No es lo mismo
Por Violeta Assiego — eldiario.es – eldiario.es

Cuando hablamos de cáncer de mama, también tenemos que hablar de feminismo, racismo, pobreza, discapacidad, precariedad laboral, cuidados y derechos. No es lo mismo comprar un producto con un lazo rosa que exigir presupuestos para investigación, diagnósticos a tiempo y tratamientos accesibles
El cáncer de mama no nos afecta a todas por igual porque esta enfermedad no borra las desigualdades, sino que las atraviesa, las agrava y, muchas veces, las convierte en una cuestión de supervivencia. No es lo mismo tener cáncer con una nómina estable que sin contrato, sin derecho a baja o con miedo a perder el trabajo, tampoco lo es tener unas condiciones laborales que te impiden siquiera acudir a tus tratamientos. No es lo mismo vivir cerca de un hospital que recorrer cientos de kilómetros para recibir atención sanitaria, ni es lo mismo disponer de especialistas en tu provincia que encontrarte con un hospital que cuando tiene los equipos necesarios, igual no cuenta con profesionales para utilizarlos.
En el cáncer, el tiempo importa, y no todas las personas tenemos las mismas posibilidades de llegar a tiempo. Por eso, no es lo mismo poder pagar una prueba privada que esperar durante meses en una lista de espera, ni acceder a un programa de cribado a tiempo que sufrir retrasos en las pruebas, en la comunicación de los resultados o en las pruebas complementarias necesarias para confirmar un diagnóstico. No es lo mismo vivir con cáncer metastásico cerca de un centro de investigación, con información y posibilidades de acceder a ensayos clínicos, que hacerlo lejos de esos circuitos, sin conocer siquiera las opciones disponibles. Porque cuando los tratamientos tardan en llegar, lo que está en juego no es solo el tiempo de espera, sino nuestras oportunidades de vivir o de hacerlo con la mejor calidad posible.
No es lo mismo tener acceso a información clara y comprensible, conocer tus derechos y las alternativas terapéuticas que enfrentarte a decisiones médicas sin entenderlas o sin que nadie te explique todas las opciones. No es lo mismo vivir con una discapacidad y encontrar una sanidad accesible y adaptada a tus necesidades que enfrentarte a barreras físicas, comunicativas y administrativas que dificultan el acceso a las pruebas, los tratamientos y los cuidados. Tampoco es lo mismo enfrentarse a una enfermedad cuando tu cuerpo, tu origen, tu identidad o tu sexualidad quedan fuera de los modelos sobre los que se construyen la investigación y la atención sanitaria. Y, por supuesto, no es lo mismo enfermar con una red de cuidados que hacerlo sola, o con personas a tu cargo o una relación de pareja insana o marcada por la violencia.
Las desigualdades también enferman y condicionan nuestras posibilidades de vivir y de hacerlo con dignidad. Por eso, cuando hablamos de cáncer de mama, también tenemos que hablar de feminismo, racismo, pobreza, discapacidad, precariedad laboral, cuidados y derechos. Tenemos que preguntarnos quién llega a tiempo a un diagnóstico y quién no, qué cuerpos están representados en la investigación y cuáles permanecen invisibles, quién puede permitirse enfermar y quién tiene que afrontar, además, la incertidumbre de conservar su empleo, pagar el alquiler o conseguir que alguien cuide de sus hijas e hijos. Pero, sobre todo, tenemos que preguntarnos por qué seguimos tratando como problemas individuales lo que son responsabilidades colectivas, por qué se pone tanto énfasis en que nos cuidemos nuestro bienestar personal y tan poco en garantizar las condiciones necesarias para poder hacerlo. El cáncer, no solo el de mama, es una cuestión de salud pública y también de justicia social.
No es lo mismo comprar un producto con un lazo rosa que exigir presupuestos para investigación, diagnósticos a tiempo y tratamientos accesibles. La respuesta al cáncer no puede ser consumir más -a veces, incluso, productos que pueden enfermarnos-, sino garantizar derechos y recursos públicos. Por eso, hace cuatro años algunas empezamos a preguntarnos qué pasaría si el 19 de octubre dejara de ser el día en el que las marcas se visten de rosa y se convirtiera en el día en el que las mujeres atravesadas por el cáncer de mama saliéramos a las calles. ¿Y si algún día llegara a ser el 8 de marzo de esta causa? Y estoy convencida de que así será, cada año somos más y este lunes 19 de octubre, a las 19:00, quienes hemos vivido el cáncer de mama en nuestros cuerpos y en nuestras vidas nos concentraremos en Bilbao, Donostia, Madrid, Valencia, Las Palmas de Gran Canaria y Valladolid. El cáncer de mama no es rosa, ningún cáncer lo es. Y ninguna persona debería tener menos posibilidades de vivir, o de hacerlo con dignidad, por el lugar que ocupa en nuestra sociedad.
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