Por Josep Martí Blanch — Portada

Josep Martí Blanch

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Almas muertas 11/10/2026 00:35 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

En Almas muertas, la novela cumbre de Gógol publicada en 1842, el protagonista recorre la Rusia rural del siglo XIX con una idea en la cabeza: comprar siervos. A Pável Ivánovich Chíchikov, que así se llama el personaje, no le sirve cualquier esclavo atado de por vida a la tierra y al señor. Necesita que esté muerto. Por eso terratenientes y hacendados no dan crédito cuando escuchan su oferta. ¿De verdad este hombre va a pagar por una lista de nombres y apellidos de gente ya sepultada?

Su sorpresa era comprensible, pues desconocían el verdadero propósito del funcionario Chíchikov. El censo del imperio ruso se actualizaba de tarde en tarde y de manera muy irregular. El intervalo de tiempo para ponerlo al día podía superar de largo la década. En cambio, cuando un siervo fallecía,
su amo y señor continuaba obligado a liquidar el impuesto patrimonial asociado a la tenencia de siervos varones. Daba igual si estaban muertos, mientras en el censo todavía en vigor siguieran con vida.

   
    Mariscal / Efe

Comprando esos nombres sin vida, el funcionario Chíchikov libraba a los terratenientes de esa carga impositiva, abonando además un precio por ellos. A cambio, ese era el truco, él ponía en pie una mentira de lo más provechosa. Fingiendo ser el señor de una ingente cantidad de siervos, muertos pero vivos en el censo, conseguía aparentar una riqueza inexistente que utilizaba como aval para pedir grandes créditos. Una estafa a base de muertos. Un negocio redondo.

Una campaña electoral del siglo XXI, como la que ya hemos inaugurado en España, guarda similitudes con ese viaje de Chíchikov por la Rusia de hace dos siglos. Aunque ya no existan aquí los terratenientes que pueden comerciar con las almas que no les pertenecen. Así que el negocio ha de cerrarse directamente con los afectados, usted y yo, que como es fácil de advertir estamos vivitos y coleando.

Pero eso importa muy poco. Los Chíchikov del negocio electoral no buscan fallecidos en el sentido literal. A ellos les basta con que lo único que haya muerto sea la inteligencia, el pensar por uno mismo. Y para eso sirve básicamente una campaña electoral. Para freírle el cerebro al ciudadano. O refreírlo, en el caso de que ya lo estuviere antes de empezar.

El negocio de las inteligencias muertas. La utilización del caso Maricarmen, un cadáver que lamentablemente no es metafórico sino muy real, ejemplifica el ánimo de rapiña sobre el intelecto colectivo que acabamos de referir. Las abiertas acusaciones de posible pucherazo electoral en el voto por correo responden a esa misma lógica necrofílica.

La campaña perfecta es aquella que ciega la razón y arrasa con cualquier atisbo de complejidad

Da igual que el Chíchikov de turno sea de izquierdas, derechas o mediocentro. La campaña perfecta es aquella que ciega la razón y arrasa con cualquier atisbo de complejidad. Las técnicas para conseguirlo no demandan mucha ciencia, pero sí un plus de desvergüenza.

Lo primero es tratar al elector como a un niño incapaz. Basta para ello con empaquetar todos los mensajes como si fueran a dirigirse a bebés que aún portan el chupete en la boca. A esto se le llama simplificación y resulta básica para reducir la actividad cerebral al mínimo.

Cuando en los noventa se empezó a profesionalizar seriamente en España la comunicación política, los asesores insistían a los candidatos sobre la necesidad de que todo cuanto tuvieran que decir lo entendiese cualquier madre.

A esas madres, en el país machista de entonces, se las suponía sabias en recetas pero ignorantes en asuntos públicos. Así que si ellas lograban descifrar sin esfuerzo un mensaje, era señal inequívoca de que estábamos ante un discurso eficaz. Se apelaba a las madres, sí, pero en realidad lo que quería decirse es que al político debían entenderlo los idiotas. Y muy en particular los idiotas que se creen listos, es decir, la mayoría de ellos.

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La otra consigna era la emotividad. Nada de hablar de porcentajes o tratar cualquier asunto de un modo general. Había que bautizar con nombres propios todos y cada uno de los ejemplos. Decir que el paro era del X% no era nada dramático. En cambio, exclamar que tu amigo Ramon, con tres hijos, estaba en la cola del paro invitaba a la lagrimita.

Desde entonces décadas de perfeccionamiento. Importado mayormente de las avanzadas técnicas electorales de EE.UU., lugar al que nos dirigimos las demo­cracias europeas a base de aplicar su misma receta: haber convertido la política en el circo de la simplificación y la pura emoción. Pues copiar las fórmulas equivale, la mayoría de las veces a hacer lo propio con los resultados. A decir verdad, tenemos antecedentes propios. La Europa de las grandes tragedias se asentó sobre una lógica comunicativa muy similar.

Los bots rusos o de cualquier otra nacionalidad y los algoritmos, tan justamente denostados, no son más que otra vuelta de tuerca en el camino de perfección de estas técnicas que los candidatos democráticos practican convencidos y con entusiasmo. No hay ya quien no ponga de su parte en este modo embrutecido de funcionar. Simplificación y emotividad: Maricarmen. Chíchikov buscaba siervos, los candidatos votos. Almas o cerebros­. La condición es que estén muertos. Solo así, sin pensar, resultan rentables.

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