso, interpretados por Nara Pérez y Daniel Tormo, sufren sarna y tratan de averiguar de qué colchón procede. Una situación doméstica y bastante poco solemne que sirve para construir una pieza basada en el humor y en las posibilidades expresivas del cuerpo.
En El milagro, Suspendidas Teatro se adentra en el cabaret para hablar de la mercantilización de la fe. La compañía, junto a Marian Villaescusa, firma un espectáculo interpretado por Estela Domínguez y Jimena Serrano que utiliza el descaro y la música para abordar una cuestión que, precisamente por su dimensión religiosa, suele estar rodeada de determinadas convenciones.
El musical Santa, de María Sáez y Ana Dayo, plantea otro juego temporal. Las dos creadoras buscan similitudes entre los martirios de una monja barroca y las dificultades a las que se enfrenta una mujer treintañera en la actualidad. La música y el humor sirven para establecer ese diálogo entre dos mundos separados por varios siglos.
La propuesta más personal es probablemente Sr. Bien, de Gabriel Soler. Por primera vez, un padre y un hijo, cantante y actor respectivamente, comparten escenario. Entre canciones de Frank Sinatra y recuerdos de infancia intentan sacar adelante un espectáculo juntos. El proyecto acaba siendo también una manera de enfrentarse a las diferencias entre dos generaciones y, quizá, de aprender a comunicarse.
Los diez trabajos llegan al festival después de un proceso de creación desarrollado durante el verano. En julio fueron acogidos en diferentes espacios culturales de Alaquàs, Alboraia, Aldaia, Alfafar, Almussafes, Alzira, Benifaió, Foios, Quart de Poblet y Rafelbunyol, dentro del programa de residencias Via Escènica. Allí pudieron desarrollar los proyectos que ahora se presentan ante el público de València.
A lo largo de 2027, las piezas realizarán una pequeña gira por los municipios donde fueron creadas.
La iniciativa tiene además continuidad. A lo largo de 2027, las piezas realizarán una pequeña gira por los municipios donde fueron creadas. Se trata de ampliar su recorrido más allá de la capital y, al mismo tiempo, de ofrecer a los creadores espacios donde continuar mostrando sus trabajos. Para una escena emergente que tiene dificultades tanto para producir como para encontrar lugares de exhibición, disponer de una red de municipios puede ser tan importante como el propio estreno.
La apuesta por los artistas que comienzan forma parte de la historia del festival. Desde su primera edición, en 2011, Russafa Escènica ha servido de plataforma para creadores que posteriormente han consolidado sus trayectorias. Por sus primeras ediciones pasaron nombres como Paula Llorens, Xavo Giménez, Begoña Tena, Víctor Sánchez o Isabel Martí, hoy plenamente reconocidos en la escena valenciana.
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