La descendencia
Por Maricel Chavarría Espuny — Portada

La descendencia 13/10/2026 00:30 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Desde que comenzó la guerra entre Israel y Palestina, el Gobierno israelí ha puesto en práctica una medida de emergencia que suaviza su ley de subrogación de gestación de bebés (alquiler de vientres) de manera que, a fin de perpetuar a sus soldados caídos, está permitida la extracción de esperma de sus cadáveres sin necesidad de orden judicial, por petición directa de los padres de la víctima. Dado el escaso porcentaje de soldados no judíos que luchan en el ejército israelí, es obvio que permitiendo que las familias decidan ipso facto se busca preservar la descendencia judía.

Esta norma se aplica desde el 2023. “Su hijo ha muerto, ¿quiere su semen?”, se pregunta por defecto. Los padres representan el 77% de las solicitudes. Y en Israel no existe una gestación subrogada que sea laica o civil: se circunscribe siempre a una religión. Y si el semen es de judío, su gestante ha de serlo también, por la interpretación de la ley rabínica de hace veinte siglos, que indica que el estatus judío del bebé lo determina la mujer que lo pare, independientemente de quien aporte el óvulo. Una vez parido el bebé, esa madre, cuya religión es vital para el proceso, ya puede retirarse y renunciar a sus derechos sobre la criatura.
Para perpetuar a los soldados israelíes muertos, se permite a sus familias la extracción de esperma
A esta mujer, por cierto, se le exige –o se le exigía, pues esa ley de subrogación es de 1996 y se ha flexibilizado– que sea soltera, viuda o divorciada, no fuera que el vástago naciera mamzer, fruto del “adulterio” de la madre, prohibido por la Torá. La ilegitimidad del bebé no la determina, así, la ausencia de autorización del soldado caído, que quién sabe si no murió asqueado y con depresión o con estrés postraumático por el cruento genocidio que debía llevar a cabo en Gaza. La ilegitimidad de ese ser que viene al mundo para mitigar el dolor de su abuela o abuelo y hacer grande la nación dependerá de la idoneidad judía de una mujer que no pinta absolutamente nada. Una mujer que se autorreduce a un útero –y que cobra por fideicomiso con un tope fijado por el Gobierno– para así evitarles a los juzgados una disputa por la custodia.

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Y toda esa combinatoria de leyes religiosas antiguas, métodos biomédicos avanzados y derechos de toda la vida sobre el cuerpo de las mujeres suena a discusión bizantina cuando a pocos kilómetros aparecen en los hospitales de Gaza cadáveres de niños palestinos con balas alojadas en la cabeza o en el pecho. Pequeñas víctimas selectivas que representaban el futuro de esa población palestina. Y Europa, noqueada, balbucea tratando de decidir si la edad de esas víctimas selectivas era de verdad tan corta como para tener que poner, sí o sí, el grito en el cielo.

Maricel Chavarría
Es redactora de La Vanguardia desde 1989, responsable en los últimos años de las áreas de ópera, danza y música clásica para la sección de Cultura. Anteriormente se especializó en temas de igualdad entre sexos y solidaridad. Ha publicado series sobre la prostitución y la evolución de las costumbres sexuales. Nacida en 1967 en Tortosa, en la comarca del Baix Ebre, es licenciada en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona y en fotoperiodismo por el International Center of Photography de Nueva York
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