Wisława Szymborska, cómo ser poeta: “Sea lo que sea la inspiración, nace de un continuo no sé”
Por Autor Generico — Portada
Wisława Szymborska, cómo ser poeta: “Sea lo que sea la inspiración, nace de un continuo no sé”
Literatura
Se cumplen treinta años de la concesión del Nobel de Literatura a la poeta polaca, autora de una obra deslumbrante

La poeta fumando en el 1997
Getty Images
Sofía Macías
21/10/2026 06:50 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Entre otras cosas, Wisława Szymborska fumaba mucho. En Estocolmo, durante la cena del Nobel, entre discursos, vestidos largos, caviar y todo el ceremonial, salió a encender un cigarrillo. El rey Carlos XVI Gustavo, sentado a su lado, decidió acompañarla. Su discurso en la entrega comenzó reconociendo que casi nunca hablaba de poesía porque sospechaba que no se le daba demasiado bien. Por eso, avisó, sería breve: toda imperfección resulta más soportable en pequeñas dosis.
No es una mala escena para empezar a hablar de Szymborska (1923–2012), pero para conocerla hay que buscarla bastante más atrás del Nobel de 1996.
Nacida en 1923 y criada en Cracovia, Szymborska vivió la ocupación nazi y la Polonia comunista. Militó durante años en el Partido Obrero Unificado Polaco, hasta que en 1966 devolvió el carné en solidaridad con el filósofo Leszek Kołakowski.
El talento literario no es un fenómeno de masas”
Pero quizá para conocerla haya que buscarla bastante más lejos del Nobel. Desde 1960 compartió con Włodzimierz Maciąg el Correo literario de Życie Literackie, donde respondían a los manuscritos que jóvenes aspirantes a escritores enviaban a la redacción. Las respuestas, reunidas después en libro, forman una suerte de consultorio literario en el que Szymborska no parecía especialmente interesada en decir a quien acudía a consulta lo que quería oír.
Allí emplea con una naturalidad sorprendente una palabra que los escritores suelen pronunciar con cierta cautela, sobre todo cuando se trata de decidir quién lo tiene: talento. “El talento literario no es un fenómeno de masas”, escribe en una de las respuestas. En otra tranquiliza a un corresponsal: “La falta de talento literario no es ninguna deshonra”. También les ocurre, recuerda, a personas inteligentes, cultas, nobles y extraordinariamente dotadas en otros campos.
Pero el talento tampoco sirve como excusa para no trabajar. “Al talento no le basta con la inspiración”, escribe a otro aspirante. Todos nos sentimos inspirados de vez en cuando; solo algunos son capaces de pasar horas frente a una hoja de papel perfeccionando “los dictados del espíritu”. De ahí, concluye, que haya una infinidad de “inspirados rimadores”, pero pocos poetas de verdad.

A otro autor le recomienda reescribir cada relato cinco veces más y le recuerda que Chéjov reescribía los suyos siete y Thomas Mann hacía cinco correcciones. Cuando un lector la acusa de cortar las alas a los jóvenes talentos, Szymborska contesta que no cree en criar “retoños literarios” entre algodones. A veces un retoño piensa que llegará a ser un roble y el editor solo alcanza a ver una brizna de hierba. Aunque Szymborska admite que también el editor puede equivocarse: quizá aquel retoño crezca y termine demostrándoselo.
Décadas después, en Estocolmo, volvió sobre la inspiración. Y volvió para desmontarla. No era patrimonio de poetas ni artistas, dijo. Puede sentirla un médico, un profesor, un jardinero: cualquiera que haya elegido su oficio y consiga practicarlo con amor, imaginación y curiosidad. “Sea lo que sea la inspiración nace de un continuo no sé”.
Quizá no sea casual que una escritora tan poco temerosa de pronunciar la palabra talento concediera semejante importancia a esas otras dos palabras. El poeta, “si es genuino”, debe seguir repitiéndose “no sé”. Cada poema intenta responder y, apenas llega al punto final, su autor empieza a sospechar que aquella respuesta era provisional e insuficiente. Entonces vuelve a intentarlo. Con los años aparecen los historiadores de la literatura, reúnen con un enorme clip los sucesivos resultados de esa insatisfacción y lo llaman “obra”.

En Miedo escénico, Szymborska vuelve a reírse de la solemnidad del oficio. “Poetas y escritores. / Porque así es como se dice”, comienza. Imagina la P mayúscula de la Poesía, una lira alada y a la poeta que debería entrar volando en vez de caminando con unos zapatos de oferta, pesados y chirriantes. Ella había escrito sus poemas sin preocuparse demasiado por decidir si aquello era poesía y, mucho menos, qué clase de poesía.
En el Nobel imaginó también qué clase de película podría hacerse sobre un poeta trabajando: alguien sentado a una mesa o tumbado en un sofá, mirando inmóvil una pared. Escribe siete versos, quince minutos después tacha uno y pasa otra hora durante la cual no sucede nada. “¿Quién soportaría ver algo así?”.
Treinta años después de aquel Nobel, seguimos sin saber muy bien qué es el talento literario. Szymborska tampoco dejó una fórmula para reconocerlo. Sí dejó algunas pistas sobre lo que no basta: querer escribir, sentirse inspirado, llamarse poeta.
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