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Por Bernardo GutiérrezPortada

Contenido solo para suscriptores El momento del nuevo jazz afrobrasileño

Música

Ecléctico, percusivo, suburbano, fresco, sin complejos… Y definitivamente afro. El innovador jazz de artistas como Amaro Freitas, Jonathan Ferr, Josiel Konrad o Jefferson Placido brilla en festivales internacionales con una receta distante de la bossa nova que conquistó el mundo

Josiel Konrad. El trombonista hace bailar a miles de personas en plena calle con su ‘Jazz Proibidão’, que mezcla jazz y funk carioca 

Josiel Konrad. El trombonista hace bailar a miles de personas en plena calle con su ‘Jazz Proibidão’, que mezcla jazz y funk carioca 

Rubens Gonçalves

Bernardo Gutiérrez

Bernardo Gutiérrez

13/09/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

Jazz con percusión de candomblé. Arropado con trap y hip hop. Trombones de pulso eléctrico. Pianos que desbordan la armonía de los estándares estadounidenses. Instrumentos de viento sobre bases de funk carioca (estilo inspirado en el miami bass) que reina en los sound system de las favelas. El jazz brasileño vive una verdadera revolución. Y su epicentro principal está en los suburbios de Río de Janeiro. Los pianistas Jonathan Ferr y Jefferson Plácido y el trombonista Josiel Konrad están reinventando el jazz en una especie de antípodas locales de las playas de Copacabana e Ipanema donde a finales de los años cincuenta nació la bossa nova que siempre coqueteó con el jazz.

También destacan nombres como el trombonista Joabe Reis y el pianista Amaro Freitas, que desde la ciudad de Recife revienta el jazz clásico con innovación percusiva de diversos estilos de raíz africana. Los festivales de jazz más importantes del mundo, que llevan décadas acogiendo a músicos de bossa nova o Música Popular Brasileña (MPB), han abierto ahora las puertas a una nueva generación de jazzistas que reivindican la herencia africana de la música de Brasil, incluso de la bossa nova.

Jonatan Ferr. El pianista de Río es el estandarte del nuevo jazz brasileño, un estilo más atento a las influencias que vienen de la calle 
Jonatan Ferr. El pianista de Río es el estandarte del nuevo jazz brasileño, un estilo más atento a las influencias que vienen de la calle  Renan Oliveira / Otras Fuentes

Sonidos del gueto

El jazz brasileño no es el mismo desde el disco Boca no Trombone (2023), del trombonista Josiel Konrad (Nova Iguaçu, 1986). El lenguaje jazzístico flota sobre poderosas bases rítmicas de funk carioca, algo que nadie se había atrevido a hacer. Miles de personas bailan en plena calle las ediciones de su Jazz Proibidão, un guiño a la vertiente proibidão del funk, en las que las letras hacen referencia a traficantes. “El Jazz Proibidão no nace como un gesto de reorganización: coloca nuevamente en diálogo partes de una misma historia a las que enseñaron a caminar separadas. El jazz y el funk carioca son hermanos de sangre”, asegura Konrad a La Vanguardia. El trombonista confiesa que, tras conquistar prestigio jazzístico con álbumes como Timeline (2017), sentía que se alejaba de la metropolitana Baixada Fluminense de Río de Janeiro, lugar en el que nació. “Cuanto más transitaba por ciertos ambientes del jazz, más distante estaba culturalmente de los lugares que me formaron. Era una distancia silenciosa, casi imperceptible. Pero aparecía cada vez que volvía para la Baixada. Sentía que una parte importante de mi historia estaba siendo borrada. ¿De qué sirve tocar con libertad (improvisación jazzística) si no consigo llevar mi propia vivencia al escenario?”, matiza Konrad.

El pianista Joanthan Ferr (Río de Janeiro, 1987), considerado desde su disco Trilogia do Amor (2019) el estandarte del nuevo jazz brasileño, considera que las vivencias en el territorio son el ADN de su música. “Tú reverberas el sonido que vives, tus vivencias en aquel ambiente suburbano, que tiene todas las violencias imaginables. Lo que hace nuestra música diferente es una vivencia diferente”, afirma Ferr en videoconferencia. Nacido y criado en Madureira, un barrio del norte de Río de Janeiro a unos veinte kilómetros en línea recta de la playa de Ipanema, el pianista creció escuchando el gospel de las iglesias evangélicas, la samba (el barrio es la cuna de la mítica escuela de samba Portela), hip-hop, funk carioca y diversas variantes de soul. A Jonathan Ferr no lo convence la etiqueta “jazz suburbano”. Habla de urban jazz, en inglés, que “engloba todo el proceso musical que ocurre en la calle, que está naciendo todo el tiempo, efervesciendo”.

El también pianista Jefferson Placido (Río de Janeiro, 1980) usa la expresión “música clásica de suburbio”, título del disco que lanzó en 2024, para definir el cruce del jazz, su piano eléctrico y diversas células rítmicas de la periferia. Placido explicó a la revista The Summer Hunter que cuando sube las escaleras de la iglesia de Penha, en la zona norte de Río de Janeiro, escucha cómo la voz de las pastoras se mezcla con la base rítmica de los bailes funk. La mezcla es automática, atmosférica, natural. Por su parte, Josiel Konrad se decanta por hablar de un “nuevo jazz afro brasileño”. ¿El nuevo jazz afrobrasileño es también una etiqueta artificial o sirve para describir un nuevo movimiento musical?

⁄ El género en Brasil ya no es el mismo desde ‘Boca no Trombone’ (2023), disco en que el lenguaje jazzístico flota sobre bases de funk carioca

Los fundadores de la bossa nova nunca escondieron la influencia de la música afrobrasileña, especialmente de la samba. Carlos Lyra, en su canción Influência do jazz (1962), se lamentaba que la “samba fue mezclándose, modernizando, y acabó perdiéndose”. Tom Jobim renegaba de la etiqueta bossa nova, prefería decir que tocaba “sambinhas”. Su reverencia por la samba está presente incluso en títulos de canciones como Samba de uma nota só (1962). Vinícius de Moraes y el guitarrista Baden Powell rindieron tributo a las música afrobrasileña en su álbum legendario Afro sambas (1966). Por su parte, Elza Soares lanzó A bossa negra (1962) con un repertorio de bossa nova sin tono intimista, voz desgarrada y arreglos de big band.

Por otro lado, el proyecto Afro Jobim, del percusionista Nanny Assis, reivindica el legado afro de la obra de Tom Jobim. “En un país como Brasil, donde el 60% de la población es negra, es casi imposible pensar que otros músicos no estuvieron presentes como creadores y colaboradores. La historia escogió sus nombres, mientras que Tânia Maria, Johny Alf o Moacir Santos no tuvieron su debido reconocimiento”, asegura la afrobrasileña Tânia Artur, productora de Joanthan Ferr y Jefferson Placido.

Amaro Freitas. El pianista aporta un estilo más experimental, vinculado a estilos afrobrasileños de otras regiones del país 
Amaro Freitas. El pianista aporta un estilo más experimental, vinculado a estilos afrobrasileños de otras regiones del país  PASCAL SCHMIDT / AFP

Influencias afroestadounidenses

Los protagonistas de nuevo jazz afrobrasileño parecen haberse desprendido del peso la bossa nova. Incluso de la samba-jazz que se consolidó en los años sesenta. Ferr confiesa que se enganchó al jazz escuchando al denominado Movimiento Black Rio, que mezclaba funk estadounidense con ritmos brasileños, que tuvo en Madureira uno de sus epicentros. “Tengo mucho más relación con la gente de la black music que con la de la samba-jazz”, afirma Ferr. Cita a artistas como Tim Maia, Banda Black Rio o Carlos Dafé. Y alude a cierta lejanía cultural histórica de Madureira de la zona sur de Río. Hasta 1976, ni siquiera había autobuses directos entre la zona norte y la zona sur bossanovera. Konrad atribuye la peculiaridad sonora del nuevo jazz afro brasileño a razones extramusical: “Lo que está surgiendo ahora viene de otros territorios. Viene de los suburbios, de las favelas, de los bailes (funk), de las iglesias, de los encuentros en la calle, de los lugares donde la música no es apenas un lenguaje artístico, sino una herramienta cotidiana de supervivencia, afecto e identidad”.

Por su parte, la investigación sonora de Amaro Freitas, cocinada a dos mil kilómetros de Río de Janeiro, está vinculada a estilos afrobrasileños de otras regiones de Brasil. El autor de discos como Sangue negro (2016), Sanfoka (2021) o Y’Y (2024) considera que hace jazz pero también música experimental. “Es también la deconstrucción tradicional del piano que lleva para el piano otro tipo de perspectiva rítmica, melódica, percusiva, de los tambores del maracatú, del frevo, del baião, que se mezclan con coco, con ciranda, con caboclinho, pero también se mezcla con samba, con una perspectiva moderna”, asegura Freitas.

⁄ El jazz, vinculado tradicionalmente a las élites, se acerca a los suburbios: se diluyen viejas barreras geográficas y culturales

La eclosión del nuevo jazz afrobrasileño está provocando un proceso de deselitización del jazz. En Cura (2020), Liberdade (2024) y Lar (2025), Ferr desacraliza totalmente el jazz clásico, usando incluso el autotune, un procesador de audio que modifica la voz en tiempo real, usado en estilos de música electrónica. “El otro día, un conductor de Uber me dijo: «¡eres el pianista de Tik Tok!». También tengo un público de terreiros (templos de religiones afrobrasileñas). Hace poco, di un concierto gratuito en Madureira, un miércoles, y había casi dos mil personas en la calle para verme. La mayoría eran negros. Rompí la burbuja del jazz”, sostiene Ferr. El nuevo jazz afrobrasileño está diluyendo viejas barreras geográficas y culturales. Cambió el perfil no solo de quien toca jazz, sino de quienes lo escuchan. El Favela Jazz Festival de São Paulo o las siete ediciones del Mulambo Jazzagrário (2016-2023), que ocurría en periferias y favelas de Río de Janeiro, son una buena prueba de ello. “Durante mucho tiempo el jazz en Brasil estuvo vinculado a la élite. Eso creó barreras para mucha gente que pensaba que el jazz era música de ascensor”, afirma Tânia Artur.

Si Tom Jobim levantara la cabeza, ¿qué pensaría del nuevo jazz afrobrasileño? El músico que hacía sambinhas posiblemente se involucraría en el tributo afrobrasileño que Nanny Assis y el titán Ron Carter preparan para el centenario de su nacimiento, el año que viene. Tal vez incluso se involucraría en el documental Afro Jobim, que grabará este año en Benín para demostrar que el balanceo de la chica de Ipanema, inmortalizado en la canción más célebre e internacional de la bossa nova, también tenía raíz africana.

El jazz y Brasil: un amor a primera vista

En 1922, el grupo Os Oito Batutas, del que formaba parte el entonces flautista Pixinguinha pasó seis meses tocando en una sala de París. A su regreso, Pixinguinha incorporó a su repertorio elementos de las big bands que conoció en Francia: empezó a tocar el saxofón e hizo dialogar estilos populares brasileños como el choro, la valsa o la samba con el charlestón, el foxtrot y el ragtime. El guitarrista Laurindo Almeida, que llegó a Estados Unidos en 1947 para tocar en la banda de Carmen Miranda, tuvo un papel importante en la introducción del jazz en Brasil. En la década de los cincuenta, la samba y el bebop se aproximaron. Un single de Jonhy Alf de 1952, dos discos de vinilo de Laurindo Almeida de 1954, Chá dançante (1956) de João Donato y Turma da Gafieira (1957), del grupo Turma da Gafieria, en el que tocaba el guitarrista Baden Powell, fundaron un nuevo estilo, la samba-jazz, precursor de la bossa nova. Sin embargo, fue el nacimiento de la bossa nova en 1958 lo que propició el desembarque del jazz en Brasil y su mezcla con diferentes estilos. A su vez, la élite del jazz estadounidense quedó encantada con la bossa nova, un estilo que, a pesar de tener una diferencia rítmica con el jazz, compartía su sofisticación armónica.

En 1962, el guitarrista Charlie Bird y el saxofonista Stan Getz lanzaron Jazz samba, con clásicos de la bossa nova como como Desafinado o Samba de uma nota só. No obstante, el parteaguas para el romance del jazz y la bossa nova fue el disco Getz/Gilberto (1964), colaboración de Stan Getz y João Gilberto, que incluía la mítica The girl from Ipanema, cantada por Astrud Gilberto. Desde entonces, muchos músicos brasileños se instalaron en Estados Unidos y desarrollaron parte de su carrera allí, en estrecha relación con el jazz y la bossa nova. Fue el caso de Sergio Mendes, Bola Sete, Luis Bonfá, Tânia Maria, Marcos Valle, João Donato, Airton Moreira, Flora Purim o el propio Tom Jobim, abrazado por la élite del jazz. Algunos artistas pasaron temporadas en ambos países, favoreciendo el intercambio musical.

En Brasil, tras la eclosión de la bossa nova, se consolidó la samba-jazz, también conocida como hard bossa nova, en relación directa con el bebop. El nuevo estilo, aunque interpretase clásicos de la bossa nova, permitía mayor libertad rítmica, cierta estridencia en las voces e improvisación. La samba-jazz tuvo en el trío de batería, piano y contrabajo su formato más habitual. Destacaron formaciones como el Zimbo Trio, Tamba Trio, Milton Banana Trio o Jongo Trio, que a veces acompañaban a cantantes como Elizeth Cardoso o Elis Regina. João Theodoro Meirelles, César Camargo Mariano, Duduka da Fonseca o Edison Machado fueron también nombres destacados de la samba-jazz. Brillan con luz propia el pianista negro Dom Salvador (especialmente con el Grupo Abolição) y Moacir Santos, que hilvanó música popular brasileña con sonoridades de big band. Su álbum Coisas (1965), que pasó desapercibido entonces, es hoy considerado como uno de los mejores de la historia de Brasil.

Los años setenta abrieron la música brasileña a la psicodelia, la black music estadounidense y la fusión. Artistas como Dom Um Romão, Eumir Deodato o el grupo Azymuth entraron al amplio género de fusión, con paisajes de funk, arreglos jazzísticos, toques de rock y el ritmo balanceado del género que fue llamado samba soul o samba rock. Sin embargo, fueron dos multiinstrumentistas, Egberto Gismonti y Hermeto Paschoal, quienes abrieron nuevos horizontes para el jazz brasileño. Gismonti hizo convivir ritmos e instrumentos de la cultura popular brasileña con sintetizadores y elementos tecnológicos. En colaboración con el percusionista Naná Vasconcelos, cocinó el influyente Dança das Cabeças (1976). Por su parte, el autodidacta Hermeto Paschoal pasó a tener gran proyección internacional tras lanzar Slaves mass (1976). Paschoal tocó en los principales festivales de jazz del mundo y con figuras como Dizzy Gillespie, Chick Corea, John McLaughlin o Stan Getz, entre otros. Hasta su muerte en 2025, Paschoal, que mezclaba con naturalidad músicas folklóricas, ha sido considerado el mayor y más ecléctico representante del jazz brasileño. Por otro lado, el guitarrista Toninho Horta ocupa un lugar destacado en el jazz brasileño. Tras su participación en el legendario Clube da Esquina (1972) de Milton Nascimento, Toninho Horta tocó con los mejores músicos brasileños. Sus discos en solitario Terra dos pássaros (1980) y Moonstone (1989) son considerados clásicos. A lo largo de su carrera, a medio camino entre EE.UU. y Brasil, Horta ha tocado con artistas internacionales como Pat Metheny, Wayne Shorter, Herbie Hancock o Manhattan Transfer. La pianista Eliane Elias, incluida en el recopilatorio Calle 54 de Fernando Trueba, es un nombre clave, en tanto que puente entre la bossa nova, el jazz y el latin jazz.

Las capitales brasileñas tienen una vibrantes escena de jazz. La casa Blue Note tiene sede en São Paulo y en Río de Janeiro. En São Paulo se localiza el Bourbon Street Music Club, que ejerce de conexión con músicos de Nueva Orleans y organiza el prestigioso Bourbon Jazz Festival en la ciudad de Paraty, por el que pasan grandes estrellas de todo el mundo.

Stan Getz y Astrud Gilberto, en un cartel publicitario de la película 'Get Yourself A College Girl',de 1964 
Stan Getz y Astrud Gilberto, en un cartel publicitario de la película ‘Get Yourself A College Girl’,de 1964  LMPC / Getty

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