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Sergi Pàmies Bertran

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El talento se impone al arbitraje

Por la escuadra

19/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Contra los análisis y los planes de partido, Lamine Yamal propone la ancestral solución individual. Espoleado por una creatividad infinita, encarrila los partidos con jugadas que refuerzan el músculo competitivo del Barça y sitúan al jugador en una élite con un derecho de admisión muy exigente. La secuencia de su primer gol en La Cartuja es un monumento a la eficacia minimalista. Incluye gestos aprendidos en la calle y ensayados en semanas, meses y años de voluntad de lograr que lo soñado pueda llegar a ser posible.

Guardiola contaba que, en el vestuario del dream team, cuando querían saber cuáles eran las posibilidades del equipo, miraban a Romàrio y deducían, sin intercambiar palabra alguna, que el brasileño ya se encargaría de encauzar la victoria. En el caso de Romàrio, era un superpoder intermitente, pero, gracias a Messi, descubrimos que era posible mantenerlo como una corriente que dejaba de ser arbitrariamente alterna para transformarse en gloriosamente continua.

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Las decisiones arbitrales conectan con un menú emocional que nunca es objetivo

Teniendo en cuenta que Lamine Yamal solo tiene 19 años, está gestionando con inteligencia un crecimiento que ya le permite disfrutar de un trato preferente en las rotaciones y, además de acumular posteridad y patrocinios, centralizar las miradas de las cuales hablaba Guardiola. Que conste que las nuestras las tiene más que aseguradas. De hecho, las alimenta con detalles que nos recuerdan por qué nos gusta tanto el fútbol y de dónde nos viene –¡es la infancia, estúpidos!– esta manía incurable.

El gol del Betis que marcó Lo Celso también pertenece a la categoría de jugadas soñadas. Una volea alta que, por la belleza del gesto y la perfección de la ejecución, debería haber subido al marcador. Si, ya lo sé: en el inicio remoto de la jugada hubo unas manos voluntarias de un jugador del Betis que, siendo estrictos con el reglamento, invalidan la acción posterior. Y aquí, como siempre, vuelven a emerger los fantasmas subjetivos que funcionan siguiendo la lógica de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio.

Lamine Yamal, sonriente junto a Koundé tras marcar el primer gol en Sevilla
Lamine Yamal, sonriente junto a Koundé tras marcar el primer gol en Sevilla Marcelo del Pozo / Reuters

La aplicación de esta justicia se ha querido perfeccionar con el VAR, que, en la práctica, funciona cuando toma decisiones que nos favorecen y es un instrumento diabólico cuando nos perjudican. Evidentemente, hay un margen de jugadas ambiguas para las cuales aceptamos la intervención del VAR porque nos ahorran un desgaste emocional. Pero en Sevilla, y aunque la victoria del Barça fue irrefutable, no hay que descartar que algún culé pensara que, si la situación se hubiera invertido, lo habríamos considerado un arbitraje escandalosamente parcial. De hecho, Manuel Pellegrini se indignó con una vehemencia inusual, que retrata las contradicciones entre la paja y la viga. ¿Arbitraje injusto? En alguna jugada, puede que sí. ¿Debemos fustigarnos y, de rodillas, ir a pedir perdón a la basílica de la Mercè rememorando los tragicómicos sermones de Nicolau Casaus? Ni hablar. Todos los equipos tienen un historial de decisiones arbitrales que, en función de la conveniencia, nos sirven para reforzar nuestras convicciones. Y en el caso del Barça actual, los arbitrajes no inhabilitan en absoluto una continuidad y una progresión en el buen juego que mañana, en un París especialmente inflamado, necesitaremos más que nunca.

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