Callejón Pacheco, una burbuja creativa en el corazón de Prosperidad
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Callejón Pacheco, una burbuja creativa en el corazón de Prosperidad
Artesanía
Donde antes hubo carpintería, fontanería y hasta un taller de coches, cobra vida una comunidad artesana en un antiguo callejón en el popular barrio de Prosperidad, en Madrid

Kavita Parmar. Activista por la moda sostenible y patrimonial, es amante de los tejidos de origen natural. Acude todos los días a este local donde es feliz. Vende sus propios diseños y los de amigas
James Rajotte
Lidia A. Costa
19/10/2026 06:50 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
“Me he entregado porque me entusiasma la idea del callejón: un mundo pequeño y mejor, una burbuja de calma y un lugar donde vienes a estar, a disfrutar y a aprender”. La artista multidisciplinar Alicia Estefanía, nuestra guía en este recorrido, define así Callejón Pacheco, este rincón repleto de plantas y con sillas en la puerta surgido en el 2018 en el barrio madrileño de Prosperidad. Resulta una especie de resoplo creativo en una zona que sufre la tensión entre la homogenización de su paisaje y la turistificación; la resistencia del comercio local y los oficios de barrio.
Donde antes hubo talleres mecánicos y pequeños almacenes de fontanería, electricidad o materiales de construcción –de aquella época solo se mantiene activa una imprenta–, hoy se ha consolidado un pequeño vecindario creativo. Organizado como una comunidad horizontal y habitado por pintoras, diseñadoras, joyeras o anticuarias, la inmensa mayoría son mujeres y amigas que coinciden en que en este lugar se respira algo especial.
Conviven locales con horario comercial con showrooms y talleres que abren solo con cita previa o durante sus “aperturas”
Conviven locales con horario comercial con showrooms y talleres que abren solo con cita previa o durante sus ya populares y esperadas “aperturas”: esos días en los que todas se ponen de acuerdo para abrir sus locales al público. En cada edición —la próxima será el 28, 29 y 30 de octubre en horario de 11 h a 18 h— el éxito de convocatoria es aún mayor. (Spoiler: hay tortas por alquilar un local, y ninguno está disponible)
“Las primeras en llegar fueron Águeda González-Vallés y Bea Meléndez, de Sine Nomine”, comenta la artista multidisciplinar Alicia Estefanía sobre las dueñas de una tienda de decoración y muebles antiguos. Afirma que lo que sucede en el callejón “es una obra en sí; crear una energía entre un grupo de personas y que otras vengan y disfruten de lo mismo es una forma de arte”, apunta. Y continúa: “Aquí impera la belleza y rescatamos oficios antiguos. En mi caso, traigo la pintura decorativa y el estuco al óleo. Sé que ahora no está de moda, pero me gusta mantener vivo el oficio”, comenta.

Aparte de exhibir, Estefanía es también la impulsora de El Contenedor, en un espacio contiguo. “Lo llamo así porque tiene la forma y medidas de un contenedor, y funciona como tal: se llena y se vacía; lo alquilo para talleres, ventas y exposiciones. El talento ajeno también nos nutre a nosotras”, reconoce.
Al lado se encuentra el taller de la joyera Belén Fernández-Vega, creadora de la firma To Be Continued. “Pasé por varios espacios antes de quedarme aquí”, cuenta desde su local, una antigua tienda de electricidad y, después, almacén de la imprenta. “Estaba lleno de agujeros y enchufes, los tapé y le hice un pequeño lavado de cara”, recuerda sobre el austero y a la vez maravilloso espacio. Destacan dos gemelos en desuso que hoy son anillos: el pajarito colgante de un collar hippy de Menorca y el cordón de plata de una pulsera precolombina de su madre que, fundido, se ha transformado en la jaula de una de sus icónicas aves. A Fernández-Vega le gusta la dualidad. Rompe las reglas con “reciclaje natural, como las croquetas o la ropa vieja que más tarde salen de un cocido”. Y sobre los relojes que desmonta y recrea, hace una confesión: “Llego siempre tarde, y tengo obsesión por los relojes, pero solo por los rotos. Para no tener esa presión que me hace superchiquita. Me calma que siempre sea la misma hora”.

A este mismo lado del callejón, el izquierdo según se accede desde la calle, tienen también su showroom las últimas en llegar: la interiorista Ana Colón y su hija Blanca Avilés, diseñadora. Su pequeño local está repleto de preciosos revestimientos de paredes realizados artesanalmente en varios países de Asia y siempre con fibras naturales. “Aportan bienestar psicológico y físico, te envuelven y te aíslan”, señala Colón. Venden dos colecciones: una con base de fibra texturizada, pero sin diseño, y otra con sus propios diseños por impresión. Aviso: el local se les está quedando pequeño y quizás no durará mucho más: “Y con mucha pena, tengamos que volar…”.
En la acera de enfrente, la pintora Anita Suárez de Lezo recuerda que fue una de las primeras en llegar, de la mano de su prima Beatriz Meléndez, de Sine Nomine. Se instaló en una antigua carpintería hoy convertida en su centro de operaciones y laboratorio donde el colorido y la geometría embriagan al visitante. Mientras que al principio de su tiempo en el Callejón sentía la soledad, “entre nosotras han crecido muchas sinergias”, y añade: “Y la gente que viene, artistas y público, es superapetecible. Me gusta también que en el barrio aún se mantienen negocios de toda la vida”. Sobre su estilo, la artista, que ha hecho colaboraciones con firmas como Louis Vuitton, explica que “soy colorista y la geometría es mi lenguaje”. Sus obras responden a la necesidad de expresar las poderosas conexiones que existen entre el color y las emociones, y hasta la sudadera con la que trabaja, “sucia” y “manchada” de mil trazos y tonos, podría ser todo un objeto de deseo.

Otra de las primeras en habitar este lugar fue Kavita Parmar, diseñadora y amante de la recuperación del textil patrimonial. Tras vender su local en el Callejón de Jorge Juan, buscaba un nuevo lugar donde ubicarse y el barrio “me recordaba a Brooklyn”, comenta la creadora y activista, que vivió durante años en Nueva York. Para sus diseños, recupera tejidos naturales y sostenibles de todo el mundo y colabora con otros artistas y artesanos como Ana Lamata (“una de las mejores sombrereras que hay”) o la florista y profesora Ana Belén Rodríguez (“coincidimos en que no compramos nuestros materiales, sino que los recogemos del campo”).
Durante el paseo con Parmar, nos cruzamos con el arquitecto Jorge Rodríguez Plaza, que se marcha a una reunión. Trabaja junto a su pareja y también arquitecta Laura Santiago Ryan. Su estudio, Rodríguez Plaza Arquitectura, se sitúa en uno de los extremos del Callejón.

Pero aquí no solo exponen su arte las “vecinas habituales”. En las aperturas al público suele haber alguna artista invitada, como es el caso de la fotógrafa Patricia Ferrol, hija del reconocido fotógrafo fallecido Manuel Ferrol. La fotógrafa expone un proyecto sobre la pesca de la costa atlántica de Caparica, Portugal. Es una serie de imágenes maravillosas que demuestra la dureza, y al mismo tiempo la belleza, de la pesca ancestral. “Es un trabajo artesanal, y la bravura del mar a veces lo hace muy duro. Quiero conservar la memoria de este oficio tan exigente”, explica.
La escultora Victoria de Liñán expone su obra en un local multiusos, The Pottery, que también alberga talleres de cerámica. “Aquí hay un núcleo muy familiar y entrañable”, reconoce De Liñán sobre el lugar mientras nos enseña sus piezas. Son el fruto de un conocimiento autodidacta acumulado en oficios como la soldadura, la fontanería y la carpintería, y de la lectura de mucha filosofía. Su último descubrimiento ha sido el cemento, y advierte de la necesidad de dignificar los oficios. “No hay relevo generacional y es un drama
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