Canadá: el despertar del enigmático vecino del norte

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Por John William Wilkinson — Portada

Canadá: el despertar del enigmático vecino del norte

Baúl de bulos

El actual primer ministro, Mark Carney, ha vuelto a poner a su país Canadá en el mapa tras plantar cara de nuevo a Trump

Ilustración para el 'Baúl de bulos'

Ilustración para el ‘Baúl de bulos’

(Martín Tognola)

John William Wilkinson

John William Wilkinson

11/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

A muchos estadounidenses les parece incomprensible que Canadá, pudiendo apuntarse al sueño americano, prefiera ir a su bola. Pero lo cierto es que, aunque superficialmente muy parecidas estas dos naciones norteamericanas, en el fondo se parecen como un huevo a una castaña.

A diferencia de su rutilante y locuaz vecino del sur, que navega en las cada vez más procelosas aguas de la desigualdad capitaneado por un Ahab desquiciado y una tripulación de oligarcas chiflados, Canadá, el país segundo en extensión del mundo, con una población de tan solo 40 millones de habitantes y que es una monarquía constitucional cuyo jefe de Estado es Carlos III de Inglaterra, sigue tranquilo su rumbo bajo el mando de su ponderado premier Mark Carney, que en septiembre expresó su deseo de convertir a su país en “miembro asociado” europeo.

Robert Francis Prevost son Mark Carney: dos norteamericanos con un solo destino: salvaguardar los valores humanistas

Y no se trata tan solo de una boutade sacada de la manga para salir del paso, sino que se basa en la pura realidad desconocida o rechazada en Washington. A diferencia de sus vecinos del sur, los canadienses gozan de unos valores humanistas irrenunciables, una seguridad social universal, una casi aceptable, aunque siempre mejorable tasa de desigualdad, el rechazo a la pena de muerte, una envidiable calidad de vida y una cultura política proclive al consenso, incluso en asuntos tan peliagudos como el movimiento independista quebequés.

Si alguna vez destaca Canadá en la arena geopolítica, no es precisamente por ser miembro del G-7, sino por el protagonismo en los años 70 y los primeros 80 de Pierre Trudeau y su esposa, Margaret, pareja de moda como habían sido los Kennedy un decenio antes. Otro tanto se produjo con su hijo Justin Trudeau, premier entre 2015 y 2025, que se declaraba feminista y defensor de la sociedad multicultural y que tuvo la valentía a plantarle cara a Trump.

En cambio, casi nadie se acuerda de su predecesor, el conservador Stephen Harper (2006-2015), que hizo lo posible para que su país se asemejara cada vez más al de su violento y despiadado vecino del sur. Y eso hacía, paradojas de la vida, mientras Obama se esforzaba por “canadadizar” Estados Unidos.

El actual primer ministro, Mark Carney, ha vuelto a poner Canadá en el mapa. Lejos de amilanarse ante las constantes amenazas de Trump, le ha vuelto a plantar cara. El último mes de septiembre su discurso en el Parlamento Europeo causó un enorme revuelo, como ya había hecho anteriormente en el Foro de Davos, en enero. Propone nada menos que Canadá sea un “miembro asociado” de la UE. Al cabo de un mes, Andy Burnham sopesa el retorno del Reino Unido a la UE. Vaya, vaya.

Quizás no sea ninguna coincidencia que los dos hombres del momento en un Occidente desorientado sean precisamente el papa León XIV, de Chicago, y el canadiense Carney, o sea, vecinos solo separados por los Grandes Lagos cuyos nombres ahora osa Trump rebautizar.

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John William Wilkinson

Carney llegó a la política al cabo de una brillante carrera como banquero. Tras pasar por Goldman Sachs, fue gobernador del Banco de Canadá (2008-2012), es decir, durante la locura de la crisis financiera, para luego ser nombrado gobernador del Banco de Inglaterra (2013-2020), cargo que coincidió con el referéndum de Escocia, el Brexit y que terminó en plena pandemia. Fue el primer extranjero en ocupar el cargo.

Robert Francis Prevost y Mark Carney son dos norteamericanos con un solo destino: salvaguardar los valores humanistas que tanto han costado conseguir y que ahora peligran a causa de la polarización entre una ultraderecha envalentonada liderada por Trump y unas izquierdas que se hunden en sus propias contradicciones.

Ya lo dijo Carney en Davos: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Y Canadá bajo su mando está en la mesa.

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