Demagogia contra las plazas duras / Monumento a José Antonio
Por Lluís Permanyer Lladós — Portada

Demagogia contra las plazas duras / Monumento a José Antonio
Extractos de ‘Per Barcelona’
11/10/2026 06:00 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Demagogia contra las plazas duras
La campaña de las elecciones municipales crecía y los convergentes se sacaron de la manga una ocurrencia contra la política urbanística iniciada por Oriol Bohigas y mantenida después. Se trataba de desprestigiar el modelo de plazas que se estaban construyendo con generosidad. Así se popularizó lo de las “plazas duras”. No contentos con eso, calificaron al alcalde Maragall como el placitas, lo cual revela el estilo y el nivel de los oponentes, que no tardaron en añadir la perversa campaña para denunciarlo como si fuera un borracho, una falsedad chapucera y maligna.
Había sido inexcusable desplegar un programa tan ambicioso, ya que Cerdà había proyectado un Eixample casi sin plazas, y había destinado a huerto o jardín todos los centros de cada manzana; en la periferia, se había desplegado con el alcalde Porcioles un urbanismo arquitectónico carente de servicios básicos, que había convertido el barro en protagonista. De esta manera, la pavimentación fue interpretada por el vecindario como el muy anhelado progreso. Lo ha recordado y demostrado recientemente con ejemplar contundencia el más destacado “huertamaro”, Jaume Fabre, en su impecable y emocionante libro Cròniques del fang.
Dicho esto, los convergentes no entendieron nunca la diferencia que hay entre plaza, jardín y parque. La plaza es un espacio de comunicación para peatones. Las mejores plazas de los italianos, maestros admirados en la especialidad, son las pavimentadas, para favorecer una necesidad social relevante.
Es cierto que este tema no era nuevo, ya que en un Eixample al inicio de su construcción ya se criticaba la lenta y mala política urbanística municipal frente a la falta de actuación en la mejora de las calles. La prensa satírica denunciaba el polvo reinante y los gerundenses que nos visitaban le dedicaron el mote de Can Fanga, acostumbrados en su atractiva ciudad de piedra omnipresente. Mandaban entonces los dos extremos: el polvo o el barro.
No sorprendió que el oportunista saltimbanqui Luis Racionero, disfrazado de urbanista y pasado a la derecha más conservadora, cargara por ejemplo contra la reforma de la plaza Reial proyectada por los arquitectos Correa y Milà. Denunciaba la eliminación de los parterres, aunque la primera imagen, que perduró decenios, era de una plaza solo arbolada, ya que aquellas plantaciones florales no surgieron hasta finales de siglo. Al informarlo de la existencia de unas fotografías de la época que lo testificaban, me confesó que lo ignoraba.
Ya en 1991 empecé a defender con afán aquella política municipal de plazas pavimentadas, y seguí haciéndolo. Una de las primeras crónicas se titulaba Del polvo a la plaza dura, e iba ilustrada con cuatro viñetas satíricas publicadas en Almanac de la Campana de Gràcia 1892.
Monumento a José Antonio
Este monumento se iba demorando: no fue inaugurado hasta 1964. Se temía que la ceremonia congregara una de las tradicionales masas exigidas durante la dictadura; por eso, el relleno fue confiado a alumnos de escuela. Fue tardío y pronto fue polémico. El concurso lo había ganado el arquitecto Jordi Estrany y el escultor Jordi Puiggalí. La destacada crítica de arte Maria Lluïsa Borràs publicó un artículo en el cual denunciaba las muy sospechosas semejanzas observadas con el afinado trabajo escultórico de Aristides Maillol en el monumento de los soldados caídos en la Primera Guerra Mundial alzado en Banyuls. La disputa acabó en los tribunales, a favor de Borràs. Se trataba de un enorme artefacto indigestible en el ambiente político que ya se empezaba a perfilar. Aunque estaba en zona favorable, en el cruce de Infanta Carlota (Josep Tarradellas) y con la avenida de Sarrià, la dimensión exagerada era ya un inconveniente notorio a simple vista. Aunque ya había sido desposeído de los símbolos fascistas, en el 2001 reclamé la demolición. Recibí algunas cartas, todas en contra; recuerdo con especial afecto la que llevaba adjunta una hoja con diecinueve sellos de la efigie de Franco estampado en colorines variados y que colgué en una columna de la redacción de La Vanguardia. No se materializó la demolición hasta el 2009.
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