El Thyssen expone en Bolonia parte de las obras que residirán en el futuro museo de Barcelona
Por Francesco Olivo — Portada
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En el Palazzo Albergati
Una exposición reivindica el papel de los artistas catalanes en los orígenes del arte moderno

‘El puerto de Barcelona’ (1889), de Eliseu Meifrén, de la colección Carmen Thyssen.
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Roma. Corresponsal
08/10/2026 15:55 Actualizado 08/10/2026 16:23 Síguenos en Google 0:00 Audio generado por IA 0:00 0.5x 0.8x 1x 1.2x 1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR
Para ver el Museu Carmen Thyssen de Barcelona habrá que esperar todavía unos dos años. Mientras tanto, se puede ir a Bolonia, donde una parte importante de la colección de la baronesa se expone en Palazzo Albergati junto a préstamos de los principales museos y colecciones catalanas. Muchas de estas obras acabarán después en el Palau Marcet, en el paseo de Gràcia, futura sede del museo, cuya apertura está prevista entre finales del 2028 y principios del 2029.
La intención de la exposición, bajo el título De Gaudí a Picasso, obras maestras de la colección Carmen Thyssen, es abiertamente “reivindicativa”. Así la definen tanto el comisario Jordi Falgàs como Juan Manuel Sevillano, presidente de Stoneweg Cultura y del Museu Carmen Thyssen Barcelona. Lo que se reivindica en Bolonia es, sobre todo, el papel de Barcelona en el nacimiento de la modernidad europea, un papel del que, sostienen, no existe plena conciencia ni siquiera en Catalunya. “Queremos salir al mundo para decir lo que hemos sido y lo que somos”, dice Sevillano.
Como suele ocurrir por estas tierras, el escenario tampoco es banal. Palazzo Albergati, uno de los grandes palacios renacentistas de la ciudad italiana, fue levantado a partir del siglo XVI por la poderosa familia Albergati y conserva todavía en su interior salones decorados y frescos de los siglos XVII y XVIII.

La exposición se construye a partir del núcleo de la colección Carmen Thyssen, ampliado con préstamos de instituciones, colecciones privadas y galerías catalanas. Entre ellas figuran la Fundació Miró, el Museu d’Art de Girona —que aporta obras de la colección Santos Torroella—, el Museu del Disseny y distintas galerías y coleccionistas barceloneses. En total, alrededor de cuarenta obras proceden de la colección Thyssen y el resto han sido reunidas expresamente para completar este relato del arte catalán.
El recorrido se articula en cuatro secciones: la Barcelona realista y naturalista de finales del siglo XIX con artistas como Eliseu Meifrén; la explosión modernista de Gaudí, Casas, Rusiñol y Picasso; el retorno al orden mediterráneo del Noucentisme; y, finalmente, las vanguardias de Miró, Dalí, Torres-García, Barradas y Togores.
“Nadie discute el papel de París”, explica Falgàs. “Y tampoco el de otros grandes centros europeos, como Bruselas o Viena. Pero la contribución de Barcelona al nacimiento del arte moderno sigue siendo mucho menos conocida”. Y, sin embargo, esa contribución fue central, también y sobre todo más allá de los nombres hoy universalmente célebres.
“No se puede entender al joven Dalí sin conocer la pintura de Togores o de Sunyer”, observa el comisario. Y algo parecido sucede con Picasso. Si uno entra idealmente en Els Quatre Gats, Picasso es uno más entre los jóvenes que frecuentan aquel mundo, junto a figuras entonces mucho más consolidadas como Ramon Casas o Santiago Rusiñol.
Ni siquiera en Barcelona un planteamiento de este tipo resulta obvio. Paradójicamente, en París —y especialmente en el París de aquella época— sí lo era: Falgàs recuerda que artistas hoy mucho menos conocidos, como Togores, Anglada-Camarasa o Ricard Canals, podían disfrutar entonces en la capital francesa de una notoriedad igual o incluso superior a la de Picasso. “La historia del arte ha acabado dejando atrás a muchos de ellos”, dice. La exposición trata precisamente de volver a colocarlos en la fotografía.
“No se puede entender al joven Dalí sin conocer la pintura de Togores o de Sunyer”
El espíritu de Bolonia, en definitiva, es el mismo que se encontrará en el Palau Marcet: devolver a Barcelona la conciencia de una etapa que la propia ciudad, precisamente por familiaridad, ha terminado en parte dando por descontada. Sevillano lo explica con una imagen doméstica: para muchas familias catalanas aquellos pintores eran simplemente “los cuadros de los abuelos”, obras vistas desde siempre en casa, quizá en la biblioteca de la abuela, y que precisamente por eso habían dejado de provocar el asombro que merecían. “Si has crecido en la biblioteca de tu abuela y has visto tres Urgells, pues igual no te produce ninguna emoción particular”, observa.
Carmen Thyssen, en cambio, fue una de las primeras en intuir la fuerza de aquella etapa y en coleccionarla con convicción, cuando en Barcelona muchos seguían considerándola casi parte del paisaje familiar.

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Y la fórmula de Bolonia tampoco tiene por qué agotarse aquí. Sevillano explica que no se trataría necesariamente de hacer viajar esta misma exposición, con idénticas obras —muchos de los préstamos tienen plazos limitados—, sino de reproducir en otros países una propuesta similar a partir del núcleo de la colección Thyssen y de nuevas colaboraciones. La ambición es precisamente esa: que el esfuerzo reivindicativo iniciado en Italia pueda continuar en otras ciudades, incluso en otros continentes. De hecho, ya se habla de Asia.
De Bolonia se sale convencido de que aquellos cuadros de casa de la abuela eran, en realidad, el testimonio de una Barcelona que estuvo en el centro de la modernidad europea.
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