La clave para disfrutar de Viena como un vienés: busque un parque y póngase cómodo

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Por Francisco Rafael Lozano Morlesin — Portada

La clave para disfrutar de Viena como un vienés: busque un parque y póngase cómodo

Escapada

Tan vienés como la tarta Sacher: un parque, un banco a sol y sombra y dos personas disfrutando de una conversación y de no hacer nada

La capital austriaca reúne una intensa actividad cultural con una vocación por disfrutar de la naturaleza urbana y los pequeños placeres de la vida: tumbarse en un parque o charlar durante horas en una terraza

La clave para disfrutar de Viena como un vienés: busque un parque y póngase cómodo

Rafael Lozano

07/10/2026 06:40

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El hedonismo es el primer rasgo inopinado de los vieneses que sorprende al turista. No es, ni mucho menos, que los habitantes de la capital austriaca se entreguen a la molicie: en productividad y economía, esta urbe compite ventajosamente con ciudades de tamaño medio pese a tener poco más de dos millones de habitantes, y su renta per cápita, muy por encima de la media del continente, la sitúa como uno de los motores financieros de Europa central.

Y, sin embargo, cualquiera que se mueva a pie por sus despejadas plazas, sus amplias avenidas y bulevares, y más aún por las más de mil zonas verdes que ocupan casi la mitad de su superficie, apreciará enseguida la facilidad de los danubianos para liberarse del estrés dejándose caer en los bancos de sus parques, sobre la hierba de las riberas o en las sillas de las casi cinco mil terrazas de bares, restaurantes y cafés que ocupan por doquier las aceras, las famosas Schanigärten abarrotadas incluso en invierno: basta con que salga un rayo de sol para que, mantita mediante, sus veladores se pueblen de parejas y grupos de amigos en animadas conversaciones que duran horas.

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En el palacio jardín de los Liechtenstein, una de las más de mil zonas verdes de la ciudad; cada vienés escoge su rincón de paz favorito

En el palacio jardín de los Liechtenstein, una de las más de mil zonas verdes de la ciudad; cada vienés escoge su rincón de paz favorito para meditar o para pintar

Lupe de la Vallina

Esa disposición a gozar de los pequeños placeres define el espíritu vital vienés, el Wiener Lebensgefühl del que se sienten tan orgullosos y del que resulta tan fácil contagiarse. El visitante que llega aquí atraído por la arquitectura monumental, la belleza paisajística o la aplastante oferta cultural –más de cien museos y espacios de exposición visitables, y siguen abriendo nuevos, como el Foto Arsenal Wien, que abrió en su nueva sede hace algo más de un año– pronto se acopla al relax que sucede a la acción turística intensa.

Esa disposición a gozar de los pequeños placeres define el espíritu vital vienés, el ‘Wiener Lebensgefühl’ del que se sienten tan orgullosos y del que resulta tan fácil contagiarse

No es difícil, ya que esta ciudad integra como ninguna la cultura y la naturaleza. Cuando en 1858 se decretó el derribo completo de las murallas que habían protegido al imperio bien de los ataques otomanos y nada contra la Grande Armée de Napoleón, la ciudad se extendió de manera ordenada por los arrabales y los campos que la envolvían, respetando extensas zonas verdes y arboladas, villas nobles y palacios rodeados de jardines que con el tiempo se incorporaron al patrimonio público. El trazado del muro defensivo y el glacis de protección lo ocupó la señorial Ringstrasse, que poco a poco se pobló de bellos edificios administrativos y culturales en los más variados estilos neo: neogótico, neoclásico, neorrománico… cada cual vestido según el uso que iba a tener.

En pocas décadas, absorbiendo territorio, la ciudad multiplicó por 15 su superficie, hasta casi 5.500 hectáreas de las que 20.000 son hoy zonas verdes, entre bosques y parques urbanos y zonas agrícolas. Todo vienés tiene un buen árbol al que arrimarse, o varios. Y junto a ese árbol, o muy cerca, suele haber algún museo o centro cultural.

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Estatua de Teseo ante el edificio que lleva su nombre en el Volksgarten, reproducción a escala menor del templo de Hefesto en Atenas; en este pequeño espacio gestionado por el Museo de Historia del Arte de Viena se expone cada vez una sola obra monumental y la visita es gratuita

Estatua de Teseo ante el edificio que lleva su nombre en el Volksgarten, reproducción a escala menor del templo de Hefesto en Atenas; en este pequeño espacio gestionado por el Museo de Historia del Arte de Viena se expone cada vez una sola obra monumental y la visita es gratuita

Lupe de la Vallina

La palma, claro está, se la lleva el centro histórico, el Innere Stadt o distrito 1 (de los 23 que forman ahora la capital). Sus zonas verdes más amplias son el Volksgarten –el jardín del pueblo, el primero que fue público en la ciudad– y el Burggarten, lo que fueron los jardines del castillo imperial, situado junto al complejo palaciego que los Habsburgo levantaron durante más de seis siglos, con su inmensa riqueza cultural: entre otras atracciones, el Museo Etnográfico de Viena, la joya arqueológica del Museo de Éfeso, el Museo Sisi dedicado a la legendaria y compleja emperatriz, la Cámara del Tesoro Imperial o la Biblioteca Nacional.

A cuatro pasos se encuentra uno de los mejores museos de arte del mundo, la Albertina, con su colección de más de un millón de obras gráficas –dibujos y láminas– de los grandes pintores de la historia; y muy cerca, la colección privada Heidi Horten, que añade una reflexión sobre los abusos del nazismo contra los coleccionistas de arte judíos. Quien prefiera una experiencia más exótica puede llegarse a la cercana Schmetterlinghaus (Casa de las Mariposas) y pasear entre increíbles mariposas tropicales vivas que revolotearán a su alrededor en un ambiente de humedad y temperatura controladas. Y si puede prescindir un ratito de árboles y césped, es recomendable llegarse al cercano hotel Sacher y probar la legendaria y original Sachertorte, nada de imitaciones ni productos empaquetados de aeropuerto.

Quien prefiera una experiencia más exótica puede llegarse a la Schmetterlinghaus y pasear entre mariposas tropicales vivas en un ambiente de humedad y temperatura controladas

En orden de prioridad, al distrito 1 le seguiría el 3, el Landstrasse, que contiene el privilegiado espacio barroco del Belvedere, con sus palacios y jardines. La emblemática Galería Belvedere es guardiana de una extensa colección de arte que incluye obras de Gustav Klimt como El beso. El palacio y sus jardines geométricos se construyeron en el primer tercio del siglo XVIII como refugio estival y a mayor gloria del príncipe Eugenio de Saboya, vencedor de los otomanos en la batalla de Zenta (1697), y abrió al público en 1781, por lo que es uno de los museos públicos más antiguos. El visitante, después de dedicar al complejo las buenas cuatro horas que exige, al menos, no tendrá muchos problemas para encontrar un hueco donde descansar en las 17 hectáreas de jardines.

El baño de barroco se puede compensar con una inmersión en la fotografía más actual en el ya citado Foto Arsenal Wien, en el antiguo complejo del arsenal militar, salpicado de reminiscencias de su anterior uso, o una visita al MAK –Museo de Artes Aplicadas de Viena–, que ocupa un imponente edificio neorrenacentista en la Ringstrasse junto al Stadtpark que ya es, en sí mismo, una obra de arte y contiene un patrimonio extraordinario que abarca desde la edad media hasta hoy, con un acento especial en el modernismo vienés en torno a 1900.

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Incorregibles, los indolentes vieneses se entregan a su afición favorita incluso en el distinguido recinto del Leopold Museum sin que nadie les reprenda

Incorregibles, los indolentes vieneses se entregan a su afición favorita incluso en el distinguido recinto del Leopold Museum sin que nadie intente siquiera llamarles al orden

Lupe de la Vallina

Si el turista encontrase abarrotados tanto el Belvedere como el Stadtpark, además de los bosques ribereños del Danubio –es una suposición arriesgada, pero supongamos que se diera una epidemia de desidia vienesa…–, siempre puede llegarse al Jardín Botánico de la Universidad de Viena, contiguo al Belvedere, o al Jardín Suizo (Sweizergarten), donde por cierto puede continuar el baño cultural en el Belvedere 21, dedicado al arte moderno. Es un no parar.

Pero habrá que irlo dejando, a riesgo de convertir esto en una guía de viajes. No sin antes dirigir al viajero hacia otro espacio inevitable: el distrito 7, el Neubau, junto al centro, hacia el oeste y al otro lado de la Museumstrasse (creemos que no hace falta traducción). Esta zona se distingue por las plazas arboladas y por los Gastgärten, la versión interior de las ubicuas terrazas de cafés, más discretos, pero tan concurridos como aquellas.

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En este foco de intensa vida cultural y social, que de día y de noche reúne espectáculos de calle y los tipos humanos más atractivos y atípicos de la ciudad, se encuentra el MuseumsQuartier, uno de los mayores recintos del planeta entregados a la cultura, con nada menos que el enorme Museo Leopold, el Mumok –dedicado al arte moderno–, la sede principal de la Kunsthalle Wien, que acoge exposiciones temporales de arte contemporáneo, y el Architekturzentrum Wien (Az W), una referencia internacional para la reflexión sobre cómo urbanismo y arquitectura influyen en nuestras vidas.

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La oferta se completa con espacios de artes escénicas, danza, actividades infantiles, talleres de literatura y las Enzis, unos sofás modulares de plástico que cada año cambian de color por votación popular y son, aquí, tan queridos como los árboles. Cada ciudad tiene sus iconos, y el hedonismo, por qué no, puede ser uno.

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