Por Fabrizio Mejía Madrid — La Jornada

Una mañana, tras un sueño intranquilo, te despertaste decidido a ser el único en el mundo. La noche anterior habías repasado el camino de siempre en tu vida: al inicio, como cada vez, te pareció que te completaban, que eran recíprocos y te alimentaban sin pedir algo a cambio pero, en el camino, cuando los convertiste en horarios, rutinas, frases de complicidad, risas compartidas, recuerdos evocables, algo se resquebrajó. De sus grietas emergió una burla irreconocible, oscura, truculenta. De pronto, las diferencias eran irreconciliables y el rechazo creciente hacia lo que antes parecía completarte, te volvió un poco paranoico y muy voluble. Concluíste en cuanto abriste los ojos: nadie es compatible con nadie.

Fonte: La Jornada

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