Mecenas en clave mayor: Bulgari entra en la Bienal de Venecia

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Por Raquel Fernández SobrínPortada

Mecenas en clave mayor: Bulgari entra en la Bienal de Venecia

Arte

Una alianza hasta el 2030 que va más allá del patrocinio

Con los tres artistas escogidos Bulgari habla de legado y cambio

Con los tres artistas escogidos Bulgari habla de legado y cambio

Matteo Gebbia

Raquel Fernández Sobrín

13/09/2026 06:50 Síguenos en Google 0:00 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

A pocos pasos del Arsenale, una serie de superficies fotográficas parece formar pequeñas olas. Lotus L. Kang trabaja con papeles fotosensibles expuestos durante meses a la luz natural. El resultado no es exactamente una fotografía, sino una piel: una materia que se dora, se vela y continúa cambiando mientras el visitante la mira. En una Bienal atravesada por las ideas de tránsito, duelo, escucha y regeneración, la instalación funciona como introducción inesperada al proyecto cultural de Bulgari.

La casa de joyería romana, más acostumbrada a materiales que prometen permanencia que a superficies destinadas a transformarse, será socio exclusivo de la Exposición Internacional de Arte de la Bienal de Venecia en los años 2026, 2028 y 2030: una alianza prolongada con una institución que todavía ordena la conversación artística internacional. La 61.ª edición llega bajo el título In minor keys y con una biografía delicada: fue concebida por Koyo Kouoh y desarrollada después por el equipo que ella misma había reunido antes de fallecer. Su ausencia atraviesa el proyecto sin convertirlo en un mausoleo; al contrario, parece obligarlo a moverse.

La joyería fue la primera forma de arte desarrollada por la humanidad”

Matteo Morbidi

Director de la Fundación Bulgari

Para Bulgari, entrar ahí exige responder a una pregunta elemental: qué hace una firma de alta joyería dentro de una exposición internacional de arte contemporáneo. Matteo Morbidi, director de la Fundación Bulgari, contesta con una tesis de claridad seductora. “La joyería fue la primera forma de arte desarrollada por la humanidad”, sostiene. Antes de los pigmentos, las esculturas o los edificios, el ser humano ya convertía conchas, cuentas, piedras o metales en objetos simbólicos: adornos, pero también signos de ­poder, deseo, protección, identidad o pertenencia. 

La joya, en esta lectura, no aparece como un accesorio tardío de la civilización, sino como una de sus primeras formas de lenguaje.

La intervención de Lara Favaretto en la Biblioteca Marciana transforma el libro y la misma biblioteca en materia viva de la exposición
La intervención de Lara Favaretto en la Biblioteca Marciana transforma el libro y la misma biblioteca en materia viva de la exposición rui_ t-space studio

El oro, las gemas, el oficio manual y la lentitud de los talleres pertenecen a otro régimen temporal. Quizás por eso resultan tan útiles en Venecia, una ciudad donde todo lo que parece eterno vive amenazado por el agua y el turismo. “Bulgari crea arte”, dice Morbidi bajo una monumental tormenta de primavera. La frase sitúa la joyería no en la periferia del arte, sino en una de sus genealogías posibles.

La Fundación Bulgari nació en el 2024 para ordenar una actividad que ya existía de manera dispersa. Tras la integración en el grupo LVMH, el antiguo impulso cultural de la familia Bulgari adquirió una estructura más reconocible, articulada alrededor de tres pilares: arte y mecenazgo, educación y filantropía, y transmisión del savoir-faire. En la práctica, eso significa restauraciones, apoyo a artistas, programas formativos y defensa de oficios manuales.

Bulgari, socio exclusivo de la Bienal Arte 2026
Bulgari, socio exclusivo de la Bienal Arte 2026 Bulgari

El mapa resulta amplio: termas de Caracalla, área sacra de Largo di Torre Argentina, escalinata de la plaza de España, mausoleo de Augus­to, San Luigi dei Francesi, Fundación Torlonia. En Milán, la firma anunció una donación de 900.000 euros al Museo del Novecento para apoyar su ampliación hacia el arte contemporáneo. La lista podría parecer una enumeración de prestigio si no revelara algo más interesante: la voluntad de dejar de actuar por intervenciones aisladas y empezar a comportarse como una institución cultural paralela.

Desde hace una década, Bulgari trabaja además con el MAXXI a través del premio que lleva su nombre. Morbidi insiste: “No se trata únicamente de las artes del pasado, sino también de las artes del porvenir”. El patrimonio, parece decir, no se conserva acumulando reliquias, sino creando sistemas de transmisión. La cuestión es quién controla esos sistemas. El mecenazgo nunca ha sido inocente. Hoy la legitimidad cultural se ha convertido en una de las divisas más codiciadas del lujo. Ya no basta con fabricar objetos deseables.

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El espacio de Bulgari trabaja contra cualquier lectura demasiado grandiosa de ese poder. La obra de Kang no celebra la solidez, sino la porosidad. Además de los papeles fotosensibles, incorpora una película de 35 milímetros desplegada en el espacio, imágenes de marismas en Corea del Sur, tatamis convertidos en esculturas y 49 botellas, una referencia al estado liminar del espíritu tras la muerte en ciertas tradiciones budistas. No hay nada inmóvil, ni siquiera aquello que aparenta serlo.

La elección dialoga con las otras artistas vinculadas al proyecto de Bulgari, que tienen como marco la Biblioteca Marciana, una de las grandes custodias de la memoria veneciana. Sus libros, documentos y archivos convierten el pasado en materia acumulada, no en abstracción. Allí, Lara Favaretto y Monia ben Hamouda encuentran un contexto especialmente elocuente. Favaretto trabaja con la memoria, la desaparición y aquello que queda cuando un acontecimiento se ha retirado. Ben Hamouda explora la relación entre lenguaje, materia, gesto e identidad. Junto a Kang, sus obras no parecen estar ahí para embellecer la presencia de una marca, sino para complicarla. Hablan de transformación, fragilidad, huella, pérdida y reparación: todo aquello que una casa de legado debe aprender a negociar si no quiere convertir el pasado en decorado.

El montaje de Monia ben Hamouda en la Biblioteca Marciana, donde caligrafía, gesto e identidad entran en diálogo con la memoria veneciana
El montaje de Monia ben Hamouda en la Biblioteca Marciana, donde caligrafía, gesto e identidad entran en diálogo con la memoria veneciana Matteo Gebbia

Hay algo revelador en que Bulgari, cuyo vocabulario visual se ha construido sobre la intensidad cromática, la exuberancia romana y el brillo de las piedras, encuentre su reflejo en una edición titulada In minor keys. Su identidad se reconoce en el volumen, la serpiente, el cabujón, el oro amarillo, las combinaciones inesperadas de materiales. Sin embargo, el gesto veneciano le exige modular el tono. No se trata de hablar más alto que el arte, sino de aceptar el registro menor: acompañar, financiar, producir contexto, sostener sin ocupar todo el encuadre.

Al final, la Bienal siempre ha sido también una historia de patrocinadores, naciones, prestigio, diplomacia y poder blando. Lo que cambia es el tipo de actores que reclaman sitio en esa mesa. Bulgari llega a Venecia con una narrativa sólida, pero también con una pregunta incómoda: qué permanece, qué se transforma, qué merece ser cuidado y quién decide.

Cuando el sol entra de determinada manera en la instalación de Kang, la película proyecta su imagen sobre el suelo. La obra deja de estar solo colgada o extendida y empieza a ocupar el aire. La cuestión, en Venecia como en el lujo, es cuánto dura esa imagen cuando cambia la luz.

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